Frío en julio: Una pequeña joya. Ambientada en los años 80, en Texas, el realizador Jim Mickle nos ofrece un film con los usos y modos de esos que hace unos años se hacían llamar «independientes», es decir producciones modestas, a menudo con actores poco conocidos y de contenidos que conseguían captar el interés del público aunque no de forma mayoritaria.

La industria cinematográfica ha cambiado bastante en estos años. Lo suficiente como para erradicar prácticamente la palabra «independiente» o «indie» asociada a una película, aunque los motivos son demasiado complejos como para exponerlos brevemente. Mickle adapta una novela de Joe R. Lansdale en la que el televisivo Michael C. Hall interpreta a Richard Dane, un padre de familia normal y corriente que una noche sorprende y mata a un ladrón en su casa. El asunto no tiene grandes consecuencias a nivel legal, ya que no hay que olvidar que en Estados Unidos liquidar a cualquiera que entre en tu hogar con nocturnidad y alevosía es un deber patriótico. Así lo entiende la policía texana, que rápidamente da carpetazo al asunto. Sin embargo, el asunto afectará a Richard y más cuando aparece el padre del finado (interpretado por Sam Sephard) con ganas de buscar venganza. Pero Richard hará un descubrimiento sorprendente que dará un giro radical a los acontecimientos.

Mickle divide claramente el film en dos partes. Durante la primera mitad asistimos a la muerte del asaltante a manos de Richard y a sus consecuencias. Destacan los esfuerzos de su familia por borrar lo sucedido y continuar con su vida normal, pero la aparición del padre del muerto lo dificultará notablemente. En la segunda parte, vemos como en su afán por llegar a descubrir la verdad hasta sus últimas consecuencias, Richard se adentrará en un mundo diferente al que conoce y está habituado, que tiene sus propios códigos al margen de la ley y con métodos mucho más expeditivos.

El film se podría encuadrar perfectamente como de «serie negra», en el que encontramos una trama claramente policíaca, con fuerzas del orden que realiza prácticas no tan legales y la existencia de individuos que se mueven cómodamente a un lado y otro de la línea de la frontera de la ley. Línea que Richard tendrá que traspasar al ser él mismo el que lo inicia todo. No hay ninguna intención crítica por parte de Mickle, sino que se limita a contextualizar la trama, con un tono sombrío, oscuro, y un excelente retrato de los personajes principales.

Hall, en una composición que está en las antípodas del personaje que le ha hecho famoso, está convincente en su papel del norteamericano medio, Shepard también sabe darle sus matices y contundencia al personaje que le toca interpretar y junto a ellos destacar a un excelente Don Johnson que pese a aparecer en la segunda mitad del metraje, consigue llenar la pantalla interpretando a un peculiar detective.

«Frío en Julio» es de esas películas que suelen pasar desapercibidas en la cartelera, ensombrecidas por otros estrenos mucho más mediáticos y que pese a contar con sólidas interpretaciones, no dispone de nombres que sirvan de gancho para la taquilla. Sin embargo, la sobriedad del conjunto, el uso medido de la escasa violencia explícita que hay en su film, y en general el buen hacer tras las cámaras de Jim Mickle, seguro que harán que esta película no termine de pasar desapercibido para un buen cinéfilo degustador de pequeñas joyas, que sin llegar a ser obras maestras contienen momentos de buen cine.

Paxti Álvarez