Hasta la fecha conocíamos a Sara Morante sobre todo como ilustradora a pesar de su primera incursión con “La vida de las paredes”. Con “Flor Fané” continúa su inmersión en la escritura para realizar una obra escurridiza que se escapa a las catalogaciones. Una libro difícil que nos permite conocer a Olga, la protagonista y  su infancia marcada por un padre maltratador. Un tema complejo que la autora asume con sensibilidad y sin complejos. Con Sara Morante hablamos del libro y de su protagonista.

¿Qué es “Flor Fané”?

“Flor Fané” es el monólogo interior de una niña, desde que tiene tres o cuatro años, hasta la adolescencia. Esa niña es Olga que nos narra, en primera persona, desde su perspectiva, cómo se va desarrollando su vida y el lector se va dando cuenta de que el hogar de Olga no es un hogar normal. Hay violencia y mucha tensión, el padre es un maltratador. No solo es un retrato de su vida y las revelaciones que va haciendo sobre distintos temas como la amistad, la violencia, el amor cuando llega la adolescencia, sino que además muestra el autoritarismo que hay en el hogar de un maltratador, la sumisión de su madre y los efectos de la violencia cuando se mama desde la infancia. Enseña cómo la violencia merma la capacidad para confiar en la gente, la capacidad para sentir apego y demás. Pero también está la creatividad como fortaleza. La creatividad es el modo en el que Olga canaliza sus emociones, no solo con las formas de matar a un padre, sino que construye un cosmos de planetas, apoyándose en las leyes de Newton, que se convierte en su lugar seguro.

¿Cómo nace la obra?

La obra nace de una forma azarosa. Estaba escribiendo en realidad la historia de una mujer mayor muy extraña. Escribí un flashback, que es Los patos de porcelana. En ese capítulo se palpa la violencia y están definidos los tres personajes principales, que son la violencia del padre, la sumisión de la madre y cómo Olga experimenta la rabia. El germen y la mejor definición de “Flor Fané” está en ese capítulo. Allí me di cuenta de que lo interesante era el origen, de dónde venía todo, quién era esa mujer y que resultaba más interesante contarlo desde la subjetividad de una niña. Ella no explica nada, no llega a conclusiones. Lo cuenta porque es un monólogo.

Como en “Matar a un ruiseñor” vamos descubriendo la visión del mundo de Olga y cómo se va ampliando.

Eso es.

Olga se expresa a través del texto y el dibujo. El libro adopta la forma de un diario que va llenando nuestra protagonista con pequeños relatos en la que nos cuenta sus sensaciones y momentos vividos.

Además hay una evolución de su voz a lo largo del tiempo. Va cambiando su voz a medida que se  va acercando a la adolescencia, se vuelve más oscura. Pasa lo mismo con sus dibujos. Hay dibujos que son infantiles. En ellos hay un código, que es la paleta de colores y el lenguaje corporal. Por ejemplo, expresa la posición del padre en la familia. Hay un dibujo en el que están los tres en la playa. El único que tiene manos es el padre, eso nos habla de la desigualdad, de quién tiene el poder en casa. Con la adolescencia, los dibujos de Olga se van volviendo más oníricos a la vez que su voz. Se van reflejando los descubrimientos que hace a lo largo de su vida, cómo se relaciona con los demás.

Tu trabajo como ilustradora siempre es muy ornamentado pero en el caso del libro hay momentos en los que cedes el espacio al gesto y la emoción. La protagonista cambia su forma de dibujar y nos muestra su carácter.

Sobre todo en las secuencias de viñetas intentaba que tuviese un mismo hilo narrativo. Hay capítulos que son solo un párrafo y prescindes de todo preciosismo. Me centro en el lápiz. Es un reflejo del texto, de la voz de la protagonista. Son dibujos muy concretos que expresan algo muy concreto. Nunca había hecho dibujos como en “Flor Fané” ni había dibujado en primera persona. Como ilustradora, siempre había mantenido una conversación con el texto. He tenido que crear un lenguaje simbólico de la protagonista. Eso apenas se refleja en el texto pero sí a través de las imágenes. Es todo el cosmos que se construye, esa composición que se convierte en su lugar seguro. Es una iconografía que nunca me había interesado especialmente, el de los planetas, pero es el lenguaje simbólico personal de la protagonista.

Observas el dibujo de tus hijas cuando eran niñas para ver cómo se expresan.

Sí, yo guardo todos sus cuadernos. En primaria, en la escuela pública francesa, tenían que aprenderse desde muy chiquitinas, poemas de Lorca, letras de canciones de Verlaine o Boris Vian y después dibujarlos. Me parecía muy bien porque eran interpretaciones que, a veces eran oscuras, como en el caso de “El desertor” de Boris Vian. Es una canción muy dura y eso hacía que cambiase la expresión del dibujo. Eso me ha hecho cambiar la visión y plantearme cómo se dibuja con cinco años, la elección de los colores, la expresión corporal. Me he documentado con el trabajo de mis hijas, que es muy expresivo.

Hablabas antes de narrar en viñetas.

Siempre he querido hacer cómic pero me parecen palabras mayores. Lo que he hecho es un híbrido. Cuando he ilustrado un libro se me quedaba corta un solo dibujo porque tienes el impulso de narrar. Cuando hice la propuesta del libro a Astiberri les planteé hacer capítulos de viñetas porque me parecía que encajaba muy bien. Me parecía que darle el 50% del peso narrativo al dibujo era importante. Publicarlo en Astiberri me daba seguridad de que iba a salir bien. Cuando hay tanto que aprender es importante hacerlo con alguien que controla tan bien el tema. Yo no hacía viñetas desde los doce o trece años.

No es tu primera obra pero es mucho más compleja que tu anterior trabajo “La vida de las paredes”.

“La vida de las paredes” es una obra coral, un relato largo. Son cinco protagonistas y apenas daba tiempo a explorar cada uno de ellos. Sin embargo, “Flor Fané” es la mente de la niña. Entran un montón de temas que me apetecía experimentar, especialmente la primera persona. Como narradora no quería explicarlo todo sino ir contando lo que sucede y que el lector llegue a sus conclusiones.

La historia es al principio naif y se va haciendo más dura a medida que vamos entendiendo la obra.

Es una obra incómoda pero he intentado que tenga mucha luz. La vida es así. La luz está en el personaje de la abuela, de las amigas, en la lectura… incluso en los capítulos en los que mata al padre.

El eje de la historia son los personajes. Intentas hacer un retrato que sea lo menos maniqueo posible. Da la sensación de que, si no has vivido el tema te has preocupado de conocerlo.

Sí. Hay una base de dos historias reales. Para escribir sobre este tema tienes que documentarte bien porque es muy delicado. Como lector, aunque no hayas vivido algo así, en algún momento de tu vida, has sentido miedo. Si has sentido alguna situación de violencia en la infancia sabes lo que comporta. Los niños que hacen bullyng responden al mismo perfil que un padre o una madre maltratadora. Podemos sentir y entender lo que ella vive aunque no hayamos tenido la experiencia directa. Es una experiencia universal que puedes empatizar.

Olga se refugia, también, en la ciencia. Leyes que parecen dar orden al caos en el que vive.

“Flor Fané” es, fundamentalmente, la tercera ley de Newton, que dice que, si me golpeas, vas a salir despedido. Voy a hacer que rebotes. Eso es “Flor Fané”. Los enunciados de los capítulos son muy metafóricos y tienen aplicación en cualquier orden de la vida. Se trata de una chavala que está estudiando así que tiene sentido que tenga cerca las leyes de Newton. Escogí la astrofísica porque empecé con el imaginario de los planetas. Me parece muy interesante el concepto del incendio en Saturno y el concepto de Big Bang. Esa ira que tiene que aprender a manejar para controlar la situación. Empecé a dibujar los planetas y me ayudó a construir la parte más profunda y onírica de Olga.

Hay un momento en el que su padre le obliga a romper sus juguetes y parece que es el final de la infancia.

Que bonita metáfora. Suelo escribir de forma intuitiva y no lo había visto así. Yolo veía más como el reflejo de una persona autoritaria que destroza toda raíz de las personas que tiene bajo su yugo, tanto lo emocional como lo personal. Lo bonito de escribir es que cada uno le da su propia interpretación.

En toda tu obra, tanto como ilustradora como escritora, la casa tiene un gran protagonismo. En “Flor Fané” las grietas de la casa se convierten en escondites en las que la protagonista guarda sus heridas.

Son refugios. Es cierto que soy creadora de interiores. Mis últimos libros se desarrollan en casas. Me gusta mucho lo que sucede de puertas para adentro porque es lo privado. Lo público es lo que mostramo a la gente pero me interesa contar lo que sucede en ese espacio privado, que, en ocasiones son jaulas terroríficas.

La casa tiene esas grietas que le permiten guardar todo lo que quiere proteger. Es un universo ficticio que se crea.

Lo que sucede en la casa comienza con el ruido de un portazo, que es la banda sonora terrorífica de su vida.

Cuando dos niños que han sufrido se encuentran se reconocen.

Lo que ella siente es una necesidad de consolarle como le gustaría que le hiciesen a ella. A Olga le gustaría, además, compartir con él las formas de matar al padre. Como experimenta la violencia es algo terrorífico. El primer título de ese capítulo era “Los que somos nos reconocemos”.

El paso de la infancia a la adolescencia hace que Olga tenga comportamientos violentos como resultado de lo vivido.

Ella ha aprendido que la frustración se expresa a través de la ira. Es lo que conoce. Lo que sucede es que vive una contradicción permanente. Cuando va a las casas de sus amigas ve otra situación muy distinta. Es una de las revelaciones más importantes que hace, en las otras casa no pasa lo mismo. No sucede nada tras un portazo, no pasa nada cuando se lleva la contraria a los padres.

El libro tiene una manera de contar muy transversal. No sé si ha ayudado al libro o al contrario la dificultad de etiquetarlo de una manera sencilla.

No lo sé. A mi no me gustan las etiquetas. Me gusta que haya flexibilidad. Lo que sabía es que tenía un texto escrito y que quería publicarlo con letra de imprenta pero que necesitaba expresarlo con imagen. Me parecía que le daba otra profundidad. A la editorial le interesó y no le doy vueltas a lo demás.

“Flor Fané” bebe mucho de los clásicos que has ido leyendo, no tan atado a las modas actuales.

No sé hacerlo de otra forma. No creo que el estilo se pueda cambiar. Dibujo como puedo. Con la voz me parece igual. En “Flor Fané” me adapté a lo que tenía que contar pero no sé escribir y dibujar de otra manera.

¿Ha cambiado tu forma de dibujar el libro?

Sí. Para “Flor Fané” he hecho dibujos que no hubiese podido hacer hace dos años. Hace dos años me cansé de lo digital. Yo pintaba a mano, recortaba y montaba con el ordenador. Acabé tan harta que empecé a hacer collages, recortados con bisturí y fotografiado. Con “Flor Fané” me apetecía dejar atrás el preciosismo. Me apetecía volver al lápiz. Luego surgió el color. He hecho dibujos que hace años que no hacía. La técnica es mucho más relajada, mucho más sencillo, sin tanto preciosismo.

No sé cuantos dibujos he hecho al final para el libro pero han sido seis o siete meses dibujando doce horas al día. Se han quedado fuera bastantes dibujos porque eran innecesarios. El texto tenía que fluir muy bien. Ha sido una forma de quitar de encima la fobia al ordenador. La conclusión a la que he llegado es que cuantas más técnicas utilices, mayor es tu libertad para expresarte.

Sí que siento que puedo hacer lo que quiera después del libro. Lo que me ha dejado totalmente enganchada son las viñetas en blanco y negro. Si traduces esos dibujos a texto, son frases muy cortas pero me ha resultado muy satisfactorio y tengo muchas ganas de volver a coger los lápices.

Da la sensación de que has pulido mucho los textos.

He dedicado mucho tiempo el último año a eso. Quería quitar lo superfluo, quitar adjetivos, adverbios. Quería encontrar la voz del personaje y tenía que ser coherente a lo largo del libro. Como decías, al principio es más naif pero va adquiriendo competencias para comunicarse.

Escribir se puede convertir en una obsesión. No sé si un libro de estas características te han dejado ganas para meterte en otros.

Llevo desde octubre con un texto que ya tenía empezado. Está muy verde aún porque no he salido de Olga aún. Quiero destacar la labor de la editora, Lucia de Astiberri. Hemos trabajado  intensamente juntas. Hemos estado dando vueltas a la maqueta desde junio hasta octubre que entró en imprenta. Ha sido un trabajo muy intenso y aún me cuesta salir del mundo de Olga, aunque voy escribiendo poco a poco.

Escribir, dibujar… ¿qué camino te gustaría seguir?

Me gustaría hacer viñetas sin texto. Quiero seguir escribiendo y sigo dibujando y haciendo cubiertas. Quiero probarlo todo.

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