Sin duda, parece que estas jóvenes damas de honor se quieren escapar del famoso cuadro velazqueño y que sus ojos piden salir fuera del marco. Ojos escrutadores, calmados y suplicantes, a la vez… un guiño tímido convertido en un coup d’oeil muy atrayente y misterioso. Aunque las miremos por encima y las sobrevolemos hay algo más allá de la distancia temporal: el pretérito se hace presente.

Mucho se ha dicho y muchas páginas se siguen escribiendo acerca de la renombrada pintura: superposición de planos, atmósfera evanescente, el arte más allá del arte, composición clásica…Casi palpamos ideas y pensamientos de las figuras que se reúnen en la sala palaciega de aquel año áureo. Acciones congeladas en instantes pictóricos llenos de auténtica realidad. Todo muy genuino y también original: el espejo y sus movimientos en caleidoscopio. Elementos, señales y detalles que giran en torno a la protagonista, la infanta Margarita.

Hoy nos interesan las damas de honor, damas de su corte de joven heredera, con un futuro prometedor malogrado, tan joven…solo con 21 años, feneció de las secuelas de un difícil parto.

Hablemos, pues, de esas dos adolescentes, “trabajadoras” de familias nobles que entran a servir a la Infanta: identidades propias con nombre y apellidos, compuestos y de solera: María Agustina Sarmiento de Sotomayor es la que ofrece un búcaro a su dueña, e Isabel de Velasco observa atenta al retratista; casi acartonadas, manteniendo la pose de foto: comedidas sin osar decir el coloquial ¡¡cheesss!! O el familiar Pa-ta-ta. No, es impensable descomponerse: esas vulgaridades para el populacho.

Porque no lo olvidemos: nobleza obliga. Mantener la compostura y el tipo; no conviene dar rienda suelta a emociones ni sentimientos.

Me fijo desde nuestro 2022 en ellas, en su actitud y sobre todo en el buen desempeño de sus funciones, atentas siempre a lo que diga “la jefa”. Acudir a ella antes de que lo solicite, presta a sus deseos, imaginarlos y adivinarlos: por eso desde el gesto de inclinación reverencial o desde la altura protectora, custodian a una niña a la que deben obediencia y pleitesía. De ahí les viene el salario.

A María Agustina y a Isabel, las miro y las admiro desde mi presente, desde mi actualidad de fémina empoderada con todo este trajín de mujerío que impera en la centuria, todavía incipiente, que vivimos. Pero no dejan de inquietarme…

El sevillano trepa y capitalino, amigo de su rey querido y del dramaturgo don Pedro (vaya trío) las pintó en 1656 a sus 57 años.

Sospecho que era consciente de cuánto deseaban hablar una y otra; María Agustina e Isabel, de haber podido, de haberlas dejado largar, habrían proferido perlas para elaborar un collar de varias hileras, pero ambas se dieron un punto en la boca. No tocaba, no era el momento de pronunciar la más mínima sílaba altisonante. Ni mú y cremallera (estaban muy bien enseñadas).

Estoy segura que de tener arrestos (y permiso, claro está), habrían roto el bastidor y de un manotazo, apartando a Maribárbola y Nicolasito, arrojarían la paleta del artista…sin pudor ni temor de Dios y arremangándose los guardainfantes saldrían a recorrer con ganas y fruición la cava alta y la cava baja, tan frecuentadas por capitostes… masculinos, por supuesto, esos personajes y personajillos de todo pelo y pelaje con poder que tapaban bocas e impulsos a pura mordaza.

En un gesto de comadreo, por qué no invitar a su infanta Margarita Teresa a saltar por encima del encorsetamiento regio, a brillar por sí misma, a reinar ella sola sin ser la “con suerte”… Formarían parte de una sororidad solidaria e ilusionante, llena de estudios y viajes, libros y teatro, países y amigos. La animarían a crecer por su propio pie y a descubrir latitudes, emociones y desengaños… sin guías ni directrices limitantes.

En definitiva, esas dos meninas se podrían convertir en dos conspiradoras, amigas cómplices que la conminarían a ser ella misma.

Seguro que trababan amistad con las mujeres quevedescas, esas deslenguadas y mordaces, libertinas e independientes que ocultaban bajo sus sayas badajos de fuste como las inmortalizó en poesía cínica y satírica, el colega don Francisco (de Quevedo y Villegas).

Esas mujeres del pueblo, lucían campanudas y opalandosas vestimentas que no dejaban al descubierto pasiones y divertimentos, pero que gozaban complacientes y decididas.

Cuidado, no nos salgamos de los cánones, de aquellos parámetros del siglo de Oro cultural y de mucho oropel. Ese siglo XVII tan de claroscuros: a veces tenebrista y otras, resplandeciente. Luces y sombras en un mundo que se asomaba tras el cortinaje que oteaban los monarcas: que nadie se desmande y las mujeres, menos. La autoridad siempre y no romper el orden establecido.

Me malicio que a María Agustina e Isabel, nuestras célebres meninas, tras sus ojos y su mirada glauca, su apostura les apretaba de manera asfixiante; y no precisamente el corpiño, sino todo un mundo muy masculino y muy varonil -en demasía viril-, en el que ellas semejaban cromos insertados en el álbum del tiempo.

Entregadas a lo que las reclamaran, a quienes pidieran servidumbre: oír, ver y callar. Dos mujeres cabales, de moral recta, tan envaradas como exige el contrato que han firmado. Y como el agua a la superficie, se han adaptado a las medidas del cuadro, al diseño con escuadra y cartabón que han hecho de sus personalidades.

Atisbo una mirada disimulada, un grito sofocado en la garganta, dirigido al espectador de hoy, a tantas y tantas miradas que las contemplan.

¡¡Quién sabe si mantienen su palmito a buen recaudo y sin riesgo de denodados esfuerzos por conseguir su propia autonomía…!! Tal vez se sientan cómodas en esas coordenadas espacio-temporales que les ha marcado la historia. Hacen cierto aquel dicho popular de “ojos que no ven, corazón que no siente”; vamos, que en  aquella corte se está tan a gustito, aguantando el chaparrón que cae fuera… que otras están peor, sin duda…

Ahí las dejo con el trampantojo que produce la ignorancia, a sabiendas de que hay más vida lejos de esas cuatro paredes, otros mundos que pintar, otros juguetes con los que divertirse no solo con esas personitas tan abufonadas.

Me pregunto yo de qué manera harán de la necesidad, virtud y cómo se mantienen clavadas en el andamio constreñido de un siglo que pasará por encima de ellas, remetidas en sus faldones y quietas en un cuadro.

Pero, ¿cuentan con recursos para aspaventar moscas de aburrimiento, horas y horas aletargadas, arrastrando sus pies y sus almas de estancia en estancia?

Me dan ganas de agitarlas, aunque se deshaga el peinado tan labrado que ostentan, de darles la mano, lanzarles una escala y ¡venga!, al mundo, al siglo que decía Fray Luis de León, a la vida…si no me siguen, no queda otra que espetarles: “de acuerdo, me rindo, toca apechugar”. ¡¡Sacudíos de una vez por todas, los secretos humanos y dad rienda suelta a vuestra libertad tan esencial!! Queridas María Agustina e Isabel, os esperamos.

Prª. Drª. Pilar Úcar Ventura

Profesora Propia Adjunta

pucar@comillas.edu