Cementerio judío de Quatzenheim, cerca de Estrasburgo, con tumbas vandalizadas con símbolos nazis. (Quatzenheim, Francia, 20 de febrero de 2019). Hadrian / Shutterstock

¡Qué pronto olvidamos nuestra historia más reciente!

La palabra “antisemitismo” tiene un origen relativamente reciente, pues nace en la década de 1870, bajo la pluma de Wilhelm Marr, a partir del concepto de “lenguas semíticas”, pero para significar únicamente el odio hacia los judíos (sin que el concepto abarque el odio hacia otros semitas, como los árabes). Pero este odio, fundamentado en una serie de estereotipos históricos inciertos (el judío sólo piensa en acumular riquezas, es avaro, promiscuo, sectario e incluso seguidor del maligno), no es algo del siglo XIX, sino que arrastra una historia milenaria, que empieza en la Antigüedad greco-romana y culmina con la acusación de ser el pueblo responsable de la crucifixión de Cristo (el famoso mito del deicidio).

Sin embargo, durante el siglo XIX prosperó en Europa un tipo de odio racial, de base ciertamente darwiniana, que fue perfilando a los judíos como una “raza” inferior en la escala evolutiva y, por tanto, acreedores de un carácter antisocial y responsables de todos los males de la Humanidad (el mito de los protocolos de los sabios de Sion o la confabulación judeo-masónica para alcanzar el gobierno mundial).

Todo ello alcanzó su momento más álgido y dramático en la Alemania nazi, con todas las leyes de segregación racial y la posterior “solución final” para el tema judío. Pero el antisemitismo también echó raíces en otros países europeos: véase el caso Dreyfus en Francia, en el que un capitán judío del ejército francés fue falsamente acusado de traición por el Estado Mayor, los pogromos en la Rusia de los zares por su apoyo a los movimientos comunistas y la posterior persecución judía en la Unión Soviética, o el apoyo de los aliados títeres del régimen nazi durante la II Guerra Mundial.

Librería antisemita en la rue Vivienne de París en 1901, fotografía publicada en Almanach de la Libre Parole en 1902.
BNF / Gallica

Francia como ejemplo del nuevo antisemitismo

La concienciación internacional con el drama del Holocausto tras la guerra debilitó los movimientos de odio antijudío, y se fomentaron las reflexiones sobre los odios históricos hacia este pueblo, sobre todo desde diferentes instituciones cristianas (incluso el papa Juan Pablo II calificó al antisemitismo como un pecado).

Pero en las últimas décadas nos encontramos, fundamentalmente en Europa, con un rebrote de estas corrientes, siendo el caso de Francia, la patria de los derechos humanos y primer país que emancipó a los judíos, en 1791, especialmente preocupante, con un incremento de las agresiones antisemitas del 75% en 2018, pasando de 311 en 2017 a 541 en 2018.

Antes del año 2000 se contaban unas 100 agresiones anuales contra los judíos en Francia y a partir de ese momento se cifran entre 250 y 1000 por año (10.600 desde principios de la pasada década, según datos del Ministerio francés de Interior).

Evolución de los actos violentos antisemitas en Francia entre 1993 y 2017.
Ministère de l’Intérieur. Francia.

Basten algunos ejemplos:

  • cruces gamadas sobre las lápidas del cementerio judío de Quatzenheim (Alsacia);

  • pasquines en los buzones de algunos barrios de París con cruces gamadas sobre el retrato de la expresidenta del Parlamento Europeo, Simone Veil, superviviente de Auschwitz;

  • ataque a una escuela judía de Toulouse, en 2012, con tres niños asesinados;

  • asalto a un supermercado kosher en 2015, con cuatro víctimas entre los rehenes;

  • asesinato en su domicilio de Mireille Knoll, una anciana de 85 años superviviente también de la Shoah, por su “pertenencia a la religión judía”;

  • negacionismo y saludos nazis de algunos integrantes del movimiento de los “chalecos amarillos”, con insultos antisemitas, incluso dirigidos al Presidente de la República, Emmanuel Macron, en recuerdo a su pasado como trabajador de la banca Rothschild, o al intelectual y académico de origen judío Alain Finkielkraut.

Desde el fin de la Guerra Mundial no se había asesinado a ningún judío en Francia sólo por su condición, pero desde 2004 ya se contabilizan 14 casos.

Imagen de la política francesa Simone Veil, superviviente del Holocausto, sobremarcada con una esvástica, en un buzón de correos de París, el 11 de febrero del 2019.

El rastro del antisemitismo en otros países

Aunque sin tanta relevancia, también existe evidencia de este rebrote del antisemitismo en otros países europeos, sobre todo alentados por movimientos fascistas y neonazis, como sucede en Alemania e Italia.

En otros casos es incluso auspiciado por las propias instituciones, como los Gobiernos de Polonia, con su proyecto de ley sobre el “Holocausto polaco”, o Hungría, que niega la participación de la burocracia de su país en el programa de exterminio nazi.

De acuerdo con un estudio realizado por Pew Research Center sobre el antisemitismo en Europa del Este, el porcentaje de la población que no concedería la ciudadanía a los judíos sería del 14% en Hungría, 16% en Grecia, 18% en Polonia, 19% en la República Checa, 22% en Rumanía y 23% en Lituania.

Por otro lado, según una encuesta realizada en 2018 por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Comisión Europea, el antisemitismo es percibido como un gran problema por el 65% de la población de Francia, seguida de Alemania y Bélgica (43%), Polonia (39%) y Suecia (35%).

Una reflexión sobre las causas actuales del antisemitismo en Europa

Ante este panorama, cabe preguntarse cuáles son las causas de este resurgir del antisemitismo en Europa. Podríamos resumirlas en cinco:

  1. Un renacimiento de los milenarios prejuicios sobre los judíos, enmarcado en las corrientes negacionistas del Holocausto, y sobre la base de un déficit manifiesto del nivel cultural de las nuevas generaciones. Con el fallecimiento de los últimos supervivientes del Holocausto, el testimonio directo de su memoria se va perdiendo. A título de ejemplo, la mayoría de los jóvenes franceses desconocen qué fue la redada del Velódromo de Invierno, triste episodio de colaboracionismo durante la Ocupación nazi, y un 36% de ellos cree que “los judíos tienen una relación especial con el dinero”, según un sondeo de 2012 de la empresa CSA. Esto, probablemente, sea extrapolable a la juventud del resto de países europeos.

  2. El irresoluble conflicto entre el Estado de Israel y Palestina, especialmente utilizado por musulmanes y parte de la izquierda europea, que enmascaran el odio antijudío como antisionismo fanático, confundiendo al pueblo judío con las políticas de determinados gobiernos de Israel. De hecho, existe una correlación estrecha entre los momentos álgidos del conflicto palestino-israelí y los repuntes de actos violentos antisemitas en Europa.

  3. El auge de la ultraderecha en toda Europa, en cuyo patrimonio ideológico está siempre presente el antisemitismo y el negacionismo. Un ejemplo de ello es la adhesión de algunos seguidores de los “chalecos amarillos” al humorista Dieudonné M’bala, afín al Frente Nacional, que inventó la “quenelle”, ese gesto que se realiza apuntando un brazo hacia abajo en diagonal con la palma de la mano boca abajo, mientras se toca el hombro con la mano contraria, y quien ha manifestado públicamente su odio a Israel y a los judíos. El problema es la falta de respuesta a estas conductas por el resto del movimiento, lo que hace que se tornen en cómplices.

  4. El posicionamiento antisemita de parte de la ultraizquierda y de los populismos, que se han olvidado de la lucha de clases y la han reemplazado por la de las razas, hasta el punto de propiciar absurdas reuniones “sin mezcla de razas”, fomentando así un paradójico antirracismo neorracista, de corte claramente antisemita. Parte de los “chalecos amarillos” se han posicionado también en este sentido y han realizado pintadas con la palabra “Juden” (“judíos”, en alemán), en algunos almacenes de París, siguiendo la estela de las hordas nazis durante el triste episodio de “la noche de los cristales rotos”.

  5. El desarrollo de las nuevas tecnologías también ha contribuido. Bajo el anonimato que proporciona la red y su carácter apátrida, el ciberodio se está expandiendo de una forma imparable y a una increíble velocidad. Sin contrastar ninguna fuente, pues sus usuarios apenas recurren a los medios de información clásicos (periódicos, radio, etc.), en internet proliferan los mensajes de complots y contubernios de base antisemita. Un ejemplo es el caso del multimillonario y filántropo Georges Soros, de origen judío y húngaro, arquetipo de líder de confabulaciones judeo-masónicas que pretenden cambiar el orden político, y que ha sufrido una campaña de desprestigio alentada por el primer ministro húngaro Viktor Orban, bajo el lema “No dejes que Soros se ría de ti”.

Cementerio judío de Quatzenheim, cerca de Estrasburgo, con tumbas vandalizadas con símbolos nazis. (Quatzenheim, Francia, 20 de febrero de 2019).
Hadrian / Shutterstock

La falta de control en la red en relación a los delitos de odio está motivando la exigencia de un cambio legislativo en la Unión Europea, tal como se ha propuesto recientemente en la Conferencia final del proyecto europeo Preventing Racism and Intolerance, celebrado en París, en la sede del Palais de Justice, y organizada por la Delegación Interministerial Francesa para combatir el racismo, el antisemitismo y la homofobia (DILCRAH).

El auge del antisemitismo puede corroer los cimientos básicos de la construcción europea y destruir sus históricos pilares.

Entre los grandes valores de la Unión Europea, recogidos en el Tratado de Lisboa y en su Carta de los Derechos Fundamentales, se encuentra el derecho a no sufrir discriminación por origen racial, étnico, o de religión, y la inviolabilidad de la dignidad humana. Debemos luchar para que estos principios sigan vigentes y Europa no vuelva a entrar en una edad oscura y fría, y combatir cualquier tipo de odio, como es el antisemitismo, frente a los intolerantes y fanáticos, pues, como decía el gran literato francés Victor Hugo, “cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

Ir a la fuente
Author: Francisco López-Muñoz, Profesor Titular de Farmacología y Director de la Escuela Internacional de Doctorado, Universidad Camilo José Cela