Definitivamente no acabo de encajar en este sistema, mi reino no es de este mundo. Me especializo en meterme en charcos ajenos cuando expreso libremente mis sentimientos y opiniones pero así he llegado a los 58 y ya es tarde para cambiar… así me va.

Creía que había perdido mi capacidad de asombro, pero la realidad es terca y se empeña en mostrarme que la condición humana siempre puede sorprenderme con una nueva vuelta de tuerca.

Que dos consejeros y un director general, del gobierno saliente, pretendan llevarse más de 60.000 euros a la saca cada uno, cuando son relevados de su función pública, como “finiquito”, esgrimiendo que si no hubieran sido políticos, esa es la cantidad que habrían ingresado por su labor profesional, me parece surrealista y propio de repúblicas bananeras, poniendo en evidencia que el único objetivo durante sus mandatos ha sido la de imponer sus creencias a la sociedad y que el grandilocuente adjetivo de considerarse “servidor público”, solo son eso, hermosas palabras

Dicen que en España los políticos están mal pagados y por eso son gestores mediocres los que acceden a los cargos públicos y posiblemente tenga razón quien lo afirma.

Me contaban que el alcalde de Nueva York cobra 0 dólares pues es multimillonario gracias a su buena gestión empresarial previa a la llegada al cargo público… pero aceptemos que se trata de otro sistema completamente distinto y aquí estos ejemplos no son aceptables. Un empresario cántabro de prestigio internacional recibió el ofrecimiento de ser consejero pero solo lo aceptaba con la condición de cobrar 0 euros ¡que escandalo! ¡vaya ejemplo!… no le volvieron a llamar y se nombró para el cargo a un gris funcionario…

Por lo visto vivimos en un país donde la llegada a un cargo público solo tiene dos objetivos, o asegurarse un buen sueldo, o imponer sus ideales y creencias a la sociedad, independientemente de lo que la mayoría de los ciudadanos piensen o necesiten pues, amparándose en unas ficticias mayorías electorales, del ficticio sistema electoral que tenemos en España, unos pocos gestionan el destino de todos y, a la postre, unos pocos se llevan el dinero de todos.