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El transhumanismo es un movimiento intelectual y cultural que afirma que no sólo es posible, sino también deseable, mejorar la condición humana a través de tecnología, especialmente mediante el desarrollo y la creación de técnicas para eliminar el envejecimiento e incrementar nuestras capacidades físicas e intelectuales.

Un buen número de transhumanistas –muchos estarán el Congreso Internacional que se celebrará en mayo en la Universidad Pontificia Comillas– se definen como inmortalistas, con lo que defienden la posibilidad de erradicar la misma muerte.

Seamos cíborgs

Cada vez disponemos de más medios para perfeccionar nuestras capacidades. La medicina ha alargado nuestra esperanza de vida y desarrollado fármacos que consiguen incrementar nuestro rendimiento físico o nuestras capacidades cognitivas.

Nuevos desarrollos como los órganos artificiales están a la vuelta de la esquina y no tendrían necesariamente que ser recibidos por personas con problemas, sino que podrían sustituir a órganos sanos. Es decir: no hace falta ser minusválido para poder beneficiarse de unas piernas robóticas, si van a ser más potentes que las nuestras de nacimiento.

La mejora de la condición humana, según estos autores, implica un proceso de “cyborgización”, en el que la tecnología se hibridará con el propio cuerpo y se difuminarán las fronteras entre persona y dispositivo. Muchos transhumanistas anticipan la tecnología de implantes neuronales que, según sus predicciones, hará posible conectar nuestras mentes a ordenadores para acceder a la información almacenada en ellos o, según los más osados, transportar nuestra mente a un soporte electrónico (mind uploading), lo que posibilitaría pervivir en un mundo virtual abandonando nuestros cuerpos limitados y caducos.

El proyecto de luchar contra la enfermedad y retrasar el envejecimiento es indiscutiblemente positivo. Sin embargo, en estas propuestas, el cuerpo ha pasado a ser una mercancía que podemos cambiar por otra con una función similar, todo ello sin consecuencias reseñables. ¿Es un cuerpo robótico equivalente a uno de carne? ¿Es una mente simulada lo mismo que una real?

¿Humanos o cacatúas?

Los transhumanistas aseguran que pronto las máquinas superarán el test de Turing, una prueba que consiste en hacerse pasar por un ser humano. Las máquinas serán entonces conscientes, libres y dotadas de individualidad.

Sin embargo, eso no tiene por qué ser equivalente a crear una consciencia auténtica (creo que es precisamente la palabra autenticidad la que deberíamos devolver a estas discusiones). No es posible conocer lo que sucede en la subjetividad ajena. Pero, el que solo podamos percibir la apariencia de subjetividad, consciencia o autonomía no quiere decir que no debamos plantearnos cuándo esta apariencia se corresponde con el fenómeno auténtico. Lo auténtico emerge de la naturaleza subyacente de las cosas, nunca viene impuesto. La consciencia emergió de la biología a través de la evolución. Si diseñamos a una máquina para que nos engañe, si le damos el objetivo –impuesto– de aparentar consciencia, ¿qué motivos tenemos para pensar que esa apariencia se corresponde con la realidad?

Planteo el ejemplo siguiente. Una cacatúa, convenientemente entrenada, recibe a su dueña con un “Te he echado de menos” cada tarde. Su marido puede decirle exactamente las mismas palabras, tiernamente, cuando regresa tras un viaje. ¿Son entonces equivalentes? Es claro que en el segundo caso las palabras emergen de la necesidad de comunicar un sentimiento, y se apoyan en el desarrollo y aprendizaje del lenguaje. En el caso de la cacatúa, no ha habido emergencia, sino una imposición realizada a través del entrenamiento. Si hemos entrenado al pájaro para que pronuncie esa frase, no debe sorprendernos que, efectivamente, lo haga, y no es razonable plantearnos si comprende lo que está diciendo.

De la misma manera, si entrenamos a un ordenador para parecer consciente, no debe sorprendernos que acabe pareciéndolo, pero, de la misma manera, no debemos dejarnos engañar por esa apariencia.

El criterio de emergencia frente a imposición, o de espontaneidad frente a entrenamiento, no descarta que pueda darse, en algún momento, consciencia artificial. Sin embargo, subraya la relevancia de cómo surgen las cosas, su origen.

En un futuro más o menos cercano podríamos tener máquinas que emulen sentir como sienten los seres humanos. Nada impide tampoco que emulen a un ser humano en particular, con lo que podríamos construir incluso “cíborgs a la carta” o una copia de nosotros mismos a nuestro servicio.

Esto podría llevar a muchos a abrazar la “ciborgización” y, en su extremo, el mind uploading, convencidos de que, aunque el sustrato sea diferente, la esencia de la vida y la consciencia se mantienen. Sin embargo, podríamos terminar, no en una utopía de hombres fuertes, sabios e inmortales, sino en un mundo vacío, sin más voces que cacatúas hablando entre ellas, en el que la última pregunta que se pronunció de manera real fue: “¿Quiere subir su mente a la nube?”.

The Conversation

Sara Lumbreras does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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Author: Sara Lumbreras, Profesora Propia Adjunta, Universidad Pontificia Comillas