¿Por qué nos gusta tanto evaluar y ser evaluados?

Tero Vesalainen / Shutterstock

Llamo para realizar una gestión a un centro de atención telefónica. La persona con la que hablo me avisa de que, al término de la llamada, recibiré otra para valorar cómo he sido atendido.

Al acabar cualquier menú en un restaurante, el camarero, con amabilidad, me pregunta si todo ha ido bien. Acto seguido, me sugiere que puntúe y comente la calidad del restaurante en Tripadvisor: “Es muy importante para nosotros”.

Hago una compra rutinaria en El Corte Inglés, y en el momento de pagar aparece una pantallita con varios emoticonos de evaluación: tengo que mostrar mi grado de satisfacción.

Antes de decidir qué iré a ver al cine, unos amigos me comentan que iremos a ver tal película, porque en filmaffinity tiene una puntuación extraordinaria.

Elijo un apartamento en Airbnb según la calificación y los comentarios de otros huéspedes. Y al mismo tiempo, los dueños de los apartamentos me piden explícitamente que les puntúe ¡genial! porque de ello depende su futuro.

El gusto de vivir en un mundo evaluado

Todas estas situaciones cotidianas tienen algo en común. Se trata del gusto que experimentamos al encontrarnos con un mundo evaluado. Y en la era digital, cualquier persona anónima se arroga a su vez el derecho de evaluar.

No es nada extraño. Desde niños, el sistema escolar nos ha acostumbrado a que demos valor a lo que sea evaluado. Lo demás es una pérdida de tiempo.

Les trois juges, George Rouault, 1936. Tate Collection, London.
© ADAGP, Paris and DACS, London 2019

Al preguntar a cualquier niño ¿qué tal en la escuela?, lo corriente será una respuesta simplificadora: “Bien, 3 sobresalientes y 4 notables”. Lo que importa es la calificación, el número que nos categoriza y nos juzga, pero no el contenido de lo que se aprenda. Y ocurre que los niños aprenden a ser personas que se adaptan a los criterios de evaluación. Y nada más.

No se aprende por aprender, sino que se asumen los métodos para obtener una mejor evaluación. Y parece que lo que no se evalúa, no existe.

Modelos educativos como el finlandés se basan en sistemas de aprendizaje donde la vida escolar no es una competición por la máxima calificación. ¿La evaluación mejora el aprendizaje?

En la universidad ya no sorprende que este modelo conductista, por el que los estudiantes solo se esfuerzan cuando hay una evaluación positiva, sea la norma.

También es norma para los profesores. Hacer algo de modo gratuito, sin premio académico, viene a ser una bella excepción al pragmatismo de lo evaluable.

Evaluar y ser evaluado se convierte en una espiral que nos hace depender del reconocimiento social. Nos transforma en personas que reaccionan a esos criterios de evaluación. Y lo que no es evaluable, simplemente, es inútil porque no se nos medirá por ello.

Es lo que la socióloga francesa Angélique del Rey llama “tiranía de la evaluación”: nos convertimos en estrategas para ganar en el juego de la evaluación.

La reputación social en todos los ámbitos

Pero lo que sucede en el mundo educativo se ha extendido a cualquier campo de actividad humana. El sistema de reputación social cuantifica y compara la calidad de los trabajadores, pero también los ámbitos personales y sentimentales.

Un capítulo de la serie Black Mirror, titulado Caída en picado, mostraba un mundo en el que cada persona lleva consigo su propia calificación. Todo el mundo evalúa y es evaluado y, en función de esa calificación, podremos acceder a las gratificaciones prometidas por ser un ciudadano modélico.

Aunque parezca ciencia ficción, es un sistema de crédito social que ya se está desarrollando en algunas ciudades de China. En función de la ejemplaridad y buena ciudadanía de los habitantes, se les coloca una etiqueta digital con su valoración.

Somos un producto valorado y tendremos que vendernos bien en el mercado de las evaluaciones mutuas. Actuaremos como buenos ciudadanos, no porque queramos una ciudad mejor, sino porque repercutirá en nuestra calificación.

Nos encanta evaluar porque sentimos que tenemos el poder de discriminar lo bueno de lo malo. Porque sometemos a otros a nuestros juicios, a nuestros criterios, aunque no estemos en condiciones de juzgar nada.

Y nos gusta ser evaluados porque de esa forma no estamos olvidados: sentimos que existimos al ser objeto del juicio de otros seres humanos. Nos gusta convertir a los demás en números. Y también ser nosotros mismos números para medir nuestro éxito social.

Es lo que ocurre con la obsesión por acumular más y más “me gusta” en Facebook. O más retuits en Twitter. O más seguidores en cualquier otra red social, como Instagram o Snapchat. Es nuestro particular gloriómetro, que mide y evalúa nuestra aceptación social. Tal y como hace la app Peeple en los smartphones.

Evaluar es también jerarquizar y entrar en la lógica de los ránkings. Todos parecemos vivir en un concurso televisivo de talento: ¡compite por la medalla! Habrá unos pocos ganadores y otros muchos perdedores. El talento de nada sirve si no se certifica.

¿Qué nota merece este artículo? La darán los clicks que consiga atraer. La práctica llamada clickbait hará, por ejemplo, que para conseguir más atención en Internet, tenga que escribir de una forma más sensacionalista. Si los criterios de evaluación son la espectacularidad, tendré que plegarme a ellos para convertir en viral este artículo. Quizás no.

En su obra sobre El arte de ser feliz, Arthur Schopenhauer apuntaba a lo que uno representa para los demás como causa de infelicidad.

“Resulta casi inexplicable cuánta alegría sienten todas las personas siempre que perciben señales de la opinión favorable de otras que halagan de alguna manera su vanidad”.

Y sin embargo, buscamos envanecernos y caemos en “la triste esclavitud de la opinión ajena”. O bien es una exigencia de un sistema social que premia la adaptación a los criterios de evaluación. Y destierra a los márgenes todo lo que no sea evaluable. Es el darwinismo social de la evaluación.

The Conversation

Antonio Fernández Vicente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Author: Antonio Fernández Vicente, Doctor en filosofía de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha
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