Medalla de Oro a la solidaridad de La Caridad

Crema de verdura de primero. Croquetas ibéricas caseras de segundo. Y leche con cereales solubles de postre. Este es el menú que están disfrutando, desde las 8 de la tarde de hoy, los 212 residentes de La Caridad. Mientras nosotros iniciamos el entrañable acto de entrega a la institución de la Medalla de Oro de Santander, nuestros venerables ancianos, lejos de aquí pero cerca de nuestro corazón, se entregan a la cena y a la conversación.

 

Un menú frugal y saludable, muy de acuerdo con el refrán popular: “PARA LLEGAR BIEN A VIEJO, POCO PLATO, MUCHO TRATO Y GASTAR EL ZAPATO”. Dos platos y postre, trato angelical y zapato personalizado para cada residente. Es la marca de la casa, una Casona protagonista de la última  centuria de la historia de Santander: la del 131 de la calle Alta, entrada por Argentina, 2.

 

Santander premia este primer siglo de La Caridad y siete de esos 212 comensales premian singularmente al resto con su compañía. Si las estuviésemos oyendo ahora mismo, nos deleitarían con la clarividencia inconfundible que dan los 101 años de Avelina Alonso y Dolores Salas ó las 100 primaveras de Marta Puente, Herminia Gutiérrez, Luisa Santiago, Josefa Pérez y Tomasa Alonso. Siete mujeres recias, sabias y longevas: las siete abuelas centenarias de La Caridad.

 

Siete damas mayores que su Residencia de Mayores. Siete cronistas en femenino singular de siete momentos históricos de Santander: la esperanza, el hambre, la guerra, el incendio, la posguerra, el desarrollismo y la modernidad. Siete escritoras a caballo entre dos siglos decisivos. Siete jóvenes centenarias cuyos recuerdos nos dejan boquiabiertos. Siete narradoras en primera persona. En definitiva, siete residentes de lujo.

 

Ellas mantienen ahora, entre la verdura y las croquetas, una deliciosa conversación, pero edificios tan queridos como el del número 131 de la calle Alta también son capaces de hablar. Y entonces se convierten en fieles relatores. Porque entre sus muros, salones y habitaciones conviven sin amarillear cientos de pasajes de la historia que circuló, a veces apacible, otras convulsa, del blanco y negro al color.  Y es que La Caridad tiene un cromatismo intransferible, una luz especial, un brillo único.

 

Olvidémonos esta vez del tópico: ese edificio emblemático no es ningún testigo mudo, sino un portavoz elocuente de los 100 años que empezaron a contar con la Real Orden de 9 de octubre de 2016 que declaró la Caridad de Santander como “Entidad Benéfica de Carácter Particular”. El Rey Alfonso XIII pasaba por allí… Era el tercero de sus 17 veraneos en Santander.

 

Los ventanales de La Caridad dejan pasar  a  raudales una claridad histórica. Los miles de ancianos que vivieron y se despidieron en sus centenarias estancias personalizan la importancia de la cantidad. Ese último tránsito de miles de hombres y mujeres, tan delicado como inevitable, respalda la calidad de la atención. Si la arquitectura continuase hablando, contaría y no pararía sobre la evolución del viejo Asilo de Calzadas Altas.

 

Ese pequeño lugar de acogida para mendigos y niños abandonados que el Ayuntamiento de Santander creó en 1890 en el antiguo hospital municipal de las Calzadas Altas, el germen del asilo y de lo que hoy es la Residencia de La Caridad. Un incendio acabó con ese edificio en 1903 y tuvo que ser erigido de nuevo para seguir dando prestando ayuda a quienes más la necesitaban.

 

… Hoy, ese testigo parlanchín se ha convertido en residencia geriátrica de altas miras y altas prestaciones. La Caridad es, un siglo después, claridad: claridad de ideas. Y cantidad: cantidad inmensa de afecto.

 

Pero esta tarde de San Florián, ponemos voz y damos la vez al homenaje pendiente de Santander a su viejo y querido Asilo… A ese que en un solo mes, el mes de marzo de 1918, llegó a repartir 93.000 raciones de comida. Conocer la historia, no lo olvidemos, es la única forma de no repetirla.

 

Hoy comparece la sociedad de Santander con esa voz unánime de agradecimiento y admiración. Como pocas veces…

 

Los tiempos han cambiado. Santander, la urbana y la humana, se ha modernizado por igual. Pero la memoria ciudadana no ha olvidado a las cuatro Hermanas de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que iniciaron en 1913, año de fausta memoria, la gestión del asilo para mendigos y niños abandonados, por encargo del Ayuntamiento, que lo había gestionado hasta entonces.

 

La mendicidad empezaba a resultar endémica y aquellas criaturas vagabundas dramatizaban el paisaje de una ciudad de incierto futuro. Santander principiaba un siglo difícil.

 

La primera superiora se llamaba precisamente Sor Fausta. Ochenta y nueve años más tarde, en septiembre de 2002, las Hijas de la Caridad pasarían el testigo de la gestión al actual equipo que desde entonces encabeza su actual directora, Soledad Berasategui.

 

Las Hijas de la Caridad son, desde el 12 de septiembre de 2008, queridas hermanas de esta ciudad, que pagó con otra Medalla de Oro el impagable primer siglo de la Cocina Económica. Era la vigesimoquinta máxima distinción entregada por Santander. Esta tarde ustedes reciben la trigésima. En estos últimos ocho años, la ciudad ha prendido su mayor galardón en la solapa de esos otros “siglos de oro”: Salesianos, el Rácing, el Ateneo y el Colegio de Enfermería de Cantabria.

 

Quiso el caprichoso castellano que entre siglo y sigilo apenas mediase una “i”. Si hay un siglo atareado desde el sigilo inherente a la caridad es el suyo. Trabajo pertinaz y sigiloso, casi anónimo, como corresponde con la más solidaria de las tres virtudes teologales. Escoltada por una fe enciclopédica y una esperanza inagotable.

 

La virtud de la caridad ha contagiado la gestión de sus cinco presidentes, cinco virtuosos cada uno a su manera. José María Jado, Francisco de Cáceres, Jesús Ceballos, Ramón Sánchez y Domingo Salas han dejado huella en una institución cuyo rastro es admirable. Y en el caso de Domingo, hasta le ha sobrado tiempo para dejar escrita la historia en “El siglo de la caridad”, libro de cabecera de este centenario. El segundo cero de los 100 deriva por este año mágico en corazón carmesí.  Excelente logotipo que hace fortuna en los aledaños de la calle Alta. Esta vez sin tanto sigilo, las banderolas recuerdan que La Caridad es sentimiento.

Un  corazón que presume con razón. No es para menos: son 100 años bombeando, noche y día.

 

En el prólogo que lo abre, Salas se dirige, con buena letra y mejor intención, “A LA MEMORIA DE QUIENES YA NO ESTÁN Y AL CORAZÓN DE QUIENES SÍ ESTÁN”.

 

Esta tarde estáis, me consta que de corazón: Jesús, Ramón y tú, tres  hombres nada desmemoriados. Tres grandes presidentes admirados por los residentes. Muchas gracias por haber sido, por ser y por estar. Quedaros, por favor,  en las capitulares de la Historia del Asilo. Os lo merecéis.

 

Pero la Caridad se parece mucho más a una ciudad que a un patio de vecindad. Un pequeño mundo movido por 145 grandes profesionales que cuidan hoy de los 212 residentes y de los 54 ancianos del Centro de Día, entre ellos otra admirable centenaria: Victoriana Ortega.

 

En esa claridad de La Caridad importan mucho los colores: el verde de las enfermeras, el blanco de las auxiliares, el azul de las limpiadoras y el morado de las “fisios” y la terapeuta ocupacional.

 

Colores de ese lenguaje cromático propio de los 12.000 metros cuadrados de La Caridad. Colores que dan vida a los años y que juegan un papel fundamental: una suerte de red semafórica doméstica. El morado da paso a la rehabilitación, el verde abre el bullicioso tráfico de los pasillos a quienes curan, el azul despeja las áreas higiénizándolas y el blanco palía  los sobresaltos diarios de la circulación porque siempre trae ayuda.

 

La Caridad se parece muy poco al geriátrico holandés que se está haciendo mundialmente famoso con la última novela de Hendrik Groen:“INTENTOS DE SACARLE ALGO A LA VIDA”. Groen escribe un diario lleno de sentido del humor y del amor aprovechando su llegada a una Residencia con “83 años y cuarto”.

 

La novela es un lúcido diario que transcurre del 1 de enero al 31 de diciembre. El 4 de mayo nuestro viejo Hendrik anota:

 

  • “LA DIRECTORA ME LLAMÓ AYER A SU DESPACHO. ME PREGUNTÓ SI YA NO TENÍA LA RODILLA TAN HINCHADA. “ BUENO, LE CONTESTÉ, LA RODILLA ESTÁ BIEN, PERO LAS COSTILLAS TODAVÍA ME DUELEN”…

 

  • OH, PERDÓN, HABÍA CONFUNDIDO DOS ACCIDENTES DE RESIDENTES DE DOS PERSONAS DISTINTAS”… NUESTRA DIRECTORA SE ESFUERZA POR MOSTRAR EMPATÍA, PERO LE FALTA UN POCO DE CONVICCIÓN…

 

La deliciosa ironía de este viejo de 83 años y cuarto no cabe en La Caridad porque su directora es empática y distingue al instante las dolencias de cada uno de los 212 residentes, especialmente las del corazón. La vejez es un estado transitorio del alma. Y la senectud, siendo irreversible, siempre admite tratamiento.

 

Diríase que en el 131 de la calle Alta (entrada por Argentina, 2), la melancolía se combate alejándola de dos malas compañías: la abulia y la soledad. La tercera, en cambio, es una compañía inseparable: la edad. Quizás por eso se ha dado en llamar Tercera Edad. Bendita edad en cualquier caso.

 

En el atiborrado tablón de anuncios de la Residencia cuelga un decálogo sin fecha de caducidad que se inicia con un DÉJALO HABLAR y concluye con un imperativo: “POR FAVOR, DÉJALO SER!”. Su contenido debería ser de lectura obligada para familiares, visitantes y acompañantes en ese continente habitado llamado La Caridad.

 

Mientras les dejamos cenar (seguro que ya van por las croquetas ibéricas caseras) yo me quedo con el cuarto ruego del decálogo: “DÉJALO CONTAR SUS HISTORIAS REPETIDAS PORQUE SE SIENTE FELIZ CUANDO LO ESCUCHAMOS”…

 

Esta tarde hemos venido a escuchar alguna de esas historias repetidas porque  esta anciana ciudad de Santander (262 años nos contemplan), se siente feliz recordándolas.

 

Santander se ha movido mucho mientras La Caridad permanecía en su quietud expectante de la calle Alta 131, entrada por Argentina, 2. Aunque la ciudad nunca perdió de vista su querido Asilo, hoy magnífica Residencia de La Caridad.

 

En un siglo caben muchísimas fechas, pero solo 100 años. De ellos sobresale 1979, con el impulso definitivo que la Corporación municipal dirigida por Juan Hormaechea dio al crecimiento de la institución. Ya tenían solar propio y 400 millones de pesetas de fondos públicos.

 

Un lustro después, el Asilo presidido por Jesús Ceballos, infatigable concejal de la primera legislatura democrática, inauguraba el ala norte, una ampliación que tuvo como autor a Ricardo Gutiérrez, arquitecto municipal que, hasta hace poco menos de un año, ha seguido dando muestra de su profesionalidad y su buen hacer al servicio de la ciudad.

 

Y sin perder ni el norte ni el tiempo se llegó con sensata ambición a la gran ampliación de 2005. Esa es La Caridad por cuyos ventanales entró definitivamente la claridad de ideas y la calidad gerontológica. Ese es el edificio espejo en el que se miran nuestros mayores.

 

Me imagino que la cena estará terminando. El postre de leche con cereales solubles será un digestivo especial para esta tarde histórica en la que Santander se reconoce en la grandeza de La Caridad.  El afecto de los santanderinos es, en cambio, indisoluble, propio de una ciudad que nunca ha dejado a su querido Asilo sin postre.

 

Los clásicos sostienen que uno empieza a ser viejo cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas. La senectud implica que los recuerdos van haciéndose cargo inexorablemente de las esperanzas.

Hoy, sin embargo, los recuerdos de un siglo alimentan las esperanzas de, al menos, otros 100 años más.

 

Y los alimenta con un menú ligero, dos platos energéticos y un postre esperado: la entrega de la Medalla de Oro de Santander a la gran Residencia de Santander: La Caridad. Llegó el día y la hora de decirlo con toda claridad: MUCHÍSIMAS GRACIAS.