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Laro del Río Castañeda, Universidad de Oviedo y Guillermo Sánchez Ungidos, Universidad de Oviedo

Aunque la crítica periodística y los profesores universitarios no siempre hayan querido aceptarlo, los géneros (literarios, musicales, performativos…) se encuentran en constante cambio. En el caso de la música, los moldes tradicionales, que van desde el pop a la bachata, pasando por el rock, el punk o el reguetón, han abierto sus fronteras y se han diseminado por los nuevos estilos del siglo XXI.

En este contexto, entre lo marginal y lo canónico, desde los barrios bajos hasta los millones de reproducciones en YouTube, el fenómeno del trap parece haberse convertido en uno de los movimientos más importantes de la escena musical actual. Su influencia ha abarcado todos los niveles culturales, siendo valorado como un arte “de la calle” –herencia del rap– al mismo tiempo que acapara minutos en programas de televisión, especiales en revistas y, ahora, investigaciones académicas.

La fusión del trap

El trap ha ampliado el uso de la palabra creativa y ha incluido los medios audiovisuales dentro de la cultura de prestigio. Mientras que figuras más tradicionales como las de los cantautores aspiran hoy a legitimarse como artistas y por ello recurren a formas consagradas (la poesía), el trapero lo hace como creador y arriesga con formas experimentales, bajoculturales por convención, híbridas, repulsivas. No se trata de atrincherarse en lo desagradable o marginal, sino de renovar la visión de lo artístico, superar las estructuras petrificadas. Y avanzar así al mismo paso que la tecnología, la sociedad y las generaciones millennial y Z (no sabemos hacia dónde, pero avanzan).

Esas nuevas figuras aprovechan también el ascenso cultural para revalorizar ciertos aspectos de realidad que disuenan con lo socialmente aceptado. Se reapropian de estilos más “clásicos”, como el de los cantautores, las copleras o los flamencos. Pero mantienen siempre una postura que demuestra tanto el artificio como la comunicabilidad de la actividad performativa.

Podría parecer que La Zowi o Yung Beef están trivializando problemas sociales. Dicen mucho “puta” y “zorra”. Sexualizan y objetivizan constantemente a la mujer. Ensalzan el poder marginal de la calle. C. Tangana y Rosalía se apropian de los elementos hispánicos (y latinos, ya de paso: queda abierta la eterna lucha por el apropiacionismo), en ocasiones sin marcar de manera explícita el machismo rancio que esconden o el origen cultural de donde lo toman. Son, podría decirse, el paradigma de lo políticamente incorrecto.

Sin embargo, en el conjunto de su performance, se someten precisamente a esa artificiosidad y basan su “poética” en la ambigüedad y en una ironía que gratifica los deseos del espectador. Reclaman así el carácter artificioso no solo de las palabras sino de la propia situación comunicativa de la “nueva” obra de arte musical: a partir del contraste entre excentricidad y entendimiento.

Y esto también transforma la actitud del receptor. Nos obliga a poner un especial énfasis en su efecto, en su audiencia y en su relación con la realidad, pues hace de la performance –en otro tiempo, cosa de artistas extravagantes y elitistas ferias de arte que el sujeto medio no podía ni estaba interesado en entender– un elemento de nuestro día a día.

Entre la crisis y el negocio

La definición como superficial del fenómeno trapero esconde, además, una lectura económico-social. El disfrute puro, aparentemente despolitizado o incluso antiprogresista, la insistencia en el perreo, la acumulación de lugares comunes y la suma de los nuevos topoi de barrio son síntoma de la desesperación de las generaciones jóvenes españolas (Ernesto Castro ya habló del espíritu del 15M cansado por el paso de los años) y a su vez son índice del grave problema que esta desesperación supone.

Sin duda, en el fenómeno trap hay algo de márquetin, pero también algo de vanguardia. Hay mercado y estética, publicidad y arte. Hay que venderse y hacerse de oro. Esta idea puede resultar chocante para las mentes más tradicionales. La obra ya no es obra, es transmedia; y el arte ya no es arte, está plenamente mezclado con el mero storytelling.

De este modo, podemos definir el trap como un género transmedia, performativo y amigo de lo irónico y la pluriinterpretación. Estos rasgos no son una creación original de los traperos ni mucho menos. Es posible que a muchos lectores se les haya venido a la cabeza Andy Warhol (por ejemplo) mientras leían estas líneas. Y tienen razón. Pero la creatividad, por lo general, es una cuestión de disposición y relación.

Los traperos han sabido radicalizar y enfatizar los medios existentes en el siglo XXI. Han jugado con el sistema y contra el sistema. Y así han conseguido algunas de las reflexiones más interesantes de los últimos tiempos sobre lo real y el realismo, el arte del márquetin y la autonomía del arte, el uso retorcido e hiperconsciente de códigos culturales ya establecidos, la experimentación y la constitución de una figura autorial distintiva, la identidad y lo español…

Pero eso son temas de otro artículo. Por ahora tomémonos un tiempo de disfrute y análisis con los memes de Cecilio G, las artificiosas entrevistas a C. Tangana y el ambiguo modo de entender el arte de (nuestros Kanye West y Kim Kardashian) Yung Beef y La Zowi. Solo hace falta que les demos el beneficio de la duda estética. “Tengo to’ los trucos pa’ engatusarte. Puta, mírame: soy una obra de arte”.The Conversation

Laro del Río Castañeda, Investigador predoctoral en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Oviedo y Guillermo Sánchez Ungidos, Investigador predoctoral en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Oviedo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas

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