Hasta aquí su identidad: los límites (lingüísticos) de la pertenencia al grupo

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Pedro Álvarez Mosquera, Universidad de Salamanca

Nuestro cerebro está diseñado para categorizar, es decir, para meter la realidad que nos rodea en cajas. Es un mecanismo que nos permite, desde una edad muy temprana, hacer frente a nuestro día a día. A medida que aprendemos a interaccionar con nuestro entorno, generamos categorías en nuestra mente que optimizan esa información. Es fundamental para nuestra supervivencia.

Por ejemplo, en algún momento de nuestra infancia aprendimos a interactuar con objetos tan cotidianos como una mesa. Aunque en un principio fuese un elemento nuevo que aprendimos a utilizar de forma consciente, la categoría mesa nos permite hoy interactuar con este objeto casi sin pensar a pesar de las diferentes formas, tamaños, número de patas, etc.

El problema es que hacemos lo mismo con las personas. Nuestro cerebro ha ido atribuyendo una serie de características a grupos de personas que pertenecen a ciertas categoría sociales que hemos ido creando en función del género, origen, etnia, edad, etc.

Al contrario de lo que muchos piensan, la pertenencia a cualquiera de estas categorías no tiene por qué ser inalterable, sino que tanto la manera en la que las percibimos como en la que somos percibidos puede variar. Es más, no debemos olvidar que pertenecemos a varias categorías a la vez y no todas tienen la misma relevancia o visibilidad.

¿Puedo cambiar de categoría?

¿Qué pasa cuando alguien quiere cambiar voluntariamente su pertenencia a un grupo o categoría social? La eficiencia cognitiva de nuestro cerebro lo va a poner difícil. Es muy complicado cruzar de una categoría a otra. Las consecuencias de casos de apropiación de elementos de otros grupos sociales son un tema de rabiosa actualidad. Diferentes famosos se han vuelto envueltos en polémicas por la usurpación de elementos culturales por motivos principalmente estéticos. Es aquí donde nos volvemos a encontrar la cuestión lingüística, porque la apropiación cultural también se puede producir en el uso del lenguaje.

Al contrario que otros rasgos físicos, el componente lingüístico tiene cierta flexibilidad y maleabilidad, al tiempo que mantiene una conexión muy directa con aspectos fundamentales de nuestra identidad. Todos hemos moldeado nuestra forma de hablar en algún contexto específico para proyectar una imagen más formal, cercana, profesional, etc. Es más, si alguien nos dice que no parecemos de nuestra región/país, enseguida agudizamos nuestra forma de hablar para demostrar mediante el uso de palabras y otros rasgos lingüísticos que sí pertenecemos a esa categoría.

Pues bien, esta versatilidad del lenguaje puede llevar a apropiarnos de rasgos lingüísticos asociados a una comunidad de hablantes a la que no pertenecemos. Hacemos esto con el objetivo de proyectar alguna característica de dicha comunidad que nos interesa, a la que damos valor en nuestro contexto social.

Cruzar a variedades lingüísticas de grupos a los que no pertenecemos puede acarrear costes. Al tratarse de una decisión deliberada, la posibilidad de que nuestro comportamiento lingüístico no sea aceptado o que provoque una contra-reacción en el grupo expoliado son altas.

Cuando esta práctica implica cruzar barreras sociales o étnicas, las cuestiones de legitimidad son incluso mayores. Para ilustrar la complejidad de esta práctica, usaré un ejemplo que nos lleva al mundo de la música rap.

El caso del rap

El rap está fuertemente enraizado en la cultura afroamericana. La existencia de patrones étnicos orales y culturales en este género musical, el uso de inglés afroamericano y un fuerte concepto de autenticidad, lo mantienen estrechamente ligado al grupo étnico en el que se gestó. Sin embargo, el éxito de la música rap ha traspasado las barreras étnicas y la presencia de raperos blancos se ha normalizado incluso en el contexto de Estados Unidos.

En un estudio comparativo con letras de canciones de raperos norteamericanos blancos y negros, se analizó la utilización de rasgos lingüísticos asociados al inglés afroamericano por parte de los dos grupos. Los resultados mostraron importantes niveles de uso de varios de estos rasgos por parte del grupo blanco.

Un caso llamativo fue el de ain’t, una partícula negativa presente en otras variedades de la lengua inglesa. Los raperos blancos lo utilizaban en una proporción mayor que los propios raperos negros. Pero más no significa mejor. El estudio también reveló que lo utilizaban de manera diferente, mucho más restringida (Ej. 80% como am not o is not). El grupo de raperos negros, en contra, presentaba mayor distribución en el uso de esta partícula e incluso casos que no reproducían los raperos blancos. Sin duda, para el hablante de inglés afroamericano, esta sobre-utilización descompensada es más que suficiente para saber quien es parte del grupo y quien pretende serlo.

Sin embargo, posiblemente lo más relevante es que los raperos afroamericanos, a lo largo de las tres décadas investigadas (80s, 90s y 00s), también empezaron a sonar más negro. Es decir, a medida que la presencia de raperos blancos se multiplicaba, los raperos negros parecen haber reforzado las barreras lingüísticas de su categoría, enfatizando el uso de rasgos su propia variedad.

Aunque la selección de raperos, siguiendo criterios principalmente sociolingüísticos, puede haber influido en los resultados, el uso de términos relevantes en el contexto social norteamericano corroboró la intencionalidad de esta barrera etno-lingüística.

Es decir, el uso de palabras clave relacionadas con la autenticidad y la experiencia socio-cultural afroamericana (ej. referencias al gueto, referencias raciales, incluso patrones de repetición, entre otros) supuso otra manera de delimitar las fronteras lingüísticas del grupo. En otras palabras, una manera de decir, alto y claro: “hasta aquí su identidad”.The Conversation

Pedro Álvarez Mosquera, Profesor de Lengua y Lingüística, Universidad de Salamanca

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.