Sin demasiado ruido, “Mies” se está imponiendo como una obra fundamental gracias al boca a boca de los lectores. Es ésta la obra cumbre de Agustín Ferrer Casas, producto de la pasión del autor por la arquitectura. Con él hablamos del libro y del largo recorrido que aún tiene por delante. Gracias a la generosidad del autor podemos conocer, a través de las imágenes, cómo ha sido el proceso de realización de la obra.

 ¿Qué es “Mies”?

Cuando me lo planteé era una apuesta personal, una deuda pendiente que tenía con el mundo de la Arquitectura, pero de manera inconsciente, como arrebato, sin sopesar en un primer momento qué acogida tendría si llegaba a publicarse. Cierto es que siempre que se crea una novela gráfica, cómic o tebeo gordo se hace con la intención de que sea leído, pero en aquel momento creí que podía hacer algo bonito, personal, casi sólo para mí… Para cuando llegué a la tercera página me di cuenta de mi equivocación. Involuntariamente lo estaba haciendo como si tuviese que pasar un examen, ser aprobado por mis antiguos compañeros de profesión. Porque había comprendido que si llegaba a publicarse, el tirón de MIES dependería del ojo crítico del gremio de la Arquitectura.

Así que ese primer impulso creativo derivó en la voluntad de elaborar un libro que fuese un objeto de deseo para los arquitectos, pero -y aquí residía el mayor problema- que también llegase al público generalista, el habituado a leer cómics, y que no lo viese como una infumable ocurrencia de autor. Un reto en definitiva.

¿Cómo nace la obra?

Como te decía, nace de una apuesta personal. Pero contaba con el apoyo recibido de algunos lectores arquitectos que habían leído mis dos títulos previos y que, conociendo mi formación universitaria –parcial, todo hay que decirlo, puesto que acabé ejerciendo como aparejador-, me sugirieron la idea de plasmar más arquitectura en mis cómics e, incluso, ilustrar la vida de algún arquitecto conocido. Y Mies van der Rohe era el nombre más oído y, sin duda, el más jugoso para novelar gráficamente su obra y su vida.

Una vez iniciado, por ese impulso inconsciente primigenio, y con el objetivo de hacer un libro lo más fiel y cercano a la realidad –contando con las típicas licencias narrativas propias de toda creación-, busqué toda la información posible que pudiese orientarme en lo que yo conocía previamente sobre la vida del arquitecto. Y cuando encontré un artículo de la periodista e historiadora del arte Anatxu Zabalbeascoa de 2014, publicado en El País Semanal sobre la figura de Mies, entonces vi claro todo lo que quería contar. El artículo marcaba la estructura de trama que yo tenía –aún en pañales- en mi cabeza. Y, sobre todo, coincidía en la visión que tenía sobre el arquitecto. Así que, a partir de ahí, ya podía seguir con más tranquilidad desarrollando la historia.

La obra refleja la vida y obra del arquitecto Mies van der Rohe. No es habitual que la vida de los arquitectos se lleven a la ficción. ¿Qué te lleva a centrarte en el personaje?

Podía haber hecho un catálogo de las obras del arquitecto, algo que hubiese funcionado muy bien entre el gremio. El nombre de Mies siempre tiene mucho tirón por ser uno de los tres pilares del Movimiento Moderno de la Arquitectura junto al norteamericano Frank Lloyd Wright y al suizo Le Corbusier.

Pero yo no quería eso. Yo prefería centrarme en la persona más que en la obra. Algo que me permitía colocar a sus edificios como fondo y escenario de la historia, como una especie de teatro en el que se desarrollase la trama que quería contar. Sus diseños no debían ser los protagonistas del libro, sino la vida del arquitecto. Una vida que, siguiendo la máxima más conocida del arquitecto, ese “menos es más”, prescindía de todo aquello que restase espacio a su libertad creativa –y digamos también personal-. Algo que se transmitía a la pureza formal y decorativa de sus obras. Pero que también propició que el personaje huyese de cualquier relación sentimental cuando comenzaba a sentirse demasiado atado por terceros. Y todo por perseguir un único propósito: el llevar a término sus proyectos, el construir sus edificios, sin importar el origen, la ideología o el daño colateral del encargo. Digamos que el arquitecto, aficionado a la filosofía, practicaba poco la ética.

Como justificación a esta suerte de lapidación que estoy haciendo de la figura de Mies, diré que habría que ponerse en su piel, en los años y experiencias que le tocó vivir: un comienzo de siglo XX terrible, con una guerra mundial que puso contra las cuerdas unos valores que pronto se demostraron caducos y que impulsó el surgimiento de todo tipo de vanguardias artísticas y de pensamiento; una Alemania en crisis, ahogada por las sanciones impuestas en la Paz de Versalles, que abrazó ciegamente el populismo nacionalsocialista y la demencia de su líder; una Segunda Guerra Mundial que derivó en un planeta dividido en dos bloques enfrentados… Todo eso tiene que marcar a una persona y su forma de relacionarse con lo que lo rodea.

“Mies” refleja la pasión por su obra de un hombre que antepone a cualquier otro aspecto de su vida. A través del libro acompañamos al autor en su desarrollo como artista, desde unos comienzos anclados en la tradición hasta la participación en las diferentes vanguardias artísticas de comienzos de siglo. El protagonista solo se mantiene fiel a la arquitectura y a su rivalidad con Walter Gropious. Asistimos a la dirección de Bauhaus y su intento de disociar su trabajo del momento histórico que estaba viviendo. Para centrarse en su trabajo llega incluso a acercarse al partido nazi. Finalmente, el auge del nazismo le lleva a escapar a Estados Unidos, donde desarrollará sus propuestas tanto en el área de la educación como de la arquitectura.

 

Realizas un retrato completo y complejo del arquitecto en el que podemos vislumbrar sus luces y sus sombras. Destaca en la obra la documentación. ¿Cómo ha sido recrear la época?

No diré que fue sencillo porque mentiría. Existe mucha documentación de la época en la que vivió Mies, que nació a finales del siglo XIX, sobre todo de carácter fotográfico. Pero sí que resultó complicado definir el color, ausente en los materiales de la época. Esto lo cuento siempre: me costó llegar a descubrir el color de los uniformes de la policía berlinesa, aunque tuve la inestimable ayuda del historiador Francisco Javier Illescas. Pero no fue hasta que vi la serie “Babylon Berlín”, ambientada en los últimos años de la República de Weimar, que no certifiqué que estaba haciendo bien la interpretación de esos colores. De hecho tuve que corregirlos.

Después de dejar esa época todo fue mucho más sencillo. Tenemos un imaginario colectivo muy trillado en lo referente a las décadas de los 40, 50 y 60. Y la estética de aquellos años es tremendamente atractiva para plasmar en un cómic. Algo que siempre me ha fascinado y atraído, tal y como puede verse en todos mis títulos hasta la fecha: nunca traspaso la barrera de los años 60.

¿Cuánto tiempo te ha acompañado la obra?

Demasiado… (Risas). La comencé a principios de 2015. Tuve que aparcar este trabajo durante año y medio para elaborar un encargo para Grafito Editorial, el cómic “Arde Cuba”. Retomé de nuevo “Mies” hasta acabarlo a principios de 2019, año que coincidía con tres aniversarios: los 50 años de la muerte de Mies van der Rohe, los 90 años de la inauguración del Pabellón de Alemania en la Exposición Universal de Barcelona de 1929 y 100 años de la creación de la mítica escuela de diseño alemana Bauhaus por parte de Walter Gropius, la “némesis” de Mies.

Durante estos dos años, 2019 y 2020 he estado más que atado al libro y la figura de Mies van der Rohe por presentaciones, charlas, conferencias y exposiciones. Ya he comentado el tirón que tiene Mies en el mundo de la Arquitectura, junto los otros dos nombres más relevantes, Wright y Le Corbusier. Esta relación que he tenido con el libro y Mies ha conseguido que el personaje del libro eclipse al autor del mismo. Tampoco pasa nada… Mies van der Rohe impone, aún después de muerto.

Llama la atención la narración que avanza y retrocede en el tiempo para entender mejor al personaje. El hilo conductor de la obra es una conversación del protagonista con su nieto con el que el lector puede sentirse proyectado. Da la sensación de que evitas caer en lo pedagógico.

Pedagogía nunca, sonaría a pretencioso. Cuando he intentado enseñar algo al lector nunca lo he hecho a través de un discurso o una clase de historia. Sólo mediante las conversaciones, las voces en off –de las que no me suele gustar mucho abusar-, con formas cercanas al lector –algo que muchas veces me reconocen y agradecen por la naturalidad en los diálogos entre los personajes-. Cuando he querido explicarme mejor he recurrido a las páginas finales de mis cómics donde, como documentación extra, incluyo todas las aclaraciones y datos que creo necesarios para que la experiencia lectora sea completa. Y, de paso, ahí es donde vuelco interpretaciones o posturas que yo mismo tengo sobre la historia que acabo de contar.

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Imagino que habrás convivido mucho tiempo con la historia. ¿Cómo vives el momento en que llega a su fin? ¿Es difícil alejarse de algo que te ha acompañado tanto tiempo?

Llego al final con alivio. Esto no lo he contado nunca, pero diré que, como buen hipocondríaco, siempre he tenido el temor de morirme antes de concluir un libro. Y eso me da un mal cuerpo “de morirme” (risas), más que nada porque me considero un profesional y todo lo que empiezo tengo la voluntad firme de acabarlo. ¿Cómo quedaría con mis editores si a cuatro páginas del final estiro la pata? Pajas mentales mías que no llevan a ningún sitio, lo reconozco, pero que me producen una presión en el pecho que siempre me hacen pensar en un ataque al corazón. Seguramente que sólo se trata de “un pedo cruzado” (risas).

En cuanto termino un libro siento un alivio inmenso, pero a la vez una depresión post-parto increíble. Y miedo. Mucho miedo. Más que nada por saber cómo va a recibir el público el libro. Con este “Mies” la sensación de miedo iba y venía durante el proceso creativo, pero cuando lo tuve en las manos, por su formato, su peso, su olor recién sacado de imprenta, se me pasaron todos los terrores. Era –y es- un buen libro.

Y me está costando “separarme” de algo que me costó tres años parir. Más que nada porque me he identificado con muchos aspectos de la personalidad de Mies, pese a lo reprochable que puedan resultar algunos de sus modos. No sé, tal vez la búsqueda de la libertad creativa sea común a los artistas –aunque siempre me siento como un impostor incluyéndome en este grupo- y los resultados también sean similares: ser reconocido como autor, pero denostado como persona; vivir sólo –y morir sólo y comido por los gatos-… (Risas) Espero que no, pero eso tendrían que juzgarlo quienes me rodean.

Lejos de cerrar su recorrido, con el paso del tiempo el libro no deja de crecer. Da la sensación de que el boca-oreja lo está convirtiendo en un “Long Seller”. La crítica y los premios han caído rendidos ante la obra. ¿Cómo vives su éxito?

Con mucha emoción. El reconocimiento al trabajo realizado siempre sienta bien. Las buenas críticas, los galardones y que el libro haya conseguido llegar a Alemania, la patria de Mies van der Rohe, y allí cosechase también éxito y ventas… Todo eso ha convertido a “Mies” en todo un clásico moderno, un libro de catálogo que tiene la virtud de no pasar de moda por ser intemporal. Y en esto ha tenido mucha importancia ese boca-oreja que mencionas y el gran trabajo que Grafito Editorial ha hecho para dar a conocer el libro en los medios adecuados, los referidos a la arquitectura y el diseño. Y al final también ha llegado al lector generalista, el que podía haber huido despavorido ante la sola mención del término “arquitecto”, más que nada por la mala fama otorgada a la profesión por conocidos nombres de la Arquitectura y su mala praxis.

Pero todo esto a la vez es un arma de doble filo, puesto que este éxito me pone muy difícil superarme en cualquier otro proyecto que quiera emprender a partir de ahora. ¿Habré tocado techo y ya sólo toca declive, descenso y decrepitud? Más pajas mentales…

¿Proyectos?

Después de la depresión post-parto que me genera cada libro –y más este “Mies”-, quise tomarme un tiempo de descanso y reflexión. Cualquier cosa en la que pensase embarcarme a futuro debía de suponer superar el nivel y calidad alcanzada con el último trabajo –o al menos mantenerlo-.

Pensé entonces iniciar, repitiendo el modelo de “Mies”, una especie de biografía sobre Gustav Klimt, el pintor vienés. Algo también de largo recorrido y muy libre. Y de hecho lo comencé sabiendo como empezaba y como quería acabarlo, pero sin conocer muy bien cuáles serían las piezas intermedias, algo un poco loco, pero al fin y al cabo otro reto.

Y como con “Mies”, he tenido que aparcar a “Klimt” para desarrollar un encargo de Grafito Editorial. Una historia que se desarrolla en dos tiempos diferentes, casi paralelamente, y que gira sobre el hecho real del traslado de las obras de arte del Patrimonio Histórico desde Madrid a Valencia y después a Barcelona, siguiendo el camino del Gobierno de la República durante la guerra civil española. Y con esa escusa ficcionar un intento de robo de una de esas obras evacuadas del Museo del Prado.

Acabado este proyecto de encargo –y si sobrevivo- retomaré a Klimt y puede que después ose meterme con ese otro monstruo de la arquitectura que es Wright. Pero eso será otra historia…

Infame&Co