La dama de oro: La gran rapiña Nazi. La película se basa en una historia real, cuando en 1999, Maria Altmann (Helen Mirren), una octogenaria dama vienesa afincada en USA desde los años 40 a donde huyó de la guerra y del horror, entabló un proceso judicial contra el gobierno de Austria para recuperar parte del tesoro artístico que le fue robado a su familia por los nazis durante la II Gran Guerra.

El director Simon Curtis, un realizador experimentado en cine y TV que sabe hacer películas preciosistas e interesantes como Mi semana con Marilyn (2011), alcanza a construir una especie de biopic, quizá con excesivos flashbacks, pero al fin, estas imágenes retrospectivas sirven para recordarnos la barbarie nazi contra el pueblo judío y el latrocinio tan impune que perpetraron en familias que eran felices y estaban plenamente adaptadas a la vida vienesa de la época. Curtis nos obsequia con una narración que a pesar de las deficiencias del guión mantiene la atención de espectador.

El guión Alexi Kaye Campbell queda un poco plano, sin incentivos ni aristas, y un tanto almibarado y sentimental.

Bella música de Martin Phipps y Hans Zimmer, y una esplendorosa fotografía de Ross Emery que llena de luz las circunstancias y escenarios actuales de la historia y tiñendo de ocre los tiempos pasados. Gran puesta en escena.

El reparto es ante todo una magistral Helen Mirren, una actriz que en esta obra logra la cuadratura del círculo, pues allí donde no llega la profundidad, la altura o la perfección del guión o la dirección, Mirren consigue poner un marco de fino oro de manera que la película parezca mucho más de lo que es. Ryan Reynolds está igualmente genial en el rol de abogado novato. Daniel Brühl es un actor igualmente de talla reconocida que cumple con absoluta solvencia su papel de periodista vienés. Y acompaña, como suele ocurrir en los filmes británicos, un elenco de actrices y actores de reparto estupendo.

En definitiva, ´La dama de oro´ acude a la pintura como mcguffin, como lujosa excusa para hablar de nostalgia, raíces, justicia, tolerancia y redención. Y no olvidemos igualmente el mensaje combativo de la protagonista para poner las cosas en su sitio, pues si en la actualidad la pintura de Klimt , Adele Bloch-Bauer, está en Nueva York, una ciudad libre que acogió a tantos judíos en su sociedad, es gracias al empeño de Maria Altmann, esa judía austriaca emigrada y superviviente de la persecución germana, sentimentalmente implicada en una obra pictórica que para escarnio de su familia y toda la humanidad, diría yo, aún permanecía en Viena fruto de la rapiña nazi.