Cuando me enfrento a la tarea de redactar unas palabras de presentación a la nueva edición de nuestro estudio sobre el comportamiento de los medios de comunicación en relación con el pueblo gitano, noto que me confundo al no saber a ciencia cierta si hemos avanzado en nuestra lucha o si por el contrario el panorama informativo se ha enturbiado ofreciendo de nosotros, los gitanos, la misma imagen falsa y manipulada como la que hemos padecido a lo largo de tantos años.

    Al hacer un repaso de todas las presentaciones que he escrito en las múltiples ediciones de esta investigación ―se me amontonan ya más de 20 años de ¿Periodistas contra el racismo? ―  compruebo que he utilizado todo tipo de argumentos. Así, el año pasado citaba sentencias, como la del Tribunal Constitucional 29/2009, de 26 de enero donde, entre otras cosas, se dice que “ni la información ni la opinión o crítica pueden manifestarse a través de frases y expresiones ultrajantes u ofensivas, sin relación con la noticia que se comunique o con las ideas u opiniones que se expongan, y por tanto, innecesarias a tales propósitos. Ni la transmisión de la noticia o reportaje ni la expresión de la opinión puede sobrepasar, respectivamente, el fin informativo o la intención crítica pretendida, dándole un matiz injurioso, denigrante o desproporcionado, debiendo prevalecer en tales casos la protección del derecho al honor”.

    Palabras contundentes, claras y precisas, nada más y nada menos que de nuestro Tribunal Constitucional. Pero cabe preguntarse ¿qué caso hacen los informadores de esta prescripción del máximo intérprete de nuestra Constitución? A la hora de encontrar la respuesta, una vez más, hemos de huir de las generalizaciones porque de lo contrario terminaríamos por aceptar como validas afirmaciones tan falsas y aberrantes como las que dicen que “los curas son pederastas”, “los musulmanes son asesinos o terroristas”, “los inmigrantes son los causantes de la inseguridad ciudadana”, “los políticos son miserables corruptos que se quedan con el dinero del pueblo”, “los empresarios son explotadores de los obreros”, “los gitanos son maleantes, violentos y ladrones”.

    La consecuencia lógica a la que llegará cualquier persona mínimamente equilibrada sería decir que “no todos los curas son pederastas”, “no todos los musulmanes son asesinos terroristas”, “no todos los inmigrantes son los causantes de la inseguridad ciudadana”, “no todos los políticos son miserables corruptos que se quedan con el dinero del pueblo”, “no todos los empresarios son explotadores de los obreros”, “no todos los gitanos son maleantes, violentos y ladrones”. Sin embargo el daño ya está hecho cuando alguien lee, o escucha, o ve en televisión que hay quien atribuye a cualquiera de los colectivos antes citados algún tipo de delito o comportamiento incívico. Entonces, el estigma cae inexorablemente sobre todo el grupo.

La importancia de la prensa escrita.

    Nos referimos, obviamente, a los periódicos editados en papel. Ese medio ha sido durante siglos el principal referente de la información en el mundo civilizado y los periódicos que habían cumplido un siglo desde su fundación llevaban con orgullo en su cabecera la frase “Decano de la prensa catalana”, o “Decano de la prensa andaluza”. Pero ha llovido mucho desde que los romanos publicaran una especie de hoja informativa de los acontecimientos del día llamada Acta Diurna, cosa que sucedió en el año 59 antes de Cristo, o del Kaiyuan Za Bao, publicación inventada por los chinos en el año 713 después de Cristo.

    Pero la modernidad tuvo que esperar hasta la mitad el siglo XV en que un señor alemán, nacido en Maguncia (Alemania) inventó la prensa de imprenta con tipos móviles: Johannes Gutenberg. Con él empezó la mayor revolución hasta el momento inimaginable en el mundo de la comunicación. Y llegados a este punto, permítanme la licencia personal de decir que en los muchos años en que he frecuentado la ciudad de Estrasburgo y que forzosamente debía pasar en mi camino al Parlamento por la plaza que lleva su nombre, no podía evitar un cierto sentimiento de veneración al encontrarme con la magnífica estatua que adorna la plaza. Un monumento impresionante donde emerge la figura del gran inventor con un pergamino en la mano. En la base del monumento, formada por un gran cubo de granito, aparecen en sus cuatro caras, fundidas en bronce, diversas escenas de la vida laboral en el interior de una imprenta. Como dijo don Antonio Mairena un día en que un periodista le preguntó por la importancia que le merecía la figura de Federico García Lorca, el que fue el genio irrepetible del cante gitano-andaluz afirmó:

    ― Cuando un gitano oye el nombre de Federico García Lorca lo mínimo que debe hacer es quitarse reverentemente el sombrero.

    Yo digo lo mismo. Cuando un periodista, un escritor, un comunicador pase ante cualquier estatua de Johannes Gutenberg, lo mínimo que debe hacer es quitarse reverentemente el sombrero y darle las gracias por su revolucionario invento. Por cierto que la primera imprenta que se instaló en España lo hizo en la ciudad de Segovia en el año 1472.

La prensa, conformadora de la opinión pública

    Algunos políticos diferencian entre “la opinión pública” y la “opinión publicada”. Diferenciación que aun siendo cierta, no lo es del todo esclarecedora. Podríamos decir que la “opinión pública” es inexorablemente consecuencia de la “opinión publicada”. Este hecho consagró el término “cuarto poder” para designar a la prensa como instrumento de tanta importancia como pudieran ser los tres poderes clásicos con que Montesquieu ideó una administración moderna y eficaz: la separación de poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.  Claro que cuando Montesquieu, que nació en el último tercio del siglo XVII, escribió “El espíritu de las Leyes”, los medios de comunicación eran prácticamente inexistentes y por lo tanto no formaban parte de su inquietud política y filosófica. Hoy, estoy convencido de que si hubiera sido coetáneo de Edmund Burke habría incorporado a su trilogía de poderes el de la prensa tal como lo hizo el conocido escritor y político inglés considerado el padre del liberalismo conservador. Y una vez más hemos de poner el foco en la antigua democracia del Reino Unido, país que sin tener una Constitución escrita organiza su vida política desde el siglo XIII basándose en principios de representación popular.

    Fue Edmund Burke quien en su discurso de apertura de la Cámara de los Comunes en 1787, dijo, señalando a los tres poderes presentes en la Cámara ―los Lores Espirituales (representantes de la iglesia), los Lores Temporales (la nobleza) y los Comunes (los políticos) ― que allí había un cuarto poder, el de los periodistas sentados en la tribuna de la prensa.

Pero, no se engañen, los periodistas somos el primer poder

    Efectivamente, lo somos. Weily Chu Santana es una periodista que ejerce su actividad profesional en importantes empresas de carácter comercial en América Latina. Ella ha puesto de manifiesto las que, a su juicio, son las ventajas de la prensa escrita y las posibilidades con que cuenta para hacer prevalecer sus funciones sociales. Pero, sobre todo, porque es consciente de que el periodismo nace de la necesidad social y psicológica de conocer y saber lo que pasa a nuestro alrededor. Y se le denomina “primer poder” por su capacidad para influir en la opinión de los ciudadanos.

    Y lo somos porque gracias a nuestras informaciones los ciudadanos pueden aclarar sus ideas, al mismo tiempo que podemos incitarles a un estado de desorientación tal que ya no sepan qué es bueno, qué es malo, qué es mejor y qué es peor.

    El Código Internacional de Ética Periodística de la UNESCO, en su Principio III, dice: “La información en periodismo se entiende como bien social y no como un producto, lo que significa que el periodista comparte la responsabilidad de la información transmitida y es, por lo tanto, responsable, no solamente ante quienes controlan los medios, sino principalmente ante el público, incluyendo variados intereses sociales. La responsabilidad social del periodista requiere que él o ella actúen, bajo todas las circunstancias, en conformidad con los principios de la ética profesional.»

    A veces pienso, sobre todo cuando leo informaciones que distorsionan interesadamente la realidad, si no sería aplicable a algunos informadores la conocida sentencia del Conde de Romanones que decía con alto menosprecio de los legisladores: “Vosotros haced las leyes. A mí dejadme hacer los reglamentos”.

    Infame realidad de la que me ocuparé, si ustedes me lo permiten, en un próximo comentario.

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista