Este libro reúne textos de algunos fundadores del cuento cubano: Julián del Casal, Jose Victoriano Betancourt, Lino Novás y el propio José Martí, Pero junto a ellos su compilador ha colocado también escritos de autores menos conocidos e incluso anónimos que dejaron en la prensa periódica un testimonio de vida e imaginación que como lectores nos resultará plenamente convincente.

MIS IMPRESIONES

Este libro, ha sido un accidentado libro para mí. Estaba dentro de la cartera que me robaron en Madrid en Junio de 2015, junto a otras pertenencias. Lo había comprado en una de las librerías “Sin Tarima”, concretamente la de la calle del Príncipe en el “Madrid de las letras”, y había comenzado a leerle, cuando me privaron de él. Cuando pude, me volví a hacer con el libro, y leerlo completo, de nuevo, haciendo mis subrayados y anotaciones de costumbre.

Son muchos los cuentos de la Cuba colonial, que se han agrupado en diferentes temáticas: Amor, Creencias y Supersticiones; Trato social e Históricos. Todos, con una gran riqueza de contenidos y especialmente con la terminología y acentos de la época, que nos hizo disfrutar especialmente.

En la Introducción se precisa que “la literatura cubana no empezó, como creen algunos con la independencia de la Isla, sino que fue un lento y progresivo desarrollo por lo menos a partir de la mitad del siglo XVIII”.  La prensa de la aun colonia, ofrece testimonios de un pensamiento y una literatura cubanos. Fue la aparición del sentimiento de cubanidad, la consciencia y necesidad del ligamen con el resto del continente, que en Máximo Gómez tiene una expresión singular en la carta que hace a Ramón Blanco, entonces Capitán General de la Isla: “Usted representa en este continente una monarquía vieja y desacreditada y nosotros combatimos por un principio americano: el mismo de Bolívar y Washington. Usted dice que pertenecemos a una misma raza y me invita a luchar contra un invasor extranjero; pero usted se equivoca otra vez, porque no hay diferencia de sangre ni de razas. Yo solo creo en una raza: la humanidad (…) Desde el atezado indio salvaje hasta el más refinado rubio inglés, un hombre es para mí digno de respeto según su honradez y sentimientos, cualquiera que sea la raza a que pertenezca o la religión que profese”.

Estos cuentos prueban que la narrativa cubana tiene sus orígenes en el siglo XVIII, y en ellos encontramos desde una noticia científica, epístolas o fabulas sin que falte el sueño.

En 1899 se publicó el primer libro de cuentos en Cuba del escritor Esteban Borrero “Lecturas de Pascuas”, que tuvo sus sucesores en Hernández Catá y Jesús Castellanos, primero, y después en Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Pablo Torriente Brau, Eliseo Diego, Onelio Jorge Cardoso, Cintio Vitier y Lydia Cabrera en las diferentes corrientes literarias como el realismo, el vanguardismo y el criollismo.  La revista “Orígenes” (1944-1956) fue, según Ambrosio Fornet, “un universo blando, impenetrable como una monada, donde por haberse excluido lo demoniaco se vivía en estado de gracia… éramos un país subdesarrollado, semicolonial, anémico; pero detrás de la esa costra temporal estaba la poesía: al tocar la Isla el mar añoraba el nacimiento de dioses ya que nacer es aquí una fiesta innombrable”.

Según el editor, “en Cuba hay una diversidad de cuentos mucho más rica que en cualquier otro lugar del mundo”. Cuentos que nos muestran el mestizaje cultural de lo africano, lo europeo y cristiano, lo autóctono, etc., que según Samuel Feijoo, representan “una importante fuente folclórica para conocer la fantasía del pueblo, sobre todo de un pueblo como el cubano, tan imaginativo. También, como documento lingüístico, de la estilística popular, extraordinaria. Aquí pueden beber los estudiosos, interesados en el lenguaje, filólogos y artistas, a chorros, a fuertes correntadas de verba graciosa y violenta”.

La hispanidad y la cubanidad son dos conceptos que deben ser entrelazados para entender la psicología y la personalidad del cubano que sin dejar de ser latino, es también africano y caribeño-americano.  Cuba llego a ser el alma de España en el nuevo continente, y llego a influir en el pensamiento español de finales del siglo XIX y principios del XX. El cuento cubano del siglo XX no es más que la evolución de un trabajo que tuvo sus orígenes en los siglos anteriores, y los nombres de Lezama Lima, Onelio Jorge Cardoso, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, etc., no son más que una evolución histórico-natural de nombres que han honrado y bautizado el cuento cubano, como Jesús Castellanos, Julián del Casal, Ramón de la Palma, Jose Victoriano Betancourt, Lino Novas y otros tantos.

De todos los cuentos del libro, despertaron mi especial interés: “El Medico Pedante y las Viejas Curanderas” de José Victoriano Betancourt, en el que relata de una forma jocosa e ilustrada la vieja manía de la “gente de tomar cartas en los asuntos ajenos”… bien para juzgar al prójimo, para dirigirle y/o aconsejarle… Algunas sentencias en boca de “Don Ciriaco, buen hombre muy devoto y metido en las cosas de Dios” son tremendamente actuales: “la juventud se goza de andar suelta buscando con avidez el placer en los peligros”. O cuando uno de los personajes le dice a Don Ciriaco: – “Amigo, voy a traer a usted un médico que merece este honroso dictado. No gasta espejuelos, ni trae la cabeza rapada como lego capuchino, ni gasta caña de carey, ni habla en griego; pero en cambio de todo esto que le falta, hallará usted en él modestia, juicio, sabiduría y experiencia…”

Tres Héroes” de Jose Martí, es el cuento con que se cierra el libro, y del que este lector salió muy bien impresionado, por la belleza de su relato, tanto en lo histórico y costumbrista, como por sus pensamientos martianos. Relata de un viajero que llego a Caracas, y “sin sacudirse el polvo del camino” iba donde la estatua de Bolívar. Quizás autobiográfico, Martí relata bellamente en el cuento, y dice: “el viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano”.

“Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama”.  Cientos de sentencias de la pluma de Martí, que no obstante haberlas conocido en algún momento nos siguen sorprendiendo y dándonos luz.  “Hay hombres que viven contentos – dice en uno de los párrafos – aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven a hombres que viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres”…

El otro Héroe del cuento al que Martí ensalza, es el Cura Hidalgo[1].  Dice en un párrafo: “México tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por muchos: media docenas de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo XVIII, que explicaron el desecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela: la cría del gusano, que da la seda: la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creo hornos para cocer ladrillos…” y así desgrana los hitos de la vida de este grande de América, que dijo discursos “que dan calor y echan chispas”, que declaró libres a los negros, que devolvió sus tierras a los indios, que gano y perdió batallas, le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, pero México es libre.

Al libertador del Sur, al padre de la República Argentina, al padre de Chile: José Francisco de San Martín y Matorras[2] dedica Martí la parte final de este cuento “Tres Héroes”. San Martin en cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América: “¿Qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber?”… Llego a Buenos Aires, no dijo discursos: levantó un escuadrón de caballería en San Lorenzo fue su primera batalla – relata Martí en el cuento – sable en mano se fue San Martin detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera.  San Martin se fue a liberar a Chile y al Perú. “En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy abajo, los arboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San Martin se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile”.

Termina el cuento Martí, con una bella sentencia: “El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son héroes: los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad”.

No quiero terminar estas IMPRESIONES, sin hacer mención a las bellas ilustraciones con que adornan las páginas de este libro, dignas de destinos mayores.

Jorge A. Capote Abreu

Santander, 9 de diciembre de 2012

[1] Miguel Hidalgo y Costilla[] (Hacienda de Corralejo en Pénjamo, hoy en el estado de Guanajuato, 8 de mayo de 1753 – Chihuahua, Chihuahua, 30 de julio de 1811) fue un sacerdote y militar novohispano que destacó en la primera etapa de la Guerra de Independencia de México, que inició con un acto conocido en la historiografía mexicana como Grito de Dolores.

[2] José Francisco de San Martín y Matorras[1] (Yapeyú, 25 de febrero de 1778-Boulogne-sur-Mer, 17 de agosto de 1850) fue un militar cuyas campañas fueron decisivas para las independencias de la Argentina, Chile y Perú.