Ruje el viento loco, como cuando invita a las gentes del Ampurdán a saltar por los barrancos,  al igual que a   los portugueses de Marvao  a hacerlo  desde lo alto de las murallas de su cerco y su castillo, las calles se quedan vacías y las puertas atrancadas esperando que pase la que no se anuncia.

Esta noche las luces no titilan, no pueden, simplemente corren despavoridas, se balancean se estremecen y después de un destello de chispazo se apagan. El silencio no impuesto del toque de queda o se queda simplemente en el toque del silbido del  aire, el tilín de los platos que colgados en las paredes de la casa me harán olvidarme del sueño. Sueña y sueña que los vientos se llevan las nubes que como colcha que nos protege del frio, de esas palomas blancas que se posan los últimos días del año y los primeros días del invierno.

Cuando el viento no para y el frio arrecia dicen que las palomas son negras, como la misma muerte negra, porque no se ve en la noche pero acaba con lo poco que en el campo queda.

Cuando la luna mengua,  el termómetro se esconde por la parte inferior del tubo de cristal que contiene el alcohol tintado  que  también cobarde huye, como si con huir subiera la temperatura y desapareciera el peligro de la helada nocturna.

Las lonas de las velas se rajan a lo largo y desgobiernan al marinero, el barco ya sin control sube y baja las olas que lo arrastran hasta las rocas.

Entra miedo de pensar la noche sin noche, solo y sola, las tejas se levantan, el mochuelo  no se atreve a abandonar su hueco de fortaleza para buscar alimento para sus pequeños, ¡ roedores se ha decretado la tregua!  Hay paz, pero no es noche ni de paz ni de amor, ni siquiera vuelve el silencio.

Bella quiere despedir un año estúpido que nunca debió existir, ni siquiera en la mente de algún loco, pero no el sombrerero loco no ha sido, ni siquiera la reina de corazones  que está pérdida en el laberinto del sueño.

Las voces de la lejanía se extienden como si fueran próximas a mi oído, de vez en cuando un remolino arrastra las hojas que acaban desnudando las pocas hojas que tapaban las humanidades del árbol, ya casi muerto y esperando que pronto vuelva a correr la savia por sus venas para hinchar las yemas que volverán a revivir hojas en primavera.

Con este tiempo  se acumulan las horas de frio para que vuelva la fuerza,  seguiré creyendo que tendremos esperanza.

Dicen en mi tierra, cuando deja de rugir “el aire se echa”, como si se fuera a la cama para dejar descansar al caminante que en las noches de aire y tormenta oculta sus ojos  para no sufrir las heridas que producen las arenas finas y los polvos.

Cuando caminas por las dunas los ajos averdagaos de las mujeres tuaregs se protegen con sus turbantes azules, que acaban por confundirse con la arena del desierto, ellas cuando se aproxima la tormenta si no están junto a su “ jaima”   hacen tumbar los camellos y esconden sus menudos cuerpos entre las patas y la barriga del animal,  rezan al dios Eolo para que la tormenta amaine.

Ronda ronda quien no se haya escondido que se esconda. Pero no os escondáis detrás de mí, no merece la pena, el conejo blanco se escondió en la chistera  y el gusano azul sigue fumando narguile son sabor a fresas y cáñamo, así seguiremos sin reparar el reloj  que sigue acertando la hora exacta dos veces cada día.

Esta noche la sinfonía y su sinfónica son de viento madera o de viento metal

Y la primavera parece que tampoco quiere quedarse, las rosas de Alejandría  que perfuman y visten de rosa morado los campos de las tierras básicas y calcáreas pierden sus pétalos arrancados por la lluvia.

Las jaras que vistieron de blanco amarillento las dehesas, con sus insectos ficticios posados sobre ellos, libando néctar tampoco esperaran más tiempo.

Mi sombrero empapado de estar al raso bajo las garras de “Lola”, de pensar porque ahora y porque las gentes de las cerezas rojas tendrán que sufrir de nuevo su inclemencia. Triste destino el de los que son pobres, “que barato vale el pescado” después de cada naufragio.

Esta noche no puedo recitar el nombre de mis estrellas, no están, ellas también me han abandonado, así que no podré encontrar el camino de la mía, ella  me ha dado el arma y me ha dicho salta desde lo alto de tu castillo, Alicia tiene derecho a ser feliz.

Esta noche cuando comience la lluvia, no me gustaría estar para verla, quiero que una ráfaga de aire de primavera arranque mi sombrero y mi cabeza porque en definitiva ¿A quién le importara un sombrerero loco?

Jose María Rodriguez Santa