El periodista y Presidente de la Sociedad Cántabra de Escritores Isidro Cicero participó en la presentación en la LIBRERÍA GIL del liBro DIARIO DE OPINIONES 2018 que el escritor ha prologado en esta ocasión.

(Prólogo del ‘Diario de opiniones’ presentado ayer junto al pintor Joaquín Martínez Cano y Luis Barquín, director de eldiariodecantabria.es, editor de este libro colectivo. Joaquín me recordó anoche que hace 41 años fui el primero que escribió una reseña sobre él. Me hace feliz saberlo. Fue en el ‘Vindio 2’. Aparecía con el resto de artistas de Cantabria, muchos de ellos los más jóvenes)

EN SU PELLEJO

Me meto en la piel de los autores y autoras de este libro. Los que en su día firmaron estas opiniones para el digital diariodecantabria.es, que Luis Barquín – lo hizo en otras ocasiones- ha decidido recoger ahora en papel. A muchos de estos articulistas los conozco en persona: en su día, un día ya lejano, los vi trabajar, compartí con ellos Redacción, que entonces era la manera de discutir destrezas, poner en común criterios y compartir consejos. Entonces los conocí bien, ahora compruebo que no han cambiado tanto. A otros todavía no he tenido el placer, pero los sigo en el digital cada mañana: ¿hay alguna manera de conocer a un autor mejor que leer sus escritos?
Por el artículo de opinión siento yo un respeto especial: primero, porque soy un lector adicto y, segundo, porque yo también he conseguido rematar algunos centenares de columna, quizá millares y sé bien lo que valen y lo que cuestan. No es precisamente el artículo de opinión el género periodístico en el que me he sentido más cómodo. ¿Y por qué? Creo saberlo, los tímidos no solemos ser muy proclives a defender en público nuestras ideas personales; a arriesgar ante otros el particular juicio que nos merecen otras personas: a exponer el concepto que tenemos sobre las cosas. Ese es justo el material con el que se construye un artículo de opinión. Yo siempre me he movido con más soltura en el reportaje, la crónica y la entrevista, porque en estos tres géneros tú trabajas con materiales diferenciados de tu persona. Incluso en el nuevo periodismo, que permite al autor colarse en la historia, inmiscuyéndose en ella como un personaje más de los hechos, tienes más oportunidades de mantenerte a distancia que el autor que firma su opinión.
Por eso yo añoro sobre todo el reportaje. Aquellos viejos reportajes construidos con amplitud de espacio y generosidad de tiempo, cuando el director no presionaba, sino que respetaba y facilitaba. Aquellos reportajes que acabábamos sirviendo tan a gusto en los kioscos y que fabricábamos mano a mano con los mejores gráficos que había en la profesión y con nuestros dibujantes más creativos.
Opinar es otra cosa. Un periodista de opinión se enfrenta a su artículo como un torero en la plaza, solo detrás de la frágil muleta de su estilo. Aunque todo el mundo opina y a veces opina sobre todo, no todo el mundo es capaz de construir una opinión considerable, es decir, digna de ser considerada. Las que aparecen aquí no solo son considerables por los asuntos que tratan, lo son también por cómo los tratan, en bastantes ocasiones con magisterio profesional.
Creo que soy capaz de meterme en el pellejo de estos autores. Desde que uno empieza a construir su columna hasta que la lee en el digital y ahora en este libro. La esencia del quebradero de cabeza de un columnista, lo digo porque lo sé, consiste en el tormento de elegir. No es un esfuerzo baladí. Cuando elegimos, nos quedamos con lo elegido, pero dejamos fuera todo lo demás y todo lo demás constituye un mundo de posibilidades y opciones que ya renunciamos a explorar. Del inmenso e inabarcable océano de la actualidad, el columnista opta por un solo asunto, uno solo. A veces un solo aspecto de un solo asunto. Fuera de su foco de atención, queda en sombras el resto de la realidad. Siempre le quedará la duda de si ha elegido bien el tema o hubiera hecho mejor fijándose en otro. Siempre le quedará un regusto de melancolía por lo que desechó.
Me meto en el pellejo de cualquiera de los autores, de las autoras de este libro de opiniones y creo descubrir que esa incertidumbre inicial no les ha abandonado ni siquiera en el momento final de su trabajo. En sus reflexiones, transitan por momentos de seguridad, de vértigo, de vacío, de placer y de miedo. Conforman unas ideas y sus contrarias, sopesan unos juicios y piensan en los juicios, tan justificables como los suyos, que el mismo tema suscita a sus lectores. Contrastan los unos con los otros y rebuscan argumentos para tratar de convencer a sus lectores.
De los cientos de miles de palabras del sistema lingüístico que ha formateado su mente, el columnista elige ochocientas como máximo. Nuestro autor sabe que más de ochocientas no es aconsejable; y si le apuras, sabe que es preferible quedarse en quinientas o seiscientas, porque sabe por propia experiencia que los lectores van deprisa por la vida, sin excesiva curiosidad y con demasiados estímulos diferentes que asaltan su atención. El autor tiene que competir. Mas te vale, articulista, que consigas un mínimo de la atención del lector, que no consigas nada. Más te vale que permanezca contigo cuatro minutos a que pase de ti porque has errado creyendo que tenías algo tan importante que decirle que te ocuparía media hora.
Desde el pellejo del artículista, comparto su preocupación por conseguir un titular llamativo, breve (siete palabras ya son demasiadas palabras), conciso, elegante, claro y provocador. Si Luis Barquín le ha asignado una sección fija, con su titular fijo y con foto fija de su rostro, eso es lo que lleva de ventaja el articulista. Todo lo demás se lo juega en las ochocientas palabras que hoy compone y mañana la próxima semana tendrá que volver a componer con otras ochocientas. Como máximo.
Dentro de su pellejo, sigo la técnica con la que el columnista se esfuerza por plantear en pocas palabras por qué escogió el terrible asunto del feminicidio, del ocho de marzo, de los incorregibles despropósitos del tren de Madrid, de las incomodidades del de cercanías. Por qué se toma tantas molestias reflexionando sobre esos asuntos o sobre la ratio de profesores por clase o de policías por población. Por qué ha decidido reflexionar sobre la tremebunda proclividad samurai autolesiva del español, capaz de autodestruirse destruyendo las mejores cosas que primero ha logrado construir.
Veo al colega esforzándose por explicarnos, máxima capacidad mínimo espacio, lo que averiguó sobre esos u otros cientos de asuntos, lo que experimentó, lo que comprendió. Le veo trasmitiendo datos, razonando, argumentando: Le veo debatiéndose en el esfuerzo de sistematizar numerosos porqués, no demasiados para no aburrir y para que quepa todo ese material en un espacio tan limitado.
Le veo tramando unas pocas palabras de resumen para que, a ser posible, tú y yo, lectores, nos sintamos de acuerdo con él aunque no se lo digamos, aunque no nos comuniquemos. Que convencernos es el objeto final de toda argumentación y de cualquier retórica.
¿Y para qué nos quieren convencer? Ah, eso es un misterio. Hay columnistas que escriben porque representan ideas de grupos humanos a las que quieren que nos sumemos. Pero hay otros autores que solo se representan a sí mismos. Y lo firman con sus nombres. No se juegan nada, opinan por el mero placer de opinar, si no por qué. Determinan y perfilan su tema, navegan por él, con las incertidumbres que hemos visto, centran su atención como un arquero y lanzan la flecha. Cuando llega a la diana de nuestras mentes lectoras contribuyen a que pensemos y, pensando, formemos nuestro propio criterio. Nuestra propia opinión.
Opinión, esa extraña palabra latina, florecida en todas las lenguas occidentales. Las raíces de esta palabra se formaron en los húmedos bancales del idioma indoeuropeo. Cuando los ancestros pronunciaban esos elementos radicales, tales como “op”, se estaban refiriendo a una serie de capacidades muy antiguas y específicamente humanas. La capacidad de optar, la capacidad de opción, de cooptar, de adoptar, de opinar, de opinión. Me meto dentro de su pellejo y compruebo con placer que en la raíz de todas esas raíces subyace latente el fenómeno de la libertad.