Última misión en Afganistán: No hacen mal cine por Rusia

Leaving Afghanistan (2019) es el título internacional para Bratsvo (que traducido al español sería algo así como Hermandad), la última película del director Pavel Lungin, y que se inmiscuye en un tema poco explorado por la cinematografía rusa a pesar de su importancia histórica, como es la Guerra de Afganistán.

Para quien lo desconozca, la película la dirige Pavel Lungin, uno de los cineastas en activo con más caché en Rusia. En su haber encontramos películas tan estimulantes como El Zar (2009) o Exorcismo (2006). A lo largo de su obra podemos encontrar bastantes tópicos que se repiten, pero sin duda podemos decir que lo que más le interesa a Lungin es la reconstrucción identitaria de la Rusia actual. En esta ocasión, también, con un trauma que muy pocas veces se ha tratado en la cinematografía rusa.

La película de hecho sale de la propia productora del cineasta, que tiene montada el director (Pavel Lungin Studio) y con la que hasta la fecha ha producido diez películas, incluyendo algunas del propio Lungin, pero también contando con otros directores. Seguramente, porque al realizar una película tan crítica con la propia industria bélica, le haya sido mucho más fácil al cineasta hacerlo desde una posición más independiente.

Servidor puede contaros que las únicas veces que ha oído hablar en la Rusia de hijo Putin sobre la Guerra de Afganistán ha sido cuando ha visto a veteranos de esta guerra pidiendo dinero después de haber tocado un par de canciones sobre el tema. Es un trauma que aún no se ha cerrado, y es cien veces más frecuente oír historias sobre la Segunda Guerra Mundial (en honor a la verdad también es cierto que el impacto de esta fue muchísimo más grande)  que sobre la Guerra de Afganistán. Y en el cine, lo mismo. Si cada año salen como mínimo de tres a cinco superproducciones (regadas obviamente con dinero público) que tratan el tema de la II Guerra Mundial, sobre el otro conflicto siempre ha habido un velo de hierro.

En estas tesituras, hay que además añadir que la película a diferencia de las producciones bélicas rusas habituales, contiene un mensaje antibélico que merece ser destacado, por la propia valentía de la propuesta. No hace falta además analizar ningún contexto, porque son lo propios protagonistas lo que en diálogos resaltan el absurdo de la Guerra (¿Para qué hemos venido? se preguntan). Y por si fuera poco, la película fue estrenada en Rusia cerca del 9 de mayo, fecha en la que se celebra el fin de la Segunda Guerra Mundial y que actualmente tiene un obvio componente patriótico.

La película, dentro del género de cine bélico, tiene secuencias realmente impactantes, por la gran calidad con la que están construidas. Seguramente la más destacable en este aspecto es la que sucede cuando los soldados invaden un pueblo, en el primer tercio del filme. Es en esta secuencia donde el director demuestra todo su talento, rodando en cámara en mano y combinando con planos más estáticos, en escenas que se entienden perfectamente la narración de los hechos, algo poco habitual dentro del género de acción.

Y como esta, también podemos añadir numerosas secuencias de un preciosismo apabullante, como la que están rodadas casi al lado de los actores, mientras estos atraviesan en un carro de combate el peculiar paisaje de Afganistán, en las que podemos destacar quizá la vena más poética del cineasta.

La película retrata también una época muy concreta, como son los compases finales de la URSS. Puede leerse perfectamente el cambio de mentalidad en la película, y además Lungin se explaya detenidamente en muchos de los trapicheos que los soldados soviéticos mantenían en esta guerra, donde el contrabando era algo de lo más habitual. Desde escenas más o menos cómicas, como la inicial en la que unos soldados pretenden comprar un equipo de música (con atención, dinero robado a la población anteriormente) a más serias como el contrabando de armas, en la que uno de los personajes rusos vende una arma de precisión a los propios afganos.

Historias que pueden sonar a chino para el espectador español, pero que fueron ciertos y que se volvieron a repetir con más insistencia en la Guerra de Chechenia, poco tiempo después. Pero no son casuales. Nos hablan de una época muy concreta en que las ideas del socialismo se estaban ya abandonando por el capitalismo incipiente. Y obviamente, hacen hincapié en la desmitificación de las fuerzas rusas como un ente puro y lleno de
heroísmo.

También es cierto que a cualquier cinéfilo con conocimientos la película le podrá rechinar en ciertos apartados. Por ejemplo, la película tiene un par de fallos de continuidad en el montaje que son realmente acuciantes si hablamos de un director con una carrera tan longeva. Es cierto que son pasables y que el mundo no se acaba por ello, pero ahí están.

Y esto en realidad viene del auténtico problema del filme, que es la sincronicidad de las diversas historias que trata la película, y que nunca acaban de conjuntar correctamente. La película narra principalmente la historia de dos grupos de personajes. El primer grupo es el de soldados rasos, que forman un escuadrón cualquiera. El segundo es el de personajes que nos muestran más los entresijos de la guerra desde un punto de vista. El problema es que el guión de la película tiene serios problemas para presentar a sus personajes (que además son muchos), y por otra parte las historias nunca acaban de conectarse del todo, lo que da una cierta confusión a la trama, y en ocasiones uno puede sentirse perdido ante lo que está viendo.

Nos encontramos ante una de las películas por lo menos en la esfera del cine ruso. Una película muy valiente que va en contra de la ideología imperante en las típicas producciones bélicas. Quizá por eso, pero también por la férrea dirección de ciertas escenas, Lungin se merezca un hueco en el olimpo del cine ruso contemporáneo.

Patxi Álvarez