Los Medina: una familia de músicos entre el Nuevo y el Viejo mundo

Vista de la ciudad de Sevilla (s. XVI). Alonso Sánchez Coello / Wikimedia Commons

La dinastía de los Medina, músicos intérpretes de viento madera, vivió a caballo entre el siglo XVI y el XVII, cuando España era una potencia mundial también en innovación musical, y cuando Sevilla era una de las ciudades más grandes, cosmopolitas y ricas de Europa, monopolizando el enlace entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Esta ciudad bullente, populosa y dinámica fue el caldo de cultivo para una familia de humildes orígenes pero ambiciones crecidas, que supo aprovechar las oportunidades que el entorno ofrecía. Describir todas sus peripecias, negocios y actividades, que no se restringieron al mundo de la música, nos llevaría un libro entero, por eso en este artículo destacaremos, a modo de ejemplo, uno de los campos en los que más repercusión pudieron tener.

Un lote de instrumentos musicales

El 21 de agosto de 1586, Jerónimo de Medina Maimón compareció ante un notario sevillano para comprar, de manos del mercader milanés afincado en Sevilla Nicolás Lambertengo, “seis cajas de flautas e cuatro bajones, dieciséis tenores de chirimía, ocho tiples de chirimía”. Para ello desembolsaría la respetable cantidad de 352 ducados, tan abultada que, si de su salario dependiera, tardaría casi dos años en ganarla. Naturalmente, puesto que no disponía de ella, tuvo que comprometerse a pagarla en un plazo de seis meses.

Jerónimo de Medina Maimón fue uno de los miembros más conspicuos de esta familia. Este patriarca de unos 46 años debía su estabilidad laboral y su prestigio a su puesto fijo como ministril en la catedral de Sevilla, una de las más ricas e influyentes de España.

Medallón de los ministriles del facistol de la catedral de Sevilla por Bartolom Morel (1565).
Identidad e Imagen de Andalucía en la Edad Moderna

Un ministril no era otra cosa que un instrumentista: junto con sus seis compañeros, acompañaba al coro de la catedral solemnizando las ceremonias litúrgicas y procesiones con música polifónica. Era capaz de leer notación musical y tocar varios instrumentos de viento-madera, aunque su especialidad era el sacabuche, un antecesor del trombón de vara.

Este trabajo le daba estabilidad y un salario fijo, pero él no se conformaba con lo que la mayoría de los músicos de su época consideraban el mayor éxito profesional. Por eso, simultaneó su puesto catedralicio con sus actividades como maestro de aprendices, empresario musical, magnate inmobiliario, apoderado, representante, prestamista, tesorero de la Casa de la Moneda, proveedor de recursos musicales, comerciante de vino, aceite y cueros, y otras muchas cosas.

Conociendo su figura, no nos extraña que en 1586 tuviera contactos con un mercader italiano, de tantos comerciantes extranjeros que formaban colonias en la pujante Sevilla, y que le comprase instrumentos musicales al por mayor. Si se los compraba a un italiano era porque estos instrumentos eran importados; en la propia ciudad de Sevilla no abundaban los artesanos de este tipo. Nicolás Lambertengo no se dedicaba a la exportación de instrumentos musicales, sino que sus negocios tenían preferencia por otras mercancías: debió de traer instrumentos a instancias del músico.

Por lo tanto, Jerónimo de Medina alimentaba el comercio mediterráneo de instrumentos musicales, pero esto no es todo. Cuatro bajones, dieciséis chirimías tenor, ocho chirimías tiple y seis cajas de flautas eran demasiados para el autoconsumo. ¿Medina era un intermediario?

El viaje de Gaspar de Medina

El interrogante se despeja cuando, en otro documento de septiembre de 1586, Medina enviaba a su segundo hijo a América, como músico oficial de la nao capitana de la flota de Indias. Gaspar de Medina era un muchacho de 16 años que se embarcaba, acabado su aprendizaje del oficio, para su bautismo de fuego en el mercado de la música. Como muchos otros, viajaría a América junto a otros tres o cuatro compañeros contratado con un sueldo fijo como músico de a bordo, pasaría allí el invierno y regresaría a Sevilla al año siguiente en primavera, a la vuelta de la flota, colmado de experiencias y fogueado como ministril.

Y es que Jerónimo de Medina, además de poseer unos ingresos como asalariado de la catedral que podía utilizar como aval, también gestionaba otro inmenso capital: su familia.

Christe Potens Rerum (a 5), de Francisco Guerrero (1528 – 1599).

La dinastía de los Medina no sólo englobaba a su hermano, a su cuñado, a sus cuatro hijos varones, sino también a varios discípulos educados por él, todos ministriles. Formaban una sólida red de recursos humanos capaz de dominar un mercado y cooperar en la distancia.

En esta ocasión, le tocaba al joven Gaspar cubrir un viaje que sería provechoso para su formación pero también para los negocios de su padre. De hecho, Jerónimo otorgó poderes al capitán Pedro de Allo y a su pariente Baltasar de Allo para que “puedan rescebir e cobrar ansymismo del dicho Gaspar de Medina mi hijo los instrumentos que míos lleva y lo proçedido dellos e lo sacar de su poder de donde quiera que estuvieren”.

El comercio interoceánico de recursos musicales

De ello se deduce que su hijo se convertía en su agente al otro lado del Atlántico, el cual debía enviarle los beneficios de sus negocios a través de otros miembros de la flota de Indias o “embiar registrado en el registro de su magestad de qualesquier naos y a mí consignado”.

Años después, en 1591, Jerónimo de Medina enviará a su tercer hijo, Marcos de Peñalosa, a Nueva España (México) con una carga de sus mercancías y provisto de poderes para comercializarlas. No sólo sus hijos eran una potencial fuente de ingresos para Jerónimo de Medina, sino también sus anteriores protegidos, a los que había buscado un trabajo en América.

Medallón de los cantores del facistol de la catedral de Sevilla por Bartolomé Morel (1565).
Identidad e Imagen de Andalucía en la Edad Moderna

Comprendemos el ambicioso negocio de Jerónimo de Medina si tenemos en cuenta que América en el siglo XVI era un mundo en expansión, donde las nuevas catedrales se estaban multiplicando al ritmo de la colonización, y donde cada una de ellas estaba ávida de recibir músicos, partituras o instrumentos musicales para poder celebrar la liturgia al estilo europeo. La sociedad colonial tenía necesidades de representación pública a través de la música análogas a las de la metrópoli. Por lo tanto, Jerónimo de Medina aprovechó su red de contactos y familiares para crear un flujo de instrumentos musicales entre la oferta del Mediterráneo y la demanda del Atlántico, pasando por Sevilla.

En conclusión, Sevilla desempeñó un papel crucial en las transferencias materiales y culturales entre Europa y América, y en esta tarea no sólo trabajaron los mercaderes, sino cualquier persona con una red y una iniciativa lo bastante fuerte. Los músicos no se quedaron atrás a la hora de contribuir a la expansión de la cultura musical europea por el Nuevo Mundo.

The Conversation

Clara Bejarano Pellicer no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Author: Clara Bejarano Pellicer, Profesora Doctora en Historia Moderna en la Universidad de Sevilla, Universidad de Sevilla