Ozark (Serie de TV): Bienvenidos al presente

Ozark es un thriller que continúa la senda abierta por Los Soprano o Breaking Bad: drogas, mafia, suspense y la lucha contra la fatalidad como combustible narrativo. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: en Ozark el sueño americano se ha evaporado. Es este sutil cambio de reglas lo que la convierte en un thriller de absoluta modernidad.

En las anteriores había una confrontación entre el entorno en el que se movían los protagonistas y el resto del mundo (el “normal”). El núcleo dramático de las series descansaba sobre la fricción que se producía entre ambos, personificada en el papel de las esposas, siempre reticentes a los peajes que aquel transito suponía, o en el hecho de que ambos personajes principales deben acabar renunciando a la “normalidad” que ansiaban. Así, el sueño americano, aunque no se realizara en las vidas de los personajes principales ni siquiera en medio de la abundancia material, seguía presente en la finalidad de sus acciones (ir a terapia, tener un buen seguro médico, podar el rosal); y lo bueno, lo legal y lo correcto eran enmarcados conjuntamente para ser situados un nivel claramente separado de su opuesto.

En Ozark esas confortables demarcaciones no existen, no hay una línea que los separe y ni tan siquiera una transición entre ambas. Lo correcto puede no ser lo legal, lo legal puede ser inmoral y lo bueno queda difuminado por falta de contraste y ausencia de transiciones. Es un microcosmos en donde la toda ética queda sometida al imperio de la necesidad; imperio que oprime a todos y cada uno de sus personajes y configura una sociedad rota, miserable, violenta, adicta, ingenua, fanática, corrupta y sin posibilidad de enmienda (en eso hacen especial hincapié).

Todo el mundo tiene debilidades, vulnerabilidades que pueden ser explotados por terceros en busca de beneficio. Y dado que la necesidad aprieta, siempre hay un tercero. Y un cuarto. Y el quinto puede que ni siquiera busque un beneficio. La madeja que hilvana Ozark está anudada de tal forma que lo único que pueden hacer sus personajes es intentar sobrevivir allí donde solo gobierna la ley del más fuerte. Irónicamente, en un primer momento, el sueño de los Byrde es escapar lo suficientemente lejos como para que el sueño no les alcance.

Cuando despiertan y son conscientes de que solo han caído en otro más profundo, el thriller comienza a transformarse en pesadilla. Pues no es que esa sociedad (o ellos mismos) se hayan corrompido accidentalmente tras pasar algún tipo de umbral, sino que ha sido concebida, diseñada y dirigida en aras de maximizar la corrupción. Es una corrupción eficiente, limpia, organizada y productiva que abarca todos los caminos por los que pueden transitar los personajes. Nadie está a salvo, así que, de una manera u otra, todos han de estar en el ajo.

No es que haya no mafia, pero en Ozark los abogados han sustituido a los mafiosos, las madres a los Padrinos, los granjeros a los sicarios; los turistas a los yonkis; de hecho, en vez de estar ambientada en algún gueto, se desarrolla en una zona turística de gran belleza natural. El personaje principal, la mente maestra, en vez de ser un duro gánster con brotes psicóticos, o un omnisciente chef de la metanfetamina, es un pacífico contable especializado en evasión fiscal.

Su esposa, en vez de ser una moralista ñoña con menos profundidad emocional que una mesa camilla, comprende: sabe que la única opción es actuar. A su hija adolescente, que se creyó los cuentos que le contaron, lentamente le van sacando la ingenuidad a base de hostias. Y su hijo de doce años, bastante más despierto que su hermana, ya está familiarizado con los rudimentos del blanqueo de capitales y el manejo de automáticas. La corrupción permea así hasta el núcleo de una sociedad en la que la violencia se expresa de manera constante, simultánea y multinivel incluso cuando no hay intención de ello.

Curiosamente, salvo por el número de blancos, no hay tanta diferencia entre el Estados Unidos que retrata la serie y el tercer mundo que retratan las películas de Hollywood. Sin embargo, la pobreza, la delincuencia, la baja expectativa de vida o el estado sucio y desgastado en el que se encuentran los objetos: casas, muebles, coches, ropa… contrasta aquí con los yates de los turistas, los coches de gran cilindrada del Cartel y los trajes a medida de sus secuaces. Todo lo nuevo, todo que brilla, es resultado de la corrupción o participa en ella de algún modo; el moralista, personificado en el predicador, finalmente acaba enloqueciendo.

Sin embargo, pese a novedoso del retrato, lo cuidado que está el guión (por lo general), las buenas interpretaciones (apabullante Laura Linney) o la precisa y elegante fotografía (es, tanto en un sentido literal como figurado, la serie más oscura, monocromática y trasparente que recuerdo haber visto), tiene algunos defectos que menoscaban el conjunto, defectos que tienen su causa en el mismo lugar.

Unas pocas series, como Berlin Alexanderplatz, Yo Claudio o The Wire, parecen durar exactamente lo mismo que la historia que pretenden contar, en ellas todo es fluido, extremadamente gradual y más que actos lo que se describen son estados y procesos (apenas hay acción). Otras, como Breaking Bad, Perdidos o Los Soprano, aun habiendo sido extendidas más allá de su concepto original, son capaces de construir maravillosos tiempos muertos: algunos de sus mejores capítulos, y también los más originales, son aquellos en los que no pasa nada relevante de cara a la trama, fugas en las que el argumento central se deja completamente al margen y tan solo se juega con las formas y posibilidades de los personajes y estructuras. El resto, la mayoría, se suelen extender mucho más allá de lo que cuentan, abusando con frecuencia del melodrama para rellenar minutos y simular que cuentan algo.

El problema de Ozark es bastante singular. No tiene relleno, pero tampoco tiene puntos en las pausas y ni tan siquiera pausas, careciendo así tanto de la pasmosa fluidez de unas como de las interesantes variaciones de las otras. Quizá por miedo a que el espectador se aburra, tiene un ritmo tan excesivo que inevitablemente hace que se la vaya la mano con los giros; es cierto que la velocidad diluye la magnitud de los excesos, pero también que por eso mismo pierden fuerza los impactos. Al pretender contar tanto en tan poco tiempo, el guión se atropella y algunos capítulos se hacen tan densos y estresantes como una lección de anatomía.

Entre los resultados de tanta adrenalina destaca una tasa de homicidios (efecto Juego de Tronos) que resultaría exagerada incluso en lugar tan tercermundista como el retratado; algo de pausa, tanto en el guión como en la dirección, seguramente ayudaría a que el espectador empatizara mejor con los personajes y comprendiera más fácilmente sus circunstancias sin necesidad de tener que llevar con tanta frecuencia las situaciones hasta el extremo.

Patxi Álvarez