¿Es el sentido de comunidad la mejor medicina ante la adversidad?

Rawpixel.com / Shutterstock

Ginés Navarro Carrillo, Universidad de Jaén

Tradicionalmente, se ha otorgado validez a la idea de que las situaciones de adversidad o eventos traumáticos, que suponen una verdadera amenaza a la integridad psicológica de los individuos, conducen indefectiblemente a resultados psicológicos negativos (por ejemplo, a un peor ajuste emocional).

Dicha asunción ha sido parcialmente verificada por investigaciones recientes enmarcadas en diferentes contextos de dificultad. Por ejemplo, en el marco de la crisis económica española observamos que las personas que se sentían en mayor riesgo y manifestaban una mayor preocupación por su situación económica mostraron un menor bienestar psicológico debido, en parte, a sus mayores niveles de incertidumbre percibida.

Aunque el estudio de los efectos perjudiciales a nivel individual de diferentes fuentes de amenaza o vulnerabilidad (crisis económicas, catástrofes naturales…) ha ocupado una posición predominante en el ámbito de investigación psicosocial, lo cierto es que, paralelamente, resulta pertinente preguntarse lo siguiente: ¿pueden dichos eventos desfavorables desencadenar respuestas colectivas de naturaleza constructiva?

Respuestas constructivas ante la adversidad

Existen numerosos ejemplos que apoyan la idea de que las situaciones de dificultad, lejos de fomentar de manera exclusiva y generalizada la expresión de comportamientos individuales basados en la competición descarnada, tienen el potencial de acrecentar los lazos sociales, la cohesión de la comunidad y las tendencias de corte prosocial.

Considérese la articulación de redes espontáneas de solidaridad social al servicio de, por ejemplo, los/as damnificados/as del terremoto de magnitud 7,1 que tuvo lugar en México en 2017 o, más recientemente, de los/as vecinos/as del madrileño barrio de Aluche que atraviesan una situación de pobreza a consecuencia de la crisis socioeconómica derivada de la pandemia de coronavirus.

Los resultados de investigaciones empíricas van en la línea de los ejemplos antes referidos. Así, en un estudio llevado a cabo con supervivientes de distintas situaciones de emergencia (incendios o atentados) se reveló que la identidad social compartida que afloró entre la multitud facilitaba la expresión de comportamientos cooperativos.

Más recientemente, en una investigación –llevada a cabo antes de la irrupción de la crisis del coronavirus– en la que utilizamos diferentes aproximaciones para poner a prueba la relación entre la percepción de amenaza económica y el comportamiento, encontramos que los individuos que se percibían más negativamente afectados por el contexto económico nacional presentaron una mayor inclinación a expresar diferentes comportamientos de ayuda.

Cabe señalar que dicha tendencia de conexión social no se circunscribía exclusivamente a personas que se encontraban en una situación similar, sino que se singularizó por poseer un carácter generalizado.

Además, también hallamos que los sentimientos de compasión hacia los infortunios de los demás contribuyeron a explicar parcialmente el porqué de esta tendencia prosocial. Es decir, las personas más adversamente afectadas por la situación económica española mostraron una mayor sensibilidad ante el sufrimiento de los demás y esto, a su vez, se vinculó a una mayor expresión de comportamientos de ayuda.

Vecinos colaborando en las tareas de rescate tras el terremoto que afectó a Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017.
Sara Escobar / Shutterstock

Una estrategia eficaz

Si las situaciones que representan una fuerte amenaza psicológica para los individuos, tal y como se ha expuesto, pueden asociarse a un reforzamiento del sentido de comunidad a través de la expresión de comportamientos de orientación prosocial, resulta ineludible preguntarse entonces por la función específica de este tipo de comportamientos.

Una posible explicación pivota en torno a la noción de que los comportamientos orientados a los demás constituyen una estrategia adaptativa para afrontar de forma más eficaz los estresores asociados a amenazas externas. Es decir, se ha planteado que la creación de una identidad colectiva y la expresión de comportamientos prosociales en el marco de un entorno adverso permite la creación de redes cooperativas que favorecen un mejor afrontamiento comunitario.

Aumento del bienestar personal

Dicha explicación se sustenta también en trabajos previos que indicaron que la participación en actividades colectivas de afrontamiento tras un acontecimiento social traumático (por ejemplo, un terremoto) se asocia a mayores niveles de bienestar social y que el comportamiento prosocial aumenta el bienestar personal.

En suma, la evidencia revisada indica que, más allá de la competición y la lucha por la supervivencia individual, los eventos que suponen una considerable amenaza psicológica pueden contribuir a generar una identidad social compartida y fomentar la expresión de comportamientos de orientación prosocial que fortalecen el sentido de comunidad y, con ello, el bienestar personal y social.

Por consiguiente, promover una identidad colectiva y el sentido de la comunidad en momentos de inestabilidad y vulnerabilidad como los actuales se revela como una estrategia adecuada de afrontamiento.The Conversation

Ginés Navarro Carrillo, Profesor e investigador en el área de Psicología Social, Universidad de Jaén

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.