Junto con La Casa, Regreso al Edén marca el díptico más personal de Paco Roca. Roca es un autor en constante evolución que en el libro muestra sus mejores credenciales para un retrato íntimo de toda una generación de mujeres que crecieron en el silencio. Un libro que marca un antes y un después en la trayectoria del que, probablemente sea, el mejor embajador de nuestro cómic por el mundo.

Regreso al Edén es la historia de una foto, la historia de los que aparecen y no aparecen en ella.

Es una excusa. Llegué a esa foto de una manera casual. Quería atesorar la memoria familiar, algo que no hice cuando murió mi padre y tenía la oportunidad de hacerlo con mi madre y ampliarlo al resto de la familia, que son ya mayores.

En una conversación, mi madre recordaba esa fotografía, la única que tenía con su madre. Enseguida me acordé de ella porque la había visto mil veces en el cristal de la mesita de noche, el lugar en el que las personas mayores guardan sus fotos más queridas. En la parte de atrás de la foto había escritas unas pequeñas frases con faltas de ortografía citando a todos los que allí estaban: “Mi hermano Paco, mi hermana Antonia, mi hermano Pepito y mi madre”. La foto debía ser de su hermana Amparín, que es la que no se citaba. Empecé a preguntarle a mi madre por la foto, por su hermana Amparo, si había muerto. Ella no se acordaba y me pareció interesante investigar esa historia y contarla. Querer meterme en esa fotografía y saber más. ¿Por qué era tan importante para ella?. Era la única foto con su madre y su hermana, la foto de una familia humilde de la posguerra.

También me parecía interesante por buscar otra forma de narrar. No me apetecía contar con diálogos o acciones toda una época. Pensaba que hacerlo me iba a limitar mucho. Me parecía que esa foto me iba a permitir divagar, entrar y salir en ella para ir al presente, hablar sobre Antonia anciana, preguntarme por qué no está el padre… me permitía un tipo de narración más literaria basada en la voz de un narrador.

Reflexionas sobre cómo funcionan las imágenes en nuestros recuerdos.

Intenté leer sobre cómo funcionan las fotografías en la historia, sobre el poder evocador de las imágenes, la recreación del pasado… Lo enfoqué sobre todo para ver cómo esas imágenes suponen un chispazo o índice que nos lleva a un capítulo sentimental unido a ese momento.

Fui depurando mucho porque tenía miedo a que la parte ensayística, de hablar sobre la propia fotografía y cómo había cambiado en el tiempo o el contexto histórico, desequilibraran lo que quería contar y perdiese protagonismo la historia de Antonia, que era lo que me interesaba.

Siguiendo con la fotografía, el prólogo y el epílogo remiten a ella. Las imágenes parecen tomas de contacto entre las que seleccionas, en el cuarto oscuro, cuál va a ser la que reveles finalmente.

Es un comienzo que me parecía importante, mostrar el milagro que es la existencia. Somos partículas que vagan en el universo hasta que se unen formando a una persona y cada una de ellas es una historia. Contamos la de Antonia como podía ser cualquier otra. Somos pequeños destellos.

Para ese comienzo usé esa imagen icónica, la de ver los negativos del carrete, que son momentos de existencia congelados. Es una imagen que ha desaparecido, porque ya no se ven esos carretes, pero pensaba que me servía. Son como viñetas, como un cómic de la vida de cualquiera de esas personas, que son gente corriente. En el Invierno del dibujante o Los surcos del azar mostré las vidas de hombres que lucharon contra el destino, aunque al final perdiesen. Frente a esas vidas épicas hay una gran mayoría de gente que entra en la normalidad, se dedican a sobrevivir y son el 99% de la población y no salen en los libros de historia. Hablar de esas personas es una de las motivaciones del libro, igual que en La Casa.

Es una constante en tu obra. Personajes de a pie atravesados por la historia con mayúsculas. De hecho, nos permites ver esa gran historia a través de la cotidianidad de los que nunca son protagonistas de la misma pero la viven y sufren.

Es imprescindible un contexto histórico para cualquier personaje sobre todo cuando son momentos tan especiales como una guerra o una dictadura. Esas circunstancias definen a los personajes, quiénes son y lo que pueden hacer. También permite completar esa historia con mayúsculas que comentas. Habitualmente en ella se cuentan los grandes hechos. En el franquismo hablas de Franco, sus ministros, los intelectuales, los que lucharon en el exilio… pero la historia no habla de la gente de a pie. El poder de la ficción es poner cara a toda esa gente. La gran historia se puede manipular. Hay una lucha en la España reciente por ciertos sectores para banalizar la dictadura. Podemos ver a algunos ministros en plena democracia reivindicándola incluso.

La ficción hace que nos podamos poner en su piel en una época como fue la dictadura franquista. Nos permite conocer cómo fue ser mujer en esa época, o un represaliado, o alguien perseguido por sus ideas.

Contaba Altarriba cómo, al afrontar El ala rota, tuvo la dificultad de conocer la realidad de unas mujeres acostumbradas a sufrir en silencio.

Toda esta generación de personas hablaba poco de si misma y asimiló la situación. Aprendieron a no quejarse porque no cabía la posibilidad de hacerlo. Tenías que asumir la miseria sin poder decir nada en contra, mucho más cuando tenías un cierto pasado o eras de una condición humilde. En la democracia se les siguió callando la boca por no reabrir heridas o porque a ciertos sectores les ha interesado el olvido.

También es cierto que nuestra generación ha estado muy ocupada en sus cosas y no hemos preguntado para que nos cuenten sin prisa qué había sucedido. También es nuestra culpa, que hemos valorado muy poco ese pasado.

A la hora de afrontar una novela histórica tenemos que adecuarla a nuestro tiempo pero para valorar el modo de ser de ciertos personajes es preciso entender la forma de pensar de la época.

Es muy importante porque hay cosas que nos chocan pero en su contexto tenían su sentido, que puedes compartir o no. Mi madre me contaba que al que nunca le faltaba un plato de comida era al padre de familia. Se suponía que era el que tenía que ir a trabajar. Tenía que hacer una actividad física y por tanto era la prioridad. Es una mentalidad casi del Neolítico, la proteína para el cazador.

Pero la mujer trabajaba tanto como él. Tenía que hacer toda la labor del hogar, tanto la física como la intelectual. Tenía que gestionar un escaso jornal, en ocasiones buscar cómo ampliarlo haciendo otras actividades.

Es importante conocer ese contexto para comprender la educación de aquellos hombres que no podían expresar sus sentimientos. Era una sociedad frustrada. Los malos tratos estaban a la hora del día. Cualquier hombre podía hacer lo que quisiese con su mujer. Una mujer no podía irse de su casa porque le iba a buscar la guardia civil.

Es una sociedad capada emocionalmente. En tu caso eres padre de dos hijas y tiene que ser un choque grande ver la educación que tuvo tu madre o la que puedes darles a ellas.

Tengo dos hijas pequeñas y están llenas de ilusiones para el futuro. Tienen una educación en la que no tienen límites y tienen mil profesiones que les gustaría hacer y a las que pueden acceder. Nada que ver con lo que vivió la generación de mi madre, que solo podía aspirar a casarse y tener hijos porque quedarse soltera no era una opción. En el cómic, los capítulos empiezan con esa caligrafía de los cuadernos Rubio, en la que no puedes salirte de esas dos líneas, como una metáfora del poco margen de libertad que tenía esa generación.

En el cómic la fantasía es una válvula de escape. La mayoría de las mujeres que muestra el cómic eran analfabetas, como lo era mi madre o su madre. Para ellas el relato oral era importantísimo y se iba enriqueciendo en función de quién lo contase y es algo, ese relato oral, algo que me interesa muchísimo. Recuerdo historias que de pequeño me contó mi madre como la de Don Milán. Investigando vi que era, en realidad, una mezcla de distintas historias que mi madre juntó con otro viaje en globo que ella sí que vio en su infancia. A la hora de recrearlo, no quería ir a la historia real sino cómo me la imaginaba de pequeño o cómo recuerdo que ella me la contaba. Me parece esa fantasía una manera de escapar de esa caligrafía tan rígida.

Como en el caso de Don Milán, tanto en La Casa como en Regreso al Edén partes de una historia real, en este caso el de tu padre o tu madre, para fabular tu propia historia.

El libro no es un ensayo, es una ficción en la que quieres transmitir una serie de sensaciones o ideas. Al lector le da igual cómo lo hagas. Él se sube a una atracción y tu tienes que generar un decorado y un recorrido que funcione. Aunque la base sea la historia de mi madre no hay ningún problema en rellenar los huecos de su memoria con testimonios de otros familiares o con otros elementos que encajen. Lo que intento en mi obra es no inventarme nada y crear un escenario que sea real. Es lógico que siempre haya un sesgo, pero intento que lo que se cuenta sea lo más correcto posible.

Hablabas antes de la necesidad de recuperar la memoria para que nadie se aproveche de ese olvido. La memoria es el gran tema de tu obra.

No sé en qué momento empezó a serlo. Quizás en El Faro y fue casual. El abuelo de una amiga había luchado en el bando republicano y había acabado en los campos de concentración del sur de Francia. Me sorprendió aquella historia y hay muchas otras que se han querido callar aunque son apasionantes. A un sector importante de nuestra sociedad le ha interesado el olvido para afrontar la herencia de un régimen. He descubierto que en base a esas historias se puede entender la identidad individual como social. Esa obsesión por la memoria me hace comprender mejor a mi madre o mi padre pero también, de un modo egoísta, me hace entenderme mejor a mi mismo.

Llega una edad en la que cada uno intenta rellenar su árbol genealógico.

Sí que creo que es algo que llega con la edad. Hay un momento en el que abandonas tu entorno familiar. Yo me llevaba muy bien con mis padres pero entendía que mi futuro tenía que ser muy diferente. La pérdida de mi padre coincidió con que yo mismo fui padre y me di cuenta de que había hecho un largo viaje alejándome de mi familia para volver al punto inicial. Fue un momento de reconciliarme con lo que fue la familia y la culminación de este proceso ha sido este Regreso al Edén, en el que no solo me acerco a mi madre sino a la memoria de tías, tíos a las que les había perdido el rastro en mi adolescencia y juventud. Ahora me parecía interesante saber de dónde vengo, de dónde vienen mis abuelos, qué recuerdan de los suyos… e intento rellenar mi pasado.

También tengo una obligación con mis hijas. Si tienen curiosidad tengo el compromiso de explicarles cómo fueron sus antepasados hasta dónde se pueda.

Te llega esta reflexión con la edad, cuando te das cuenta de lo efímero de las vidas. Como cuento en el libro, eres consciente de la necesidad de sentirte parte de algo más grande que nuestra propia existencia. Podemos extrapolar nuestras experiencias a un árbol genealógico, a toda una familia, como si nuestra existencia no empezara en el momento de nacer sino mucho antes.

Navegar en la memoria familiar implica también descubrir secretos intramuros que se quieren ocultar.

Sí, encuentras cosas que no te gustaría. De allí la figura del padre de Antonia, hijo también de la sociedad en la que había crecido. Descubrir los malos tratos no es lo que hubiera preferido. No intentas justificarlo pero lo puedes entender mejor conociendo el contexto en el que vivió. No creo que haya un gen que haga a la gente malvada pero todos pensamos que actuamos del mejor modo y eso es lo que hace las historias interesantes. Te mueves en un terreno ambiguo que es importante para crear.

También descubres cosas malas de tí mismo. Al empatizar con los personajes llegas a conclusiones que no tenías antes y es una de las motivaciones para hacer cómics, aprender algo en el camino. Para mí fue darme cuenta de lo crueles que fuimos mis hermanos y yo en la infancia con mi madre. Nosotros que habíamos tenido una cultura pagada por ellos no teníamos ningún reparo en reírnos de su incultura, de cómo leía, escribía o de cómo veía la vida. Llegas a comprender cosas que te hacen sentir mal contigo mismo.

En la obra utilizas planos medios en lugar de primeros planos. Planos que se centran en el contexto más que en la emoción de lo vivido. Intentas mostrar una cierta distancia para evitar caer en la pornografía emocional.

Siempre lo intentas pero nunca sabes si te estás quedando corto o te estás pasando. La línea es muy corta. Siempre intento que lo más duro suceda en la cabeza del lector, lo explico a través de silencios o cortando la escena o la alargo por otro lado. Intento no pasarme de emocional. Cuando haces historias autobiográficas o muy anclado en los sentimientos tienes que evitar que se note el artificio. En una historia de género es diferente, pero en este tipo de relatos es importante la autenticidad. Si el lector siente que estás tirando de recursos, ahora toca el momento emocional, o lo que sea, se te desmonta todo lo hecho. Hay que construir poco a poco y nunca sabes si te quedas corto o no. Por ejemplo, cuando mi madre contaba que su padre se comía a escondidas los caracoles. Es algo que, en si, no tiene que ser dramático. Puede ser incluso surrealista o cómico. Tienes que poner en contexto la falta de comida, el egoísmo de una sociedad… si no plantas esas semillas la escena no es nada y tienes que cargar la tinta en lo más dramático. En lugar de poner el foco en ese aspecto tienes que ir trabajando poco a poco para que el lector saque sus propias conclusiones.

Da la sensación de que el libro es un compendio de todo tu trabajo anterior concentrado en una sola obra. Tiene la ambición de La Casa, el juego de colores como en El invierno del dibujante, los grandes temas de Los surcos del azar o Arrugas… Da la sensación de que es un destilado de todo lo hecho hasta la fecha.

Yo creo que sí. Todo lo que vas haciendo va quedando. Es como barril de vino. La madera va cogiendo el poso de todo lo anterior. Vas echando un líquido nuevo y se enriquece o ensucia. En El tesoro del Cisne negro pasaba un poco lo mismo. Tenía todo ese poso pero con un nuevo elemento, que es la aventura. Tenía soluciones de Memorias de un hombre en pijama, de Los surcos del azar… pero estoy contigo en que en Regreso al Edén está más claro. Hay, incluso, como en El Faro, esa necesidad de la fantasía para poder subsistir.

Creo que en el libro está más claro lo ya aprendido como la voz en off de Memorias de un hombre en pijama o las metáforas visuales.

Por otro lado, son herramientas que tienes y están muy bien pero a veces también te limitan. La madurez te da encontrar tu sistema y que te permita contarlo todo. De vez en cuando hay que limpiar la barrica para no caer en el amaneramiento. 

Tu obra se expande en otras dimensiones. Tus obras y los temas que eliges se están trasladando al cine y a series. No sé si pensar en esa segunda vida condiciona el modo en el que te acercas a las historias.

Intento no pensar en ello. Te hace mucha ilusión que te adapten y empieza a ser parte incluso de tu economía pero intento que no me condicione. De hecho, Regreso al Edén es anti-cinematográfico. Lo bueno del libro es que aprovecha las posibilidades del lenguaje del cómic para ser contado. No creo que nadie se interese en hacer una película porque habría que reescribirla entera.

No sé si la pandemia ha afectado al modo en el que has realizado Regreso al Edén o si afectará a tu trabajo posterior.

El confinamiento me cogió en un momento en el que el libro ya estaba prácticamente terminado. Estaba dibujando y entintando. La estructura ya estaba hecha. No creo que haya afectado al cómic. Si me ha permitido hacer con más mimo ciertas cosas. Por primera vez he podido entregar a tiempo y eso me ha permitido repetir viñetas para mareo de Astiberri. Durante un mes no he parado de hacer cambios.

Por otro lado, este parón me ha hecho replantearme el ritmo de vida que llevaba hasta ahora. Prácticamente desde que salió Arrugas, he tenido todos los meses algún viaje por España o fuera de España. Todas las semanas tenía algún acto: ir a la televisión, a la radio, a una inauguración de una residencia… cosas que te hacen salir de tu estudio y dejar lo que estás haciendo. Lo que a mí me gusta es hacer historias, que es un trabajo muy largo. Las semanas se te escapan sin poder hacer lo que pensabas y no llegas a los objetivos que tu mismo te marcas.

He podido producir cómics haciendo sacrificios en mi vida social, con amigos, dejando de hacer cosas. Este parón me ha hecho plantearme si merece la pena seguir con este ritmo de viajes.

En la música o el cine está más acotado el espacio dedicado a la promoción al lanzamiento del producto.

Sí, pero en mi caso siempre ha habido un motivo. He producido a un ritmo en el que cada dos o tres años tenía una novedad. Entre novedad y novedad siempre ha sucedido algo en algún país, ya sea en Italia, en Estados Unidos o Japón. Tienes que ir a esos países a presentar tu novedad. Es genial, por supuesto, pero te quita mucho tiempo. Ahora que se ha parado todo te das cuenta de lo intensos que han sido estos años.

Hablas de la proyección en otros países. Tu último reto es el mercado americano, en el que la obra de autor tiene cada vez más presencia.

No sabes en qué país va a funcionar lo que haces. En Italia o Portugal funciona muy bien pero en países como Alemania pasa más desapercibido. Hay países que te sorprenden como Japón.

Me costó mucho entrar en Estados Unidos hasta que me empezó a publicar Fantagraphics. Desde entonces editan cada año un par de obras que he hecho para intentar ponerse al día. Son tiradas pequeñas porque el cómic de autor tiene un espacio limitado pero situaciones como ganar el premio Eisner o la mención en la Comic-Con empiezan a abrirte camino.

Hablabas de Japón, un mercado muy endogámico pero que está muy presente en tus últimos trabajos. Tanto en La Casa como en Regreso al Edén te acercas a su manera de narrar, menos lineal y que se acerca a los detalles aledaños a la propia historia.

Vas probando. Todo va unido a lo que quieres contar. Si estás metido en un tipo de cómic más de género, imagino que la investigación es menor. Tienes un montón de recursos a tu disposición para llevarlos a cabo. Si intentas contar una serie de historias más unida a los personajes y sus sentimientos, necesitas explorar nuevas herramientas y formas de contar. En Japón tienen una mayor tradición de contar lo cotidiano, no solo en el anime o en el manga, también en la literatura. Tienen una manera de meterse en el alma de los personajes que en un guión de cómic es más complicado. A veces, el modo que tenemos de contar en el cómic occidental te impide afrontar otro tipo de temas. Es una necesidad de buscar nuevas herramientas cuando intentas expresarte.

Hay autores que piensan que su trabajo acaba cuando terminan la última viñeta.

La promoción es muy importante. Como te decía, la promoción ha sido constante desde Arrugas. Es una parte que me gusta. Me gusta viajar, el contacto con los lectores, conocer otros países y lo que les gusta y lo que no… Creo que todo ello ha contribuido a que pueda vivir de los cómics. Es un apoyo importante y te hace reflexionar sobre tu propio trabajo. Solamente reflexionas sobre lo que haces cuando tienes que explicárselo a la gente.

Hablabas al principio de los cambios en la obra. Decía Paul Valéry que una obra no se acaba, se abandona. ¿Sueles revisar las obras una vez acabadas?

He ido cambiando con el tiempo. Al principio retocaba todo. En Arrugas hacía cambios en cada edición más allá de las erratas. Con el paso del tiempo me lo he replanteado. Es plantearte si el trabajo tiene que quedar como está o es una constante revisión. Tampoco sabes si el lector que te compra lleva bien que cambies elementos importantes de una edición a otra. En Los surcos del azar lo que hice cuando pasaron bastantes años fue hacer una versión extendida, sin cambiar los datos porque sino estaría como Herge, redibujando constantemente mis cómics para sentirme mejor con quién soy en el momento en el que lo hago. Es un pozo sin fondo en el que intento no caer.

Lo que sí hago es retocar las traducciones fuera de España y acercarme a la comprensión del país. En un cómic como La encrucijada, que habla de una cierta música local, al hacer la edición para Italia o Países Bajos, incorporo referencias musicales de los países en cuestión por ejemplo para que lo puedan entender mejor.

¿Proyectos?

Es la primera vez que no tengo claro el camino. Por lo general, cuando acabo un trabajo, ya estoy avanzando en el siguiente. Tengo encargos, algunos trabajos de ilustración, pero aún no lo sé.

Decía Isusi en una entrevista que necesitaba un silencio entre proyectos para saber cuál debía ser el siguiente paso.

Se unen varias cosas. Hasta ahora tenía prisa porque se me habían acumulado las ideas. En mi programación mental se me cruzaron dos proyectos con los que no contaba: La encrucijada y El tesoro del Cisne negro. Son ideas que te llegan desde fuera y las acoplas. Mi programación mental llega hasta aquí. El regreso del Edén quería haberlo hecho antes de El Tesoro del Cisne negro, ya que surgió a raíz de la muerte de mi padre. No he tenido tiempo para ese silencio y es la primera vez que lo tengo. De momento no estoy muy cómodo con ello. Creo que te lleva a reflexionar demasiado sobre lo que has hecho o lo que podrías hacer y eso te lleva a dudar. Hasta ahora todo ha sido muy natural y no me acabo de encontrar a gusto con ello.

Por otra parte, para lo bueno o lo malo, yo vivo de los cómics y eso hace que tengas que sacar cómics con una cierta regularidad. Me he acostumbrado a esa forma de trabajar. Eso te exige que ese silencio no pueda ser muy largo.

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