Cuando los amigos ponían en duda lo que otro contaba, este recurría a un fiador de solvencia: “Palabrita del niño Jesús”, acompañándolas   con un beso a sus dedos cruzados.  Otras veces se ofrecía el sacrificio de la propia   vida como garantía: “Que me muera si es mentira”, o se juraba por el padre o la madre. Recursos que pretendían dar certeza a lo que se afirmaba, pero que al mismo tiempo mostraban la endeble fiabilidad de quienes a ellas apelaban, quizás porque en ocasiones anteriores fueron   pillados en algunas mentirijillas o confundían realidad con fantasía en esas edades en que no están nítidos los límites.

Como tan notables   avalistas no exigían devengo inmediato ni la invocación a la parca implicaba pronto acaecimiento estas expresiones iban perdiendo pujanza por repeticiones vanas.  También practicábamos los muchachos   pactos rituales, influenciados por algunas películas en las que los protagonistas mezclaban su sangre con un corte en las muñecas. Pero como hacerse una herida voluntariamente para tal fin nos retraía, esta modalidad sólo la realizábamos ocasionalmente cuando nos hacíamos una herida a consecuencia de una caída. Era más cómodo aprovechar una necesidad fisiológica para sellar amistad o establecer parentela. Orinábamos a la par y en el mismo sitio.  Por mor de esa mixtura nos convertíamos en primos o prometíamos eterno aprecio. Fantasías y simbolismos de nuestra etapa infantil, tan volátiles como la edad.

Los pactos a los que llegaban las personas mayores eran más serios.

Cuando dos personas chocaban sus manos en señal de acuerdo, lo pactado iba a misa. La palabra dada valía como la firma ante notario. Iba en ello la consideración y el aprecio de los demás. El apretón de manos duraba un momento, pero con él se apostaba un capital moral acumulado de honestidad labrada día tras día. Romperlo suponía perder la consideración ajena y una mancha   de descrédito. Si el que lo hacía era forastero que acudía al pueblo a comprar y vender mejor que no volviera por aquellos lares. Se dilapidaba un capital con un renuncio. Ser persona de palabra acreditaba integridad ante los demás y aumentaba la autoestima. La palabra cumplida era galón que lucía en las hombreras de quienes anteponían su recto proceder a los cambios por conveniencias. Cerrado un trato no se admitían posteriores ofertas más ventajosas, que suele suceder cuando se levanta una liebre y todos quieren cazarla. Se perdían unos cuartos, pero se ganaban doblones de honradez.

La lengua acuña expresiones que realzan esta rectitud en el obrar, esa coherencia. Ir con la cabeza alta significa algo más que cuidar las cervicales. Es resultado de una conducta consecuente en las ocasiones que se presentan para demostrarlo.  Andarse por derecho, ser consecuente con lo que se dice y se hace.

Siguen existiendo personas de una pieza, íntegras, pero quizás ha mermado la alta estima de la que gozaron en tiempos pasados. Están en la penumbra, eclipsados por los brillos de oropel de los que triunfan, aun a costa de pisar cabezas y despreciar el honor de la palabra empeñada.

Juan Francisco Caro Pilar