Una cotorra argentina (‘Myiopsitta monachus’) en un parque de Madrid.
Dailos Hernández-Brito, Author provided

Dailos Hernández-Brito, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Al pensar en especies invasoras generalmente nos vienen a la mente aquellas que causan problemas a los ecosistemas que invaden y a las especies nativas con las que forzosamente coexisten.

No es casualidad. Los graves impactos de las especies invasoras se han abordado en un gran número de estudios científicos. Consecuentemente, se han ganado por méritos propios el luctuoso honor de ser una de las principales amenazas para la conservación de la biodiversidad global.

De sobra son conocidos sus impactos en las especies nativas, como la depredación, la competencia, la hibridación y la transmisión de enfermedades.

Fuera de esta evidente faceta negativa, todavía se desconocen en gran medida los efectos positivos que irónicamente benefician a la comunidad nativa. Toda especie muestra una amplia gama de interacciones tanto con el ambiente que ocupa como con las comunidades que integra. Y las especies invasoras no son una excepción.

¿Perjudiciales o benefactoras?

La lista de interacciones positivas identificadas no es baladí. Incluye la facilitación de recursos como alimento y refugio, además del favorecimiento de la polinización y la dispersión de semillas. Todas ellas benefician a ciertas especies nativas y pueden acarrearles efectos positivos a escala poblacional.

De esta manera, algunas especies invasoras muestran una dualidad en cuanto a sus consecuencias sobre las nativas. Pueden ser simultáneamente negativas y positivas, arrojando así una paradoja.

Esta ambigüedad de efectos alcanza una mayor dimensión ecológica cuando una invasora toma el rol de ingeniero de ecosistemas, es decir, la especie es capaz de ejercer cambios tan profundos en el ambiente que alteran la biodiversidad y heterogeneidad del hábitat.

Un ejemplo es el archiconocido mejillón cebra, cuyas grandes colonias son capaces de filtrar y clarificar velozmente el agua del hábitat que invaden. Esto es ideal para la proliferación de algunas algas y plantas acuáticas, pero a costa de la desaparición del zooplancton y otras especies pelágicas tras los cambios ambientales y tróficos desencadenados por estos pequeños invertebrados.

Así pues, las invasiones biológicas son procesos dinámicos. El balance entre sus efectos positivos y negativos en la biodiversidad cambiará en función del proceso de invasión.

La mera introducción de especies invasoras inicialmente incrementa la biodiversidad a escala local. Sin embargo, esta percepción es engañosa al homogenizarse la biodiversidad tras perder aquellas especies nativas más vulnerables a los impactos, aunque otras se vuelvan abundantes. Este escenario de ganadores y perdedores no es chocolate del loro, nunca mejor dicho para introducir el siguiente ejemplo.

La cotorra argentina y su red de inquilinos

La cotorra argentina es un loro proveniente de Sudamérica. Debido a su popularidad como mascota, se ha traficado con millones de individuos e inevitablemente se ha introducido en 27 países.

Esta ave tiene la particularidad de ser el único loro capaz de construir sus propios nidos, una estructura de ramas con cámaras internas. Estas estructuras coloniales se han convertido en una estampa habitual en su zona invadida. Pueden llegar a ser una amenaza tanto para los árboles que las soportan como para los viandantes, ya que pueden alcanzar pesos descomunales, además de causar daños en los tendidos eléctricos.

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Cedro prácticamente cubierto por una colonia de cotorras argentinas en Leganés, Madrid. Se puede apreciar varios gorriones comunes (Passer domesticus) que nidifican también en la colonia.
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En un estudio reciente de diferentes poblaciones de esta especie tanto en su zona nativa como invadida, hemos revelado que sus nidos pueden llegar a ser utilizados por más de 40 especies inquilinas, principalmente aves que nidifican en cavidades pero que no son capaces de excavarlas. De este modo, la cotorra argentina es capaz de modificar el ambiente para facilitar un recurso alternativo de nidificación, ejerciendo así el rol de ingeniera de ecosistemas.

Este aumento de la disponibilidad de nidos no fue el único beneficio para los inquilinos. También cooperaban junto con las cotorras hospedadoras en la defensa de las colonias frente a depredadores, aumentando así su eficacia antidepredatoria.

Sorprendentemente, se detectó que estas colonias en zonas invadidas albergaban un mayor número de especies y de inquilinos que en zonas nativas. De esta manera, la especie invasora beneficia claramente a algunas especies nativas.

Este efecto positivo es más patente en inquilinos ya de por sí escasos, como por ejemplo las palomas zuritas y grajillas en Madrid. Ambas especies presentan un preocupante declive poblacional en zonas colindantes, aunque esta tendencia podría estar revertiendo por el uso de nidos de cotorras.

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Una grajilla (Coloeus monedula) criando en un nido de cotorra argentina localizado bajo una antena de radio en Velilla de San Antonio, Madrid.
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Sinergias entre especies invasoras

Desgraciadamente, otras especies menos deseables son también beneficiadas, inquilinos invasores que acelerarían sus procesos de invasión. Por ejemplo, otra especie invasora de cotorra, la cotorra de Kramer, continúa expandiéndose en la isla de Tenerife gracias al uso de los nidos de cotorra argentina.

Es de esperar que las poblaciones de otras invasoras aumenten en función de su éxito reproductivo facilitado por estos nidos, lo que conlleva que también crezca la magnitud de sus impactos.

Todo se torna más oscuro cuando la cotorra argentina y sus inquilinos invasores se benefician mutuamente. Así, se desencadenan complejos de invasión que aumentan la vulnerabilidad de las comunidades invadidas.

Un fenómeno complejo pero gestionable

La complejidad de las interacciones biológicas en torno a las especies invasoras dificulta su detección y comprensión. Por eso no es de extrañar que se prioricen los esfuerzos de gestión en aquellas causantes de impactos muy graves.

No obstante, el desconocimiento del alcance real de los efectos positivos de las invasoras pueden echar por tierra los logros de su gestión. Un triste ejemplo fue la erradicación de conejos que invadían una isla australiana, que provocó temporalmente el desastroso declive de un depredador nativo, el págalo subantártico. Se eliminó su fuente principal de alimento y no se llevaron a cabo paralelamente medidas compensatorias, como la recuperación de presas nativas.

Algo similar puede ocurrir con especies raras que son inquilinas de la cotorra argentina, ya que se verían afectadas enormemente por las acciones de manejo. Con el fin de minimizar percances, la retirada de nidos de cotorra argentina tendría que ejecutarse fuera de la época de cría de estas especies más vulnerables, y conjuntamente mitigar la pérdida de sus nidos mediante la instalación de cajas nidos.

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Un pollo de paloma zurita (Columba oenas) en un nido de cotorra argentina en el parque del Oeste, Madrid.
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¿Y qué ocurre con las especies invasoras aunque beneficien a ciertas especies? Si bien la prevención y la concienciación son los pilares fundamentales para evitar futuras invasiones biológicas, poco sirven una vez establecidas estas especies. Su gestión se traduce irremediablemente en medidas eficaces de control y erradicación que deben obedecer a criterios científico-técnicos.

Sin duda los retos de las invasiones biológicas en este mundo hiperconectado pueden ser abrumadores. Pero refugiarse en ideas simplistas o erróneas para su gestión sin tener en cuenta el criterio de la comunidad científica atenta contra la conservación de la biodiversidad que concierne a todos.The Conversation

Dailos Hernández-Brito, Investigador postdoctoral en el Departamento de Biología de la Conservación, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas

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