Sinopsis

Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote presenta la historia de una niña que surgió mediatizada por las circunstancias que el imperialismo nos impuso. Niña sensible. Capta con gracia y ternura todos los fenómenos que la rodean, sea en la intimidad de la familia o en los otros ambientes de nuestra burguesía de formada. Renée ha publicado otros libros: Oratoria cubana (1927), Apuntes (1927), Domingo Méndez Capote (1957); y ahora Relatos heroicos (anécdota del 68 y 95) y sus Recuerdos del pasado, que son la continuación de estas memorias que quedarán como una de las crónicas más interesantes y vivas de una época ya pasada.1

Mis impresiones

A este “pequeño gran libro” llegué de la mano del trabajo sobre “Escritores Olvidados: La Transición de la Colonia a la República” – (Mercedes Matamoros (1851-1906), Jesús Castellanos (1878-1912), Carlos Loveira (1882-1928) y Renée Méndez Capote (1901- 1989), que se presentó por videoconferencia por la Prof. Lourdes Gil, en la sesión del Centro Cultural Cubano de New York el pasado día 17 de junio de 2020. Había leído mucho de sus artículos de prensa en Cuba, pero nunca me había leído este libro, que agradezco la motivación que me hizo acercarme a su lectura, pues es un verdadero disfrute “revivir” de mano de la pluma de su autora las estampas y costumbres de la época de comienzos de la andada de la República.

Nacida “inmediatamente antes que la República”, Renée Mendez Capote, recorre en las breves páginas del libro los principales hitos de su vida familiar, y con ellos su evolución y la de su entorno, desde las casas, hábitos y costumbres de la Habana de entonces, hasta las simientes del “ensanche” que sería el Vedado, desde su visión y “un alma mística y pagana al mismo tiempo” como se autocalificaba. Yo disfruté sus relatos de aquel Vedado de su infancia, que según nos cuenta “era un peñón marino sobre el que volaban confiadas las gaviotas y en cuyas malezas crecía silvestre y abundante la uva caleta”. Nos acercó a detalles, ya borrados de nuestros recuerdos, de las “furnias gigantescas de la orilla derecha del Almendares”.

(1)  https://www.ecured.cu/Memorias_de_una_cubanita_que_naci%C3%B3_con_el_siglo_(libro)

Una parcelación de la hacienda del conde de Pozos Dulces2 que trajo la traza de las calles 11, 13, 15, C, D, E y F… y la aparición de las primeras mansiones de las familias de la alta y naciente burguesía de la nueva era: Hevia, Cabarrocas, Fernández de Castro, los Lancís, los González, los Villalón, los Del Monte, los Tarafa, los Pérez Martínez, etc., que poco a poco fueron poblando el Vedado de las dos primeras décadas del siglo, precisa la autora.

Nos hizo recordar, de los estudios de geología, la furnia “que estaba en lo que hoy son las calles 2, 4, 15 y 17”, de la que aún se aprecian manifestaciones, así como las diferentes terrazas marinas, que constituían el Vedado de principios de siglo… Relata la autora con riqueza de detalles un hecho de una bella muestra de solidaridad: “En otra ocasión estaban abriendo profundas y anchas zanjas en la calle B, yo no sé si eran para el gas, porque estaban colocando gruesos tubos de barro, y alcantarillado no hubo hasta después. El caso es que unos gallegos jóvenes, gordos y colorados, con boina y pantalón de pana, estaban trabajando en esas zanjas. Sudaban y a cada rato mamá les mandaba agua y café. Pues una mañana le dieron un mandarriazo en un pie a uno de aquellos muchachones que lanzó tremendos alaridos. Estoy viendo a mi madre con bata de encaje y sus zapaticos Luis XV, y a mi tía Amelia con vestido, porque las solteras no usaban bata, saltando para adentro de la zanja con su botiquín de urgencia a curarle la pata al galleguito. Enseguida los compañeros lo sacaron y mamá y tía Amelia se lo llevaron en el coche a la casa de socorro. Yo no sé si el gallego vive ni si las recuerda pero salvó el pie gracias a aquellas dos cubanas”.

Hasta después de la segunda intervención3, (1906-1909), no se metió el Vedado en barrio residencial de moda. Los Iznaga, Álvarez Cerice, Cárdenas, Morales o Arango… vivían en el Cerro, lo que era el suburbio distinguido por excelencia.

De ese Vedado primitivo la autora da innumerables anécdotas, desde la forma típica de los policías, todo españoles, con bigotes y botas de montar… puntualiza, hasta la forma en que anunciaban un ¡Ciclón…! ¡Ciclón…! Precisa que los serenos, igualmente todos españoles también, tranquilos, silenciosos, desarmados, con un perro sato y un pito de auxilio por toda defensa. Así detalles de los faroleros, de los albañiles y pintores.

Las casas-mansiones que se construyeron en esa época en el naciente Vedado, eran casonas llenas de dependencias que se iban aumentando a medida que la familia las necesitaba. No siempre con los mejores resultados arquitectónicos, pero siempre muy confortables. Rodeadas por un portal ancho que da a dos calles. Cocheras con sus amplias puertas y un piso alto donde estaban los cuartos de la servidumbre al que se subía por una escalerita lateral o de caracol estrecha. y patios de tierra sembrado de árboles frutales. La autora recrea esas estampas, con riquezas de detalles, que nos hace recordar o visualizar en la distancia esas condiciones en muchas de las que conocimos y hoy son sede de instituciones u oficinas de embajadas.

(2) Francisco de Frías y Jacott, IV conde de Pozos Dulces (24 de septiembre de 1809, La Habana, Cuba 1877, París, Francia) fue un reformador agrario, periodista e importante científico cubano.

(3) La segunda intervención estadounidense en Cuba se produjo cuando el presidente Tomás Estrada Palma pidió nuevamente la intervención militar de Estados Unidos en Cuba, el 12 de septiembre de 1906. … Taft, asumió el cargo de gobernador provisional de Cuba.

Una descripción de La Habana de esa época, centrada en la visita que su madre hizo con ella y su hermana a la gran dulcería “Moderno Cubano” y detalla: “un poco oscura silenciosa con un patio central en el que se sorprendía a veces el pasar apresurado de un apetitoso delantal muy limpio, coronado por un gran gorro blanco. Había un olor delicioso a vainilla, almíbar, chocolate. Allí no había nada de lujo, fuera de la mercancía exquisita que vendía la tienda. Las mesas eran muy sencillas, con mantelitos blancos y sillas de rejilla. Dos grandes ventiladores de aspas en el techo y una estantería de cristal que ocupaba todo el largo del único salón. Pero detrás de aquellos cristales se exhibían las mejores marcas europeas de bombones, pralines4, galleticas y bizcochos, caramelos, compotas, almendras garrapiñadas, marrons glacés, caviar, paté de foie gras…” Y sentencia renglón seguido: “En las modestas mesitas del Moderno Cubano servían unos biscuits glacés que vale la pena tener ya sesenta años para haberlos comido”.

En ese deambular que en sus relatos hace de La Habana de la época, precisa: “Las calles comerciales de La Habana elegante eran Obispo y O’Reilly; Mercaderes, Oficios y Muralla, solamente para el comercio al por mayor. Nadie hubiera soñado comprar nada en Galiano, apenas San Rafael, donde las únicas casas elegantes eran la joyería La Acacia, la mueblería Borbolla y el néctar soda El Decano”.

En sus crónicas de la época, la autora dice: “Los chinos de mi infancia eran legítimos hijos de un celeste imperio, descendientes de Confucio. […] En La Habana de principios de siglo ellos ocupaban el único puesto que en comercio dejaban libres los españoles, los peninsulares, como se les llamaban entonces. Aquellos chinitos verduleros, cargados hasta seis canastas que colgaban en dos grupos de tres, una encima de otra, en los extremos de su larga pértiga. […] casi sin excepción venían de Cantón, con sus zapatos peculiares negros, como alpargatas finas con suela de cuero, con sus trajes de corte especial casi invariablemente de algodón azul” …

Puntualiza en sus anécdotas y remembranzas de los chinos en las guerras de Cuba. La célebre frase “En Cuba no hubo nunca un chino traidor ni chino guerrillero” … Menciona en boca de su padre, “del comportamiento valiente de los chinos especialmente en la guerra grande, en la que tomaron parte mas numerosa y destacada”. Plasma uno de los hechos heroicos, el del Teniente Tancredo. “Español, tu desprecias a los chinos porque tú en Cuba has hecho de los chinos, esclavos. Yo soy chino, pero ahora yo soy para ti el teniente Tancredo, oficial del ejercito cubano. Yo soy tu enemigo. Remátame. El teniente Tancredo muere. En un esfuerzo extrahumano de su voluntad y su coraje, su cadáver se mantiene todavía apoyado a la ceiba cubana. Luego se desploma entre el silencioso estupor de los españoles que lo rodean. Y se oye la voz del capitán que dice impresionado: – Vamos a dar sepultura a este oficial”. Así la autora relata varias sucesos del comportamiento heroico de los chinos en la guerra de independencia, y con especial detalle los referidos al comandante Siam, recogido en su Capitulo Cuarto, digno de leerse y enmarcarse, por el ejemplo de heroica conducta.

(4) Para los que no le recuerden: El praliné es una pasta utilizada en repostería y compuesta tradicionalmente de una mezcla de almendra o avellana confitada en azúcar caramelizado. Se utiliza la misma cantidad de almendras que de azúcar

Un eslabón del Capitulo Quinto lo dedica la autora a mostrar una estampa de la esclavitud o de los restos que aun quedaban “de aquellos negros que fueron arrancados de sus aldeas, a su familia, a su tribu, a la existencia sencilla y feliz, para ser hacinados como bestias en los barcos negreros y después entregados como propiedades al hombre blanco, al mismo que los saqueo, aherrojó y violentó. Otros, son hijos de congós, de carabalíes, de ararás, de lucumies que todavía no han aprendido casi a hablar el español y que se consuelan de haber perdido su patria y su familia, enseñando sus costumbres africanas a la prole criolla.” Inserta relatos de las relaciones crueles e inhumanas que existieron en la mitad, aun del XIX de la “pesadumbre de la esclavitud”, cuando en un grupo de esclavos, una muchedumbre de negros escogidos, como le denomina la autora, el “ama no consiente allí ni infancia, ni enfermedad, ni fealdad, ni senectud”.

En el Capítulo Sexto, la autora describe los detalles de la casa de 15 y B, en un principio de una sola planta, y después se fueron añadiendo espacios y construyendo nuevas alturas, en la medida que crecía la familia y las actividades. De la detallada descripción de la autora, puede el lector percatarse las características de una de estas mansiones de las familias de la alta burguesía que fueron habitando el Vedado de entonces, donde “los chivos pululaban” por doquier.

Inserta la autora relatos de su madre de “las escenas de miseria y de muerte que había presenciado cuando Weyler echó el campo hambriento sobre las ciudades. Madres muertas con los hijos colgando de los pechos secos, en los portales de La Habana.” O de la descripción de “cuentos espantosos de crueldad por parte de los jefes españoles”, a la vez que “nos hablaba con piedad profunda de los soldados. Aquellos muchachos colorados, que el clima ponía pálidos, reventados en granos y salpullidos, que ellos llamaban gusto cubano, diezmados por la fiebre amarilla y el vómito negro, también tenían madres infelices que habían quedado en España, viendo partir al hijo con la muerte en el alma”.

El Capitulo Séptimo, la autora lo remarca con el ambiente de las márgenes del rio Almendares que estaban sembradas de maleza y uvas caletas. En la misma Boca de la Chorrera del Vedado, nos reseña, había un apostadero de botes de pescadores.

Te lleva poco a poco a adentrarte en la vida de los pescadores que “viven cada noche su hazaña humilde y heroica, con todos los peligros de una gran aventura que nadie valora, porque se resuelve por unos cuantos reales en las mesas de los hombres indiferentes y ajenos”. Hace una exquisita descripción de una faena de un pescador de la orilla del Almendares y sus hijos en una noche de pesca, una “noche de luna llena redonda y colorada, la brisa sopla de tierra adentro y las luces del Malecón son como un collar de brillantes. La mar está gruesa, lisa y tranquila. Hay una arribazón de pargos de lo alto un poco más allá del Morro, a la altura de Cojímar, y el viejo y sus hijos se disponen a traer el bote rebosante de escamas rosadas” … Un relato que engancha al lector y le hace transitar por las escenas de “gritos inhumanos y horror”, de una tragedia, que llevo la vida del padre/esposo y de un hijo, que un viento endiablado, salido no sé sabía de donde… provocó el naufragio, la tragedia.

La autora centra el Capitulo Octavo en una descripción de los detalles decorativos de cada estancia de la casa de 15 y B, con detalles dieciochescos de los muebles, que me han servido para revivir algunas de las estampas que aun perviven en las casas españolas de este Santander donde vivo, en pleno siglo XXI. En muchas de las casas (pisos) del Santander histórico, la burguesía guarda con celo las mamparas o los “psyché de tres espejos”, que en aquellos años adornaron las mansiones de la burguesía decimonónica de La Habana, que a mi me hicieron recordar el cuadro con ese nombre de Berthe Morisot5  del Thyssen de Madrid. Como uno de los “escabeles”, que bordados en su dia por la madre de Martí, Dª Leonor Pérez en la Habana, aún se conserva en la casa de los descendientes de la familia de Marcelina Aguirre en la Plaza Pombo de esta ciudad.

Detalles del ajuar de su madre, de sus escaparates y armarios, que me hicieron buscar en el “mataburros” para identificar las diferencias entre un holán batista6, de un holán clarín o de un linón. Descripciones que nos hacen reconocer que el orden y la meticulosidad de aplicación a las cosas mas intrascendentes de la vida cotidiana, en aquellos años eran parte vital, muy lejos de lo que hoy es considerado banal o innecesario.

“La vida de familia, hasta bien entrado el siglo XX, no fue más que la continuación de la vida colonial en todos sus aspectos”, es la sentencia que centra el relato alrededor del que gira el Capitulo Noveno del libro, y en el que la autora nos acerca el día a día y los conceptos prevalecientes en esos años de la familia cubana. El cabeza de familia hombre, afirma es sobre el que pesaba entera la parte económica y la responsabilidad moral; una esposa obediente, que acataba sin chistar las decisiones del marido o el hermano o el hijo mayor, a falta de aquel; y unos hijos que encontraban muy natural que el padre los mantuviera eternamente. No hay posible comparación con los patrones prevalecientes en la sociedad actual, no sé si para bien o para mal, aunque en muchas aristas la mejora era imprescindible, en otras quizás no tanto. La autora subraya un detalle: “La sociedad cubana de mi infancia era de formación europea. Lo norteamericano era entonces despreciado por bárbaro y de inferior calidad. Los vinos eran franceses, alemanes, italianos. Las conservas españolas, francesas o italianas, Las galleticas, inglesas, y así todo lo demás”.

El Capítulo Décimo, gira entorno a la aparición de los primeros automóviles en La Habana, aquellos artefactos que “se permitía correr a la velocidad de un caballo de andadura”. La autora confiesa que el primer automóvil que ella montó, “era un Mercedes colorado de la propiedad de don Emeterio Zorrilla7, presidente de la Compañía del Gas. Aquel auto parecía una casa, una casa que roncara y gritara y se estremeciera. Era altísimo y tenía las ruedas muy chiquitas, como un hombrón de piernas cortas, y poseía una bocina con un tubo dorado que daba una vuelta y terminaba en una flor abierta, y una gran pera de goma. Sonaba: ¡Jon- kon-kon!”.

(5) Berthe Marie Pauline Morisot (Bourges, 14 de enero de 1841-París, 2 de marzo de 1895) fue una pintora francesa, fundadora y figura clave del movimiento impresionista.

(6) Holán batista. Se refiere a un tejido muy fino hecho con una variedad de fibras naturales como lino o algodón, muy preciado por su caída y su suavidad y con ella se confecciona camisas o mantos.

(7) Emeterio Zorrilla Bringas, banquero, presidente de la Compañía Española de Alumbrado de Gas, fue además,

presidente del “Diario de la Marina, S.A.”, fundo en 1929 la “Compañía Nacional Cubana de Aviación Curtiss, S.A.”, antecesora de la Compañía Cubana de Aviación, S.A., Director del Matadero Industrial; Vicepresidente de Havana Electric Railway; Presidente de Cervecera Internacional y propietario del Ingenio “Dulce Nombre” – Central Zorrilla (Los Arabos).- Tomado del libro de Guillermo Jiménez Soler “Los propietarios de Cuba”.

Los primeros cines que yo recuerdo en el Vedado, señala la autora, fueron el cine Vedado, en Calzada y Paseo, y el cine Gris, en Baños entre 17 y 19. Puntualiza, “las películas de mi infancia pertenecían solamente a dos géneros. Eran francesas e italianas y en ellas o bien Max Linder y después Camilo del Rizzo hacían toda clases de payasadas y daban mas carreras que un galgo, corriendo alrededor de la misma puerta y la gente se tiraba los panqués a la cara, o bien los apaches mataban a todo el mundo, se morían todas las madres y todos los niños se quedaban huérfanos y todos los maridos se tapaban la cara porque los habían ofendido unas señoras de cuerpo exuberante que caminaban con mucha dificultad, como si estuvieran tullidas”.

Nos retrata la autora en este Capítulo el gran espectáculo infantil de aquellos tiempos: el circo. Presenta a la Gran Compañía Ecuestre, “la de los Pubillones”, que traía los mejores números de Europa, Asia y África, según precisa. Cuando surgió otro circo, la gente lo conoció con “el pubillón Santos y Artigas”.

La Habana de esa época tenía una temporada de ópera, en el Teatro Tacón, y relata su experiencia juvenil con “Payasos y Cavalleria Rusticana”8, cuando nos dice: “No sé quiénes eran los cantantes, pero a nosotros nos parecieron magníficos. La música nos transportó, y no le vimos ridiculez ninguna a aquel sufrir cantando”, y a renglón seguido “Cuando el tenor de Cavalleria, daban las dos obras, Payasos y Cavalleria Rusticana, empezó su aria, estábamos seguras de que le iba a ir un gallo, y sudamos frio, y nos sentimos mal esperando el gallo, que no llegó”.

Termina este Capítulo, con sus recuerdos de los días navideños de entonces, y los preparativos de la Nochebuena. Y nos relata una estampa costumbrista, que disfrutamos especialmente por los recuerdos que en mayor o menor medida nos acercó con sus relato: “la víspera del 24, dice la autora, mamá se afanaba en la cocina desde muy temprano con un ejército de ayudantes voluntarios. Ella hacia buñuelos y frijoles negros. Los puercos y los guanajos se mataban en la casa. Nosotras las niñas no veíamos la matanza, pero oíamos los gritos, que cuando el puerco estaba bien sacrificado era un grito corto, igual a los que daban ellos nada más que los tocaban…” Y continua su relato: “Mi padre se hacía cargo de las compras y yo era su perrito. Íbamos a la casa Mendy, a la casa Recalt, a la casa Potín, y a la Plaza del Vapor y a la del Polvorín. Comprábamos melado de caña para los buñuelos, yuca, boniato y malanga amarilla para hacer la masa. Y lechuga y rabanitos. Y traíamos arroz de la tierra, cuando lo encontrábamos. Y frijoles negros. También turrones, y pasas en unas grandes cajas con alegres muchachas en la tapa y dátiles legítimos de Smirna, los higos, las nueces, avellanas, pacanas, coquitos, y las grandes castañas brillosas. Y jamón gallego, varias clases de quesos franceses y holandeses, laticas de mantequilla de los padres Trapenses, membrillo y mazapán de Toledo, y sobreasada de la Sierra y salchichón de Vich”.

(8) Pagliacci (título original en italiano) es un drama en dos actos con un prólogo. La música y el libreto en italiano pertenecen al compositor Ruggero Leoncavallo, y la obra relata la tragedia de un payaso y la infidelidad de su esposa en una compañía teatral de la comedia del arte. Cavalleria rusticana (título original en italiano; en español, Nobleza rústica o Caballerosidad rústica) es un melodrama en un acto con música de Pietro Mascagni y libreto en  italiano de Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci, basado en un relato del novelista Giovanni Verga. Considerada una de las clásicas óperas del verismo, se estrenó el 17 de mayo de 1890 en el Teatro Costanzi de Roma.

Sigue diciéndonos sus compras para Nochebuena: “marrones glacés, bombones franceses y grandes cajas de frutas confitadas. Y vino espumoso, vino blanco, vino tinto, italianos y alemanes y franceses. Y buena sidra asturiana y champaña Moet et Chandon y Benedictine y Chartreuse”. Una descripción, obviamente correspondiente a su clase social de entonces.

Hay un detalle que menciona la autora cuando relata detalles de los preparativos para el día de “San Nicolás”, el bondadoso obispo de Bari que dotaba a las doncellas pobres poniendo sus regalos en las puertas la noche del 24 de diciembre. Los reyes magos no nos trajeron nunca nada. Los reyes les traían a los hijos de los españoles, no a los hijos de mambí. Eso nos había dicho mamá y no se nos ocurrió pedirles nunca”. Bella y simbólica anécdota, en un mundo de hoy donde nos llenamos de tradiciones impuestas por el mercado que no tienen nada que ver con las nuestras, ni en el alcance, ni en el contenido, ni en el marco referencial de nuestras raíces cubanas.

Un pequeño-gran libro, que recomiendo su lectura, lleno de cubanía y de bellos recuerdos de La Habana que empezaba la andadura de una República maniatada y largamente amenazada.

Jorge A. Capote Abreu

Santander, 5 de julio de 2020

“MEMORIAS DE UNA CUBANITA QUE NACIO CON EL SIGLO” de Renée Méndez Capote

Editorial Argos Vergara (1984) ISBN: 84-7178-763-6