Parece que se trata de una historia nostálgica de alguien que regresa a casa de su madre.

Parece tratarse de un recuerdo desde el presente tirando de memorias a un pretérito imperfecto.

Podría parecer que La Edad de Tiza haciendo un flashback, propulsa al lector en la nave del tiempo a décadas noventeras…

La primera novela de Álvaro Ceballos es un cuento, personal e intransferible. Un relato de dimensiones noveleras, escrito con letra apretada de tanto que dice y de todo lo que no dice.

Y no deja de tener su gracia el título. Tan desfasado… en una época en que las tizas escolares son solo un leve atisbo de otros momentos; hoy nuestros alumnos pulsan levemente el supuesto encerado con la yema de los dedos o le dan a una tecla y la pizarra inteligente empieza a escupir datos y líneas, dibujos y fórmulas, letras y ecuaciones, subrayados…todo ello por arte de birlibirloque.

Así es la novela de este autor madrileño, profesor de Literatura en la Universidad de Lieja.

Trazos y retazos, episodios, momentos instantáneos, garabatos y esbozos, figuras y bocetos de un Madrid muy real, muy auténtico…el Madrid que Álvaro adulto rememora en casa de su madre. Nos hace partícipes de una “tortura”, de un “toc” que convierte en pesquisa detectivesca: hay que encontrar como sea una cinta de vídeo, VHS, -qué antaño resuena desde nuestro hoy- porque el grupo de amigos anda con el runrún de dar con ella. Ahí empieza el misterio y la historia que se va desgranando con personajes tan inefables como don Donato, María, José Luis y muchos más. Todos los que entran en órbita en el microuniverso del protagonista. El propio Álvaro de 14 años nos lleva en una vorágine episódica de atrás adelante. La edad de tiza supone todo un trasiego vital, para muchos reconocible –ahí radica parte del éxito del trajín histórico que despliega-.

Conforme avanza el argumento, nos encontramos en una especie de docudrama televisivo, en una serie fílmica de cuadros que configuran el mapa anímico de un tiempo vivido y vívido. Pero no solo es una etopeya matritense la trama que engarza, -y ahí tenemos otro gran acierto-, el autor sabe trascender de la capital que tan bien conoce y se convierte en epítome urbano, incluso en reflejo, de otras tantas ciudades provincianas de mayor o menor volumen.

Este efecto “escaparate” se debe a todo lo que el lector lee y lo que descubre: muchos y variopintos elementos que subyacen agazapados y se desvelan con el paso de las páginas; inquietudes filosóficas sobre el ser y la existencia, sobresaltos ideológicos acerca de la verdad propia y la ajena, sustos intensos y equilibrios en una línea difícil de distinguir el deseo o la ilusión para darse de bruces con la sociedad en que viven y han de sobrevivir arlas figuras animadas que acompañamos en su deambular adolescente. Y humor y risas. En una época de santos y santurrones, del Sagrado Corazón encaramado en la peana del comedor familiar, nuestros jóvenes protagonistas anhelan romper corsés y enjaretar nuevos destinos que la vida les escamotea.

Con un estilo elegante y claro, coherente, lleno de cromatismos idiomáticos, Álvaro Ceballos enhebra su vida, o eso parece, una de tantas vidas de todos nosotros y lo hace sin impostar conductas ni exagerar actitudes. El viaje al que conduce a su público resulta gratificante, lleno de apodos y alias, imaginación febril y realidad tozuda, remordimiento y propósito de la enmienda. Todo un fotograma de aquellos años de tiza.

Pilar Úcar Ventura

Profesora de universidad y escritora