«Se infectará tanta gente con ómicron que puede suponer el fin de la pandemia«. La frase es de Javier Zulueta, neumólogo del Monte Sinai de Nueva York; pero podríamos escoger a muchos otros expertos que, durante los últimos días, están defendiendo en televisiones, radios y diarios que las elevadísimas incidencias de la variante ómicron podrían esconder esa «buena noticia» a medio-largo plazo: el fin de la crisis del COVID-19.

Pero no es la primera vez que oímos hablar sobre el posible fin de la pandemia. De hecho, en los últimos dos años, el optimismo nos ha jugado ya malas pasadas. Por eso nos hemos preguntado si de verdad estamos en un escenario de este tipo. Teniendo en cuenta que «es difícil hacer predicciones, especialmente del futuro»… ¿Qué argumentos manejan los que sostienen que ómicron es la «inesperada vacuna» que nos hacía falta y que argumentan los que aún es pronto para confiarse?


Un golpe de suerte

Y es que, pese a que durante meses hemos escuchado que las fuerzas evolutivas reducirían la virulencia del SARS-CoV-2, si vamos a la evidencia científica disponible vemos que esa tendencia no existe: es falso. «No hay una normal general hacia la atenuación, la virulencia o el mantenimiento estable». De hecho, tenemos ejemplos históricos como la rabia que, pese a tener una letalidad casi absoluta, no se vio afectada por esa supuesta atenuación y solo nos la quitamos de encima gracias a las vacunas.

El caso de la viruela también es interesante. Durante siglos coexistieron varias formas del virus con diferentes virulencias (hasta diez veces menos, por ejemplo) y la selección no favoreció a la menos agresiva. Y digo que es interesante porque la viruela también es un precedente histórico de la lógica que impera detrás de la hipótesis de Ómicron como catalizador del fin de la pandemia. Con la viruela, el hecho de encontrar una versión virus menos virulento, pero capaz de generar inmunidad fue el factor clave en su desaparición.

Entonces, la inoculación del virus fue intencionada (y constituyó el nacimiento «oficial» de la vacunación moderna) y en el caso de Ómicron no lo sería: pero, como digo, la lógica es similar. Si la nueva variante (que produce cuadros leves en la mayor parte de la población) contagia a suficiente cantidad de personas, la inmunidad natural podría crear la tan buscada «inmunidad de grupo». Solo habría que proteger a personas mayores o con inmunodeficiencias (algo que, con las vacunas actuales es viable) y esperar lo inevitable.

Sin olvidarnos de todas las personas que sí sufrirán problemas por esta variante, la aparición de Ómicron, teniendo en cuenta que la «tendencia a la atenuación» no existe, puede verse a nivel colectivo como un «golpe de suerte». De todos los escenarios posibles estamos en uno relativamente favorable a nuestros intereses. No obstante, no todo son buenas noticias. O, al menos, hay muchas incógnitas aún sobre la mesa para dar el tema por resuelto.

¿Hay razones para el escepticismo?

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Martin Sanchez

Hay muchas razones técnicas para ser cautos, pero podemos empezar por dos de ellas. El primer conjunto de incógnitas se refieren a lo que aún desconocemos sobre la variante. Y es que aunque las cifras son cada vez más tranquilizadoras (y, por ello, la hipótesis del «fin de la pandemia» ha cogido fuerza) como reconoció el CDC europeo, «incluso si la gravedad de la enfermedad causada por ómicron es igual o menor que la gravedad de la variable delta [que, como digo, parece serlo en los países en los que tenemos estadísticas fiables], el aumento de la transmisibilidad y el crecimiento exponencial resultante» podría superar «rápidamente cualquier beneficio de una gravedad potencialmente reducida». Por ahora, la saturación parece que no está llegando a los hospitales y UCIS como en otras ocasiones (y se está concentrando en la Atención Primaria), pero es un problema a tener en cuenta y monitorizar muy de cerca.

En segundo lugar, Ómicron es, además, una lección sobre lo «fácil y rápido» que una nueva variante puede cambiar el escenario global de la pandemia. Sobre el papel, nada impide la emergencia de otra variante con mayor escape vacunal y mayor virulencia que vuelva a situarnos «en la casilla de partida». Las desigualdades que aún existe en la respuesta internacional al virus nos dejan en una situación de gran exposición.

Eso sí, es cierto que si Ómicron consigue imponerse a escala planetaria, puede conseguir lo que los sistemas internacionales de reparto de la vacuna no han conseguido: altas tasas de inmunidad al SARS-CoV-2 (que limiten la circulación y la variabilidad del virus). Esto puede sonar bien en países como el nuestro — con altas tasas de vacunación y un sistema sanitario consolidado –, pero en muchas otras zonas del planeta puede causar grandes problemas.

De lo ‘pandémico’ a lo ‘endémico’

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En último término, el significado del «fin de la pandemia» tiene mucho que ver con lo que entendamos por ‘pandemia’. En los últimos días, muchos expertos están hablando de que Ómicron sí puede tener un papel importante en el paso de la enfermedad pandémica a una enfermedad endémica. Era algo inevitable: la diferencia entre esos dos tipos de enfermedades está relacionada con nuestra capacidad para prever y controlar su evolución. A nivel teórico, cuando una enfermedad se vuelve endémica «pierde» su capacidad para sorprendernos y podemos estimar la evolución de olas y casos a lo largo del año.

Pero también, una enfermedad se vuelve endémica cuando consideramos que ya no es una amenaza de salud pública activa. Es decir, cuando colectivamente asumimos que hemos hecho todo lo posible para combatir la pandemia y que hay que convivir con lo que queda: hay un parte científica, claro; pero, sobre todo, hay una parte social. Por ello, la vuelta generalizada a las restricciones es quizás el mejor indicador de que la pandemia no ha terminado; pero las polémicas relacionadas con la reintroducción invitan a pensar que el fin no está muy lejos.

Lo que sí es cierto es que la forma en la que se resuelva esta ola (junto con nuestra capacidad para llevar las vacunas a todas las regiones del planeta) será un factor clave para ver qué ocurre con las siguientes olas: para ver si el COVID se vuelve endémico. Y es que el «muro inmunitario» que está levantando la enorme cantidad de contagiados de Ómicron hace que la circulación del virus sea más limitada y, por ello, la emergencia de nuevas variantes menos probable. Pero, como digo, queda ver cómo se desarrolla la ola a nivel global y cómo evoluciona la eficacia de las vacunas en los próximos meses. Mientras tanto, el «fin de la pandemia» es una posibilidad que está encima de la mesa, pero (a la vez) está muy lejos de ser el único escenario posible.

Imagen | Vladimir Fedotov


La noticia

«Ómicron puede suponer el fin de la pandemia»: los datos, argumentos y problemas de una promesa que ya hemos escuchado varias veces

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Xataka

por
Javier Jiménez

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Author: Javier Jiménez

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