Joaquín Navarro-Valls fue durante muchos años una de las caras y las voces más conocidas del pontificado de Juan Pablo II. Su rostro nos trae a la memoria no sólo imágenes de momentos históricos, públicos y oficiales, de los cuales el papa Wojtyla fue protagonista y Navarro-Valls un testigo excepcional, sino también de los entresijos y de lo que pasó entre bastidores.

Este volumen recoge algunos de sus artículos publicados en el diario La Repubblica además de escritos inéditos. En ellos nos relata su visión particular y privilegiada de acontecimientos de enorme envergadura como los encuentros de Juan Pablo II con Fidel Castro y Gorbachov y también momentos más personales como los que compartió con la Madre Teresa de Calcuta.

Asimismo, ofrece al lector sus reflexiones sobre una amplia gama de temas y problemas de gran actualidad.

 MIS IMPRESIONES

En el funeral de Joaquín Navarro-Valls[1] en julio de 2017, Mons. Mariano Facio dijo: “era, ante todo, un hombre leal. Leal a Dios, a quien aprendió a amar desde pequeño en el seno de una familia cristiana; leal a su vocación al Opus Dei para santificarse en medio del mundo; leal en el servicio a la Iglesia, de modo particular cuando san Juan Pablo II lo llamó a desempeñar cargos de alta responsabilidad en la comunicación de la Santa Sede. Puso su vida al servicio de su misión, en las distintas etapas de su existencia”.

Fue 22 años, desde 1984, director de la Oficina de Prensa del Vaticano. Desde entonces, su figura ha estado asociada a la del Papa Wojtyla hasta su muerte en 2005, y después también a la de Benedicto XVI, con quien siguió desempeñando el mismo cargo durante los quince primeros meses de su pontificado. Con anterioridad, este médico psiquiatra y periodista, había sido en los años 70 colaborador de san Josemaría Escrivá en las tareas de comunicación del Opus Dei, donde le tocó informar del fallecimiento del fundador (26 de junio de 1975) y de la elección del sucesor, el ahora beato Álvaro del Portillo.

Ahora en su libro “Recuerdos y Reflexiones” de los años al lado del Papa Juan Pablo II, nos relata de una manera sencilla y profunda los ENCUENTROS del Papa, de los que fue testigo excepcional, con las grandes figuras mundiales, desde Mijaíl Gorbachov, Reagan, la Madre Teresa, Fidel Castro, a la vez que inserta en EL HOMBRE Y LA MODERNIDAD conceptos de bioética, juventud, “la dudosa libertad de una persona en coma”, y otros de sumo interés como razón y deseo, las mujeres y la diferencia de género, etc., etc.

No menos interesantes es el Capitulo que dedica a lo que denominó: CUESTIONES GLOBALES, en el que desarrolla aspectos vinculados a “el dilema entre medio ambiente y desarrollo”, o de “los derechos y deberes del inmigrante”, o “la necesidad de seguridad y el miedo al otro”. O el grupo de temas abarcados en el Capitulo LAICIDAD, VALORES Y CIENCIA.

No se trata de un libro de simple o fácil lectura, sino un libro que te lleva a meditar, a reflexionar sobre aspectos, en los que quizás habitualmente no te detenías a hacerlo.

Trato de resumir, en mis subrayados, más acentuados en uno que en otros capítulos, aquellos que más me hicieron reflexionar,

El Papa Wojtyla conocía muy bien “el ecosistema de la mentira institucionalizada” de los países de la Europa del Este, había vivido intensamente desde su ordenación como sacerdote hasta el de su elección como Papa, por lo que conocía el ambiente social y cultural prevaleciente, lo que sin dudas favoreció a que eligiera un camino distinto. Un párrafo que lo desvela dice: “Cuando se ponían en cuestión valores fundamentales, ya no era el momento de discutir, sino de afirmar la verdad. Cuando no hay libertad en el aire que se respira – pensaba – Wojtyla -, la única forma de libertad es realmente esencial del ser humano. En aquellos años Wojtyla no solo decía la verdad, sino que más bien vivía en la verdad: la verdad que el ecosistema totalitario de entonces ahogaba de forma sistemática con la mentira estructurada”.

En el capítulo: “Reagan, Juan Pablo II y la caída del muro”, el autor relata los lazos y vínculos entre el Papa y Reagan, en el periodo de “Rambo” y del cubo mágico de Rubik, de la guerra fría y la ingente modernización de los años 80. La era de Reagan, Gorbachov y Juan Pablo II, “en mayor medida aun de lo que la década de 1960 lo fue de Kennedy, Jrushchov y Juan XXIII”.  Obviamente Reagan, según el autor, “nada podría resultar menos parecido a Juan Pablo II, y sin embargo, ningún otro personaje del siglo XX estuvo tan próximo a él en el imaginario colectivo”.

Fue el viaje a EE.UU. de 1987 en el que Reagan y Juan Pablo II sellaron sus intereses, desde la llegada a Miami del Papa, en las que se evidenció, según el autor, “la enorme distancia que separaba, no a dos hombres, sino a dos misiones”. Ambos eran comunicadores, eran dos personajes de primer plano, pero el “fin que movía a Juan Pablo II no era Estados Unidos o el anticomunismo, ni tampoco, en el fondo, una forma u otra de sociedad neocapitalista y neoliberal idealizada, sino la dignidad absoluta y trascendente de la persona humana”.

“Para Reagan, el mundo, las personas y los pueblos no eran más que un tablero lleno de peones con los que jugar su propia partida política”, dice el autor. Para el Papa, señala “consideraba a un pueblo como un conjunto de ciudadanos y familias, a los que ninguna política democrática o comunista de ninguna clase podía quitar la dignidad, la libertad y la esperanza”[2].

De igual manera la reunión de 1989 del Papa con Gorbachov en el Vaticano, fue la piedra angular del cambio mundial. “El comunismo cayó entonces, dice el autor, no porque Estados Unidos hubiese ganado la guerra fría, ni porque el escudo espacial hubiera destruido las esperanzas bélicas de la Rusia, sino porque un hombre religioso, un Papa, un hombre del Este, había unido las conciencias de Oriente y Occidente en el altar universal de los derechos humanos”.

Un capítulo, que yo califico de especial, con un sello innegable de hagiografía y apologética, decía el autor a: “Josemaría Escrivá: el buen humor de los santos”. Y dice “El santo y la santa que aparecen en la mayor parte de la iconografía y del arte visual cristianos responden principalmente a los criterios del simbolismo plástico, tal como sucede con un retrato que trata de inmovilizarlos en un momento paradigmático de su existencia. Y eso hace que la imagen marmórea de la santidad aparezca frecuentemente en un contexto de circunstancias excepcionales, generando la impresión de que tales momentos sean los únicos capaces de enmarcar una vida de perfección”.

Pascal decía que todo hombre tiene siempre grandeza y miseria. Si le falta uno de los dos aspectos es que hay algo irreal y de hipócrita en su persona. Aristóteles afirmaba la naturaleza social de los hombres. El que vive solo, aislado y segregado, habitualmente es un delincuente o un loco, y jamás un modelo a imitar. Estas reflexiones, dice el autor, hallan su confirmación en la personalidad excepcional e irrepetible de san Josemaría Escrivá, como dijo en vida: “todos tienen que ser santos o, en cualquier caso, que todos deben por lo menos esforzarse en serlo, pero que nadie debe sentirse o ser por ello excepcional”. Era su filosofía de “la adhesión a la realidad y una completa inserción en lo cotidiano”.

Se pregunta el autor, “si ser cristiano no puede ser algo mas de lo que imaginamos, algo mas universalmente humano”. Y referencia a Pedro Damián[3] que de espíritu religioso sabia bastante, “el monje lo es no porque huya del mundo, sino porque reza por la salvación de la tierra”.

La enseñanza de san Josemaría Escrivá propone la adquisición de comportamientos virtuosos que se hallan indisolublemente unidos a la particularidad de la vida cotidiana, como se adapta un guante bien hecho a la mano.

Destaca el autor en este capitulo como ejemplo de virtud humana, la manera excepcional: el buen humor del santo, y subraya: “sólo con alegría pueden hacerse crecer todas las demás virtudes humanas”.

Era la consecuencia, grabada en el propio carácter, del contenido de la fe profesada. Por ello, “el optimismo cristiano no es tanto un rasgo psicológico como una profunda determinación personal”. Y recuerda que san Josemaría Escrivá repetía a menudo que “nadie puede ser feliz hasta que no decide serlo”. Un estatus espiritual profundo del alma: “la adopción consciente de una paz interior y de una tranquilidad que podía alcanzar cualquiera, con tal de que se sostuviera y estuviera garantizada por una vida espiritual concreta y efectiva”.

Termina ratificando una frase del santo de 1956, cuando dijo: “Os dejo como legado humano el amor a la libertad y el buen humor

En el capítulo “Cuando el Papa se va de vacaciones”, relata los detalles de los habituales “procederes con tranquilidad y perseverancia” del Pontífice Juan Pablo II durante sus vacaciones en el “fresco y relajante clima de montaña” de los Alpes a la vista del Mont Blanc. Todo un tiempo que le permitía “adquirir mayor concentración y realizar síntesis de otro modo difíciles de obtener”.

En el capítulo “Sor Lucia y el tercer secreto de Fátima”, el autor rememora los viajes que hizo con Juan Pablo II a Fátima, en 1991 y en el año jubilar del 2000. Estancia y meditación en el mismo paraje, casi perdido, donde a los diez años de edad la pequeña Lucia, acompañada de sus primos Jacinta y Francisco, había hablado con la “Señora”. Un encuentro con sor Lucia, que llegó del convento donde vivía desde hace años. Juan Pablo II decidió que el tercer secreto de Fátima se divulgara el 13 de mayo de 2000, cuando comunicó el encargo transmitido a la Congregación para la Doctrina de la Fe de traducir y divulgar el texto. De ese encuentro, relata el autor: “La característica realmente increíble, no solo de sor Lucia, sino también del propio Juan Pablo II, era el modo excepcional en el que lo sobrenatural parecía descender a la vida intima para constituir su personalidad desde dentro. Pero todavía mas sorprendente, dice el autor, era el modo absolutamente humilde que ella tenía de vivirlo. Y subraya, “la manera mas justa de entender lo milagroso es la de distinguirlo de lo espectacular”.

Otros capítulos relevantes del libro, lo son, sin dudas el que dedica Madre Teresa de Calcuta la hacedora del “Hacer que unas personas que han vivido como animales puedan morir como hijos de Dios”, centro de su misión de vida y a la visita del Papa a Cuba, en 1998 cuando dijo su famosa frase de “Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba”. Ambos capítulos, merecen la pena una lectura y análisis aparte.

Este es un libro de profundas reflexiones y recuerdos de los años del autor junto al Santo Padre, que encierra en los diferentes capítulos ejemplares enseñanzas que Navarro Valls, sabe sintetizar y recordar como Homo faber[4] – “el hombre que sabe”- magistralmente.

Jorge A. Capote Abreu

Santander, 15 de julio de 2021

[1] Joaquín Navarro-Valls nació en Cartagena (España) el 16 de noviembre de 1936. Frecuentó la “Deutsche Schule” de su ciudad natal y realizó los estudios superiores en las facultades de Medicina de las Universidades de Granada y Barcelona. Fue ayudante en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona y encargado del Servicio Policlínico en el departamento de Patología Médica.

[2]  Ver la encíclica Centesimus annus de 1991

[3] Pedro Damián, Pedro Damiano o Pedro Damiani (Rávena, 1007 – Faenza, 1072) fue un cardenal benedictino de la Iglesia católica y reformador del siglo XI, junto al cardenal Hildebrando (Gregorio VII).

[4] Homo faber es una locución latina que significa «el hombre que hace o fabrica». Se usa principalmente en contraposición a Homo sapiens, la denominación biológica de la especie humana, locución también latina que significa «el hombre que sabe»