Suburbicon: La ciudad favorita de Trump .Irregular film noir dirigido por el polifacético George Clooney en su sexto largometraje, primero en el que aparece él, cinta que aúna thriller, comedia negra y crítica social en una mezcla fallidla en su tonalidad. Obra que tiene su origen en un guión no producido de los hermanos Coen que escribieron en 1986, tras su debut en con “Sangre fácil”, en 2005 se anunció que George Clooney iba a dirigir y protagonizar el guion de Suburbicon y que los Coen iban a producir el filme, supongo tuvo que ver mucho la amistad entre ellos.

No en vano Clooney ha participado en cuatro films coenianos (“O, Brother!”, “Crueldad intolerable”, “Quemar después de leer” y “Ave, César!”). El guion original de los Coen, cuya escritura —según Clooney— contenía elementos slapstick y personajes similares a los de Fargo, fue modificado por Clooney y Grant Heslov (Buenas noches y buena suerte” o “Argo”), quienes mantuvieron la mayor parte de la historia escrita por los Coen y añadieron una trama centrada en conflictos raciales basados en hechos reales sucedidos en 1957 en Levittown (Pensilvania).

Una familia afroamericana se mudó al vecindario anteriormente blanco, lo que generó hostigamiento y violencia racial contra la familia por los supremacistas blancos. En esta dualidad del guión donde la película cojea, y es que el desarrollo se convierte en dos sub-tramas mal cosidas, mal ensambladas, cogida por los pelos su unión, solo están los niños de ambas familias que juegan al beisbol. El film gana cuanto más Coen es (esto es muy notorio), cuanto más pesimista se pone, cuanto más misantropía despliega, y desbarra cuando nos meten con calzador el segmento de la segregación, incrustado cual pieza de puzle perteneciente a otro.

Sube cuando se explora ese reverso del Sueño Americano, deconstruye con bisturí envenenado el “American way of life” surgido en la era de Eisenhower en la década de los 50, cuando se satiriza la supuesta idealización de la puritana clase media (burguesa), que empezaban a vivir en urbanizaciones suburbanas típicamente estadounidenses (creadas para gente que quería alejarse del mundanal ruido de las grandes urbes) que simbolizaban a la pujante clase media (blanca) americana.

Tras esta fachada se escondían secretos, hipocresía, traiciones, y mucha, pero mucha amoralidad, este relato de la supuesta familia idealizada debajo de la cual se esconden las miserias humanas, infidelidades, asesinatos, estafas, quedando claro que el espíritu Coen arrolla y lamina la subrayada crítica a la intransigencia racial.

El bloque que se lleva el grueso del metraje es el de una intriga familiar criminal con claras ínfulas a cine negro Coen, viéndose elementos de “Sangre fácil”, “Fargo”, “Un hombre serio”, o “Ladykillers” (remake de una maravillosa comedia británica dirigida por McKendrick) que a su vez toman recursos de buenos cinéfilos como por ejemplo de la wilderiana “Perdición” (la intriga criminal con agente de seguros de por medio), la hitchcockiana “Vértigo” (la mujer que se desdobla), la kubrickiana “El resplandor” (el tío del niño es similar al de Scatman Crothers), o la lynchiana “Terciopelo Azul” (por tratar el reverso oscuro de los residenciales suburbanos).

Vemos cómo se juega con el azar, de cómo personas ordinarias en situaciones extremas (pasiones desatadas, codicia, envidias,…) cruzan líneas amorales sin retorno, donde salen a flote las miserias y bajezas humanas más viles, que cual iceberg son invisibles su volumen, pero está ahí, todo narrado en un vigoroso increscendo dramático por en este caso Clooney, en un incisivo efecto bola de nieve.

En la sub-trama de la familia afroamericana queda un esbozo quizás trufado por la edición, donde todo queda en lo superficial, en lo esquemático, en el mero esbozo, meras viñetas insertadas en medio de lo que interesa, que funcionan (mal) para desviar la atención del jugo de la espiral criminal, y donde remanecen obviedades subrayadas, de cómo mientras la intolerancia a lo diferente se mantiene, la amoralidad campa a sus anchas entre los “guardianes” de las buenas (supremacistas) costumbres, en lo que se nota (demasiado) intenta ser un torpedo en la línea de flotación de la (tóxica) era Donald Trump.

Excesivo queda el paralelismo cuando ponen los blancos un muro alrededor de la familia de color para no ser contaminados, quien no vea en ello al famoso Muro de Trump es que es ciego.

Las actuaciones resultan un punto a su favor, todos desde los protagonistas, los secundarios (sublime el aprovechamiento que hace Oscar Isaac de su escaso metraje) y hasta el niño (Noah Jupe) resultan excelentes.

La película engancha desde su inicio, con un spot en el que se hace una loa publicitaria de la urbanización llamada Suburbicon, un Edén en la tierra de las oportunidades, para a continuación pasearnos con el cartero y la bucólica localidad (de todos blancos), con sus verdes jardines, sus niños jugueteando, sus autos nuevos, con saludos amigables, y de pronto el cartero va a entregar una carta a una casa.

En la puerta hay una mujer de color, y el tipo pregunta por la Sra. De la casa, la mujer responde que es ella, la cara del cartero torna en sorpresa y temor, este comienza a propagar la noticia de la “familia intrusa”, el vecindario queda perplejo observando a la mujer, y nos damos cuenta que este supuesto Paraíso es algo impostado y artificioso, donde lo único radiante es su racismo.

Clooney desarrolla su historia con buen sentido del ritmo (solo roto por la inclusión chirriante de la subtrama muy mencionada para mal del racismo), con sentido del humor caustico, con una sugerente lista de personajes con carácter y personalidad marcada (un remedo del encarnado por William H. Macy en “Fargo”; una singular femme fatale con sonrisa de vecinita agradable; un detective de seguros corrupto; y en medio un niño desorientado y sin referentes) dos rudos criminales que en sus ratos libres son conductores de bus),… ello en un rush final que recuerda a “Ladykillers”, el clímax en una noche de fuego y furia, donde la locura, la codicia, la hipocresía, cual big bang explotan, pudiéndose ver en esto la vena anti-Trump del director. Un ataque desequilibrado a la clase burguesa USA, a su doble moral, a su falsa sonrisa, a los que juzgan por el color de piel (el racismo), o la religión (el policía “pellizcando” a Garner por su apellido de fonética judía).

Como bien he leído, se puede ver como un retrato entre positivo y negativo, una dualidad binaria expresada en la película: Los Mayers (negros) desean integrarse en Suburbicon, mientras los Lodge (blancos) desean salir de allí (a Aruba, protectorado de Holanda); En la noche sucede todo el caos criminal, se desatan los peores instintos salvajes atávicos, por el día llega la calma y la paz; Está la perfidia de los adultos frente a la inocencia pura del niño; está la comedia negra en el hogar Lodge, frente al drama realista de los Mayers.

El elenco actoral es uno de sus buenos pilares: Matt Damon da bien con el rol de tipo ordinario metido en una espiral que se ha descontrolado; Julianne Moore en su doble papel de hermanas (rubia y morena) da un buen rendimiento, sobre en el de la cuñada de Gradner, inquietante su desenvoltura pastelosa, recordándoseme a su personaje de villana en “Kingsman II”; Oscar Isaac en un escaso rol de dos apariciones está tremendo en su carácter y frescura; Otro buenísimo es Glenn Fleshler como el rudo criminal Sloan, en su sibilino comportamiento, otorgándole personalidad propia en su modo de hablar; Noah Jupe como Nicky, el hijo de Gardner, cumple exhibiendo ternura, temor, frustración, buena labor.

Además de los defectos ya mencionados, mencionar su final-epílogo, bastante desinflado, te deja frío, desprovisto de de reflexión, dejando todo en lo obvio.

En conjunto, una interesante propuesta, que queda la impresión que en manos de los Coen habría mejorado bastante, pues en las de Clooney patina en la subtrama lastrante racial.

Patxi Álvarez