Las bajas pensiones abocan cada vez a más mayores a vivir en piso compartido

NOELIA PÉREZ

  • Isidro tiene 72 años y vive con dos mujeres y un hombre, también jubilados, en un piso de Hogares Compartidos.
  • Los mayores de 60 que comparten piso en nuestro país ya suponen un 2,07% del total, según pisos.com.

Jubilados que comparten piso en Valencia.

Jubilados con jubilados, jubilados con estudiantes o jubilados con otros adultos. “Cada vez está menos estigmatizado que la gente mayor comparta piso porque no puede afrontar los costes de una vivienda o un alquiler de manera individual”, afirma Ferrán Font, director de estudios de pisos.com. Y es que las bajas pensiones que cobran en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), muchas veces llevan a procesos de desahucios y a asumir situaciones de convivencia que a ciertas edades antes no te plantearías.

A 1 de enero de 2018 había 8.908.151 personas mayores (de 65 o más años) en nuestro país, un 19,1% sobre el total de la población (46.722.980), según los datos del Padrón Continuo del INE. Y, el 43,1% de los hogares unipersonales que hay (4,7 millones) corresponde a este tipo de personas, un 70% de ellas mujeres, por lo que muchas se ven abocadas a alquilar habitaciones de sus casas a desconocidos para poder afrontar el resto de su vida en mejores condiciones económicas y en compañía. En este sentido, el Informe anual de pisos compartidos en España en 2018 publicado por pisos.com muestra que los mayores de 60 años que comparten piso ya suponen un 2,07% del total de personas que lo hacen. Una cifra que en 2015 llegó a su punto álgido: 2,88%.

El de Isidro es un claro ejemplo. “Las personas mayores no dejamos de tener sueños y de querer vivir”, cuenta en una entrevista telefónica con 20minutos. Sus ganas de sentirse útil y tener una vida plena, a priori, no eran compatibles con su baja pensión. Y es que el 70% de los pensionistas tiene su pensión pública como única fuente de ingresos, un 38% de los mayores ingresa menos de 750 euros mensuales y el 45% asegura tener dificultades para llegar a fin de mes, según un estudio realizado por la Fundación Edad&Vida.

Este hombre de 72 años cobra una jubilación no contributiva (entre 300 y 400 euros mensuales) que no le permite pagar un alquiler completo ni tener una vivienda propia: “800 euros al mes es demasiado”. Motivo por el que se ha visto abocado a compartir piso con otros jubilados. En la nómina de febrero de 2019 —último mes del que se tienen datos—, se otorgaron 259.235 pensiones de este tipo (que se conceden a aquellas personas que carezcan de recursos suficientes aunque no hayan cotizado nunca o lo hayan hecho de forma insuficiente) en toda España, según el Informe del seguimiento y evolución de la gestión de pensiones no contributivas de la Seguridad Social elaborado por el Imserso. Más de 250.000 personas en por debajo del umbral de la pobreza, de 10 millones que están en esa situación de exclusión.

“En cierta medida molestas”

Isidro vive en Valencia, ciudad en la que nació. No obstante, de su acento se traduce que no ha estado toda la vida en España: “Después de la posguerra mis padres se fueron a Argentina con una empresa valenciana y yo me siento más argentino que español. Nunca he renegado de mi nacionalidad, pero la vivencia es lo que te forma y te enseña”. Volvió a su tierra natal a principios de la década de los 80, dejando atrás un su trabajo y una “época de total inestabilidad, de problemas con los militares y con los que no eran militares, una inflación galopante y una inestabilidad que se tradujo también socialmente”.

Entonces decidió levantar en Valencia un nuevo negocio de hostelería, un oficio al que se dedicó ya al otro lado del charzo porque se le “metió en la sangre” desde bastante joven. Primero abrió un mercado aunque “no sabía nada de alimentación porque antes de venir para acá tuve negocios tipo pub“, afirma. Lo dejó y se metió en otros más parecidos a lo que regentaba en Argentina para que cada uno de sus hijos —tiene cinco de dos matrimonios diferentes— tuviera un futuro asegurado y similar al suyo. De esto aprendió que “de nada sirve que un padre haga lo que, en cierta medida, los hijos no saben apreciar en su momento”, aunque ahora “están todos metidos en hostelería” y de vez en cuando les echa una mano con “ideas y arreglos”.

Hace algo más de dos años residía con uno de ellos, pero “indudablemente, vivir con un hijo una persona ya mayor, si bien no resultaba problemático, no tienes nunca la seguridad de si en cierta medida molestas”, cuenta. Y tampoco quería ir a una residencia: “Creo que las personas que caen en una residencia carecen de sueños, de ganas de hacer cosas o tienen un problema físico que necesitan una constante ayuda y control. Yo me valgo por mí mismo y estoy bien de salud”, relata. Ahora vive con dos mujeres y otro hombre, con los que además de casa comparte actividades que organiza la ONG Hogares Compartidos.

Nueve pisos de 4 habitaciones para mayores

Teatro, charlas, e incluso ponencias sobre su vida en universidades o colegios para intentar empatizar con la gente joven. “Es algo que se necesita porque los jóvenes muchas veces no saben realmente lo que sienten las personas mayores cuando llegan a una edad y en muchos casos, por eso dejan de tener sueños y de tener ganas de hacer cosas”, añade Isidro. Él entró en Hogares Compartidos como voluntario tras visitar varias asociaciones y con la intención de marcharse de la casa de su hijo a una vivienda de alquiler social. Pero la atención y el trato personalizado de la ONG le hicieron quedarse como inquilino.

“Se trata fundamentalmente de tener un envejecimiento activo, integrado en la sociedad, que nos sintamos vivos, con ganas de hacer cosas, de colaborar”, dice este jubilado, que también explica los procedimientos de la organización: “En cada piso hay un delegado, que son voluntarios jóvenes que se reúnen cada semana con los integrantes de la casa que se les ha asignado. Ellos ven si hay algún pequeño problema, algún arreglo que haya que hacer, si hay alguna pequeña disputa… porque en la convivencia no todo es color rosa, hay espinitas también, y eso se trata de solucionar”.

Esta organización tiene ya 9 pisos en Valencia —y uno que abrirán próximamente— de cuatro habitaciones cada uno que ponen a disposición de personas mayores que están “por debajo del umbral de la pobreza” al cobrar una pensión no contributiva, cuenta Amparo Azcutia una de sus dos fundadoras. Todas las viviendas cuentan con ascensor y están equipadas con los muebles y electrodomésticos básicos, pueden ser mixtos o no —según las preferencias de cada uno— y los inquilinos pagan unos 170 euros al mes de alquiler —con todos los gastos incluidos—.

Incremento de la demanda

Amparo, junto a Pilar Pardo, puso en marcha Hogares Compartidos hace seis años y “este último año ha habido un incremento de peticiones muy considerable”, hasta 300, pero “no hay pisos suficientes para todos”, lamenta y añade: “Necesitamos pisos cuyos propietarios estén dispuestos a recibir una cuantía asequible, algo que es muy complicado con la burbuja inmoviliaria actual y los alquileres turísticos”. Como la suya, apenas hay ONG que se encarguen de ayudar a las personas mayores a encontrar una vivienda asequible, cuenta Amparo: “Hay una en Madrid, la Fundación Pilares, pero no hacen lo mismo”.

Este periódico se ha puesto en contacto también con esa fundación, que tienen un programa llamado ‘Hogar y Café‘ que ofrece a personas mayores de 60 —independientes y que de verdad lo necesiten— compartir piso con otras, ya sea en su casa o en viviendas ajenas. Arrancó a principios de año para “buscar alternativas de alojamiento para personas mayores que salvaguarden su autonomía, es decir, su derecho a vivir de acuerdo a quienes son y su proyecto vital”, dice Penélope Castejón, directora técnica de la Fundación Pilares.

Al llevar solo 3 meses en marcha, aún no cuenta con beneficiarios, pero sí “está generando mucho interés”. El 2 de abril fue su presentación oficial, y a partir de ahí empezarán a ofrecer hogar a las residentes en Madrid capital o Alcobendas dentro del programa subvencionado por la Consejería de Políticas Sociales y Familia de la Comunidad de Madrid.

Estas son algunas soluciones alternativas para paliar la soledad, disfrutar de aficiones compartidas, amistad… y, además, ahorrar gastos.

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Author: NOELIA PÉREZ