Los cambios de gobierno y de titulares de Educación en el Gobierno de España -con tiempo suficiente como para haber esbozado sus planes– y en la Consejería de Cantabria –cuyo programa electoral y su intenciones prioritarias o específicas tampoco han sido muy explícitos– tienen la oportunidad de acometer las reformas pendientes de las leyes y normas estatales y autonómicas vigentes para superar las graves limitaciones y carencias que se viene arrastrando prácticamente desde el comienzo de la democracia y que, en muchos casos, heredan viejos lastres y actitudes de épocas pasadas, amén de los que, paradójicamente, se han ido incorporando a lo largo de estos últimos 40 años.

Y es que, más allá de las precarias condiciones materiales en cuanto a los bajos salarios del personal docente y laboral, la falta de instalaciones, equipamientos y material didáctico, el excesivo número de alumnos por aula,  la carencia de idoneidad en la impartición de asignaturas o en la pretendida enseñanza bilingüe, el retraso en la generalización de la educación infantil sobre todo en el ciclo 0-3 años para reforzar el principio de igualdad de oportunidades…, es mucho el tiempo que se lleva sin acometer una reforma en profundidad de los programas  y métodos en consonancia con los movimientos de renovación pedagógica, sin poder remover las inercias y la parálisis de la práctica diaria, dejando al margen aspectos tan relevantes y básicos en el aprendizaje como son el énfasis en la comprensión lectora, en la expresión oral –donde confluye la falta de tiempo en la enseñanza  de los contenidos  con la dificultad en establecer criterios de evaluación de las intervenciones de los alumnos al margen del ejercicio creativo que podrían introducir la grabación de las clases y su análisis individual y colectivo– y en el dominio de la escritura más allá de las transcripciones literales, del “recorta y pega”, o de los estragos que están causando las nuevas tecnologías en unas destrezas y capacidades  que cada vez brillan más por su ausencia en los niveles superiores y universitarios, aunque la comprensión lectora y la expresión oral y escrita no servirían para nada si no van acompañadas de la profunda significación que encierran  sus vínculos con los contextos más amplios de  los textos de referencia, sus relaciones causa-efecto con el origen y los procesos más complejos de donde surgen, la exigencia de análisis críticos y comparativos sobre los fundamentos y conclusiones  obtenidas, o las influencias de la naturaleza de la fuente o los perfiles biográficos del autor en los contenidos concretos que suscribe.

Pero en las dos o tres últimas décadas la irrupción de las nuevas tecnologías o de la llamada sociedad de la información –¿y del conocimiento?– plantea la urgente necesidad de introducir una asignatura específica que compense el atropellado e irreflexivo manejo del hardware y el software por parte de los indigenas digitales y la epidemia de móviles y smartphone –o de los ordenadores más sofisticados–, más atentos al manejo de los teclados y las ofertas de puro entretenimiento –cuando no a la piratería intelectual,  al puro cotilleo, a la charlatanería, o al anonimato de los acosos, a las noticias falsas o a “echar la lengua a pacer”– que a su utilización racional, dosificada e inteligente en los procesos de enseñanza-aprendizaje buscando el equilibrio y la compatibilidad con los lenguajes analógicos, los textos impresos y escritos, o los medios audiovisuales tradicionales más susceptibles de las lecturas y análisis reposados y profundos sin la precipitación, las interferencias, la fugacidad y la superficialidad que encierra el uso exclusivo de las tecnologías de la información y los lenguajes digitales.

Pero esta función marginal o simplemente utilitaria como acompañamiento de las asignaturas tradicionales y que llega a las aulas con los graves vicios e inercias del autoaprendizaje desde las edades más tempranas se ve agravada por la ausencia de ejercicios sistemáticos y habituales de síntesis y jerarquización de los contenidos recibidos por las distintas vías al no ser objeto de la ordenación y clasificación  adecuada, de la distinción entre la anécdota y la categoría, de la alerta sobre los peligros de los ocios o las ludopatías –incluida la obsesión o paranoia por el deporte en su práctica más activa, en su protagonismo más excluyente o en su observación más pasiva– como instrumentos de alienación y secuestro de alternativas más creativas y beneficiosas para la formación integral de la persona;  o que no atienden a la diferenciación entre los hechos, las opiniones, las creencias y los dogmas, entre la información –y las noticias falsas–, el conocimiento y su aplicación última más ética o eficiente para la vida cotidiana y las relaciones sociales, entre la publicidad –más centrada en las características intrínsecas de sus protagonistas– y la propaganda –mucho más parcial y manipuladora a la hora de ocultar los aspectos más desfavorabales del adoctrinamiento o la intoxicación ideológica–, o entre el rigor científico de los métodos y análisis de cada disciplina y el cientifismo obsesionado con retorcer o forzar la interpretación  de la realidad  según unos parámetros universales o principios de aplicación indiscriminada.

Pero no es ésta la única ausencia en el sistema educativo: capítulos tan esenciales como la mayor atención a la Filosofía, la Historia o la Geografía o la inclusión obligada en los diferentes cursos y niveles de la Educación para la Ciudadanía, la Educación  Sexual, la Educación Ambiental, la Conservación del Patrimonio Natural y Cultural, la Producción y el Consumo Ecológicos y la Economía Circular…, solo han tenido una presencia ocasional, discontinua o esporádica en los planes de estudios, apenas compensada con una visión interdisciplinar para entender su función imprescindible en el conjunto del saber o en la visión global del mundo en que vivimos; con su conversión  en asignaturas específicas y troncales o, siquiera, mediante la impregnación transversal de los currículums de todas las disciplinas y la superación de la concepción aislada y estanca de las Ciencias y las Letras o del culto a la pura materialidad de las cosas y a la tecnocracia frente al desarrollo, la reflexión y  el cultivo de las humanidades…

Emilio Carrera. Catedrático emérito de Geografía e Historia. DNI 13883918. Apartado 37. 39500-Cabezón de la Sal. Cantabria =