“Ha llegado el momento de ir a clases de Facebook, a talleres de Twitter y TikTok, prácticas de Instagram o exámenes de WhatsApps o Telegram. La alfabetización mediática en todos los niveles de edad se revela ahora imprescindible para proteger una democracia y evitar que la segregación digital siga avanzando. Necesitamos conocer el corazón y las tripas de las plataformas y la forma en que impactan sobre el comportamiento social, familiar, emocional o electoral; comprender cómo el espacio cívico en el que nos informamos y debatimos ha mutado. Convendría, en fin, redefinir los contornos del nuevo ecosistema y decidir, de nuevo, con conocimiento de causa” (Carmela Ríos)

   Cada vez existen mayores dificultades en trascender el significado de la tecnología digital –y de la ideología que encierra– para superar la función de puro entretenimiento o soporte de los más variados negocios y lograr desenmascarar las realidades virtuales –las falsas noticias, las mentiras interesadas, las manipulaciones éticas…– que se difunden en el inconsciente colectivo con el agravante de bloquear la posibilidad de analizar con un mínimo de objetividad y método científico las consecuencias ecológicas de estas visiones distorsionadas y de la urgente transición hacia unas relaciones con el medio ambiente mucho más respetuosas y preventivas ante los graves riesgos que nos amenazan.

   Estas sutiles y nuevas formas de alienación –es decir de secuestrar la voluntad de pensar y decidir por nosotros mismos al margen de presiones externas– están perfeccionándose aún más en torno a la aparición del Metaverso, un aún más sofisticado mundo virtual en torno a Facebook, Instagram, Whatsap, Google, Nvidia y Microsoft que ya se ha instalado en el mundo literario y cinematográfico    e invadido los videojuegos, el teletrabajo y las videoconferencias inspiradas en la Inteligencia Artificial o en los algoritmos más sofisticados para perfeccionar los  sistemas de explotación de los trabajadadores o diluir las relaciones sociolaborales de la dimensión presencial mediante el engaño de la teletransportación –con el teclado y el ordenador como mágicos instrumentos de sublimación liberadora–– a un mundo virtual supuestamente nuevo como realidad alternativa a los límites materiales e intelectuales en que vivimos para lograr la libertad de creación que no conseguimos alcanzar –”la culpa siempre la tiene el gobierno” y “el infierno son los otros”– frente a las miserias y debilidades de la vida cotidiana.

   Esta es, pues, la revolucionaria oferta del Metaverso, capaz de seducir a los usuarios –que, como indígenas digitales, ya han ido abriendo el camino a estos agentes de la vanguardia tecnológica– con su mundo de fantasías sinérgicas que no dejan de interactuar en todos los ámbitos –el ocio, el estudio, el trabajo, el amor…–, incluidos, por supuesto, los pagos reales o los señuelos cibernéticos de las criptomonedas  que han venido rodeando el tráfico de datos con el que se han amasado las grandes fortunas de Jeff Bezos (Amazon), Elon Musk (Tesla y Twitter), Bill Gates (Microsoft),  Kevin Johnson (Starbucks)…, los nuevos astronautas o descubridores de los confines de la estupidez humana.

   Pero ante este panorama ¿cuál es la significación de herramientas tan poderosas como Pegasus, la punta del iceberg del ciberespionaje del malware   –nada de software inofensivo– del que tengamos conocimiento? Más allá de la violación de los derechos humanos que encierra la lectura de los mensajes de texto o llamadas privadas, la identificación de las contraseñas,  la localización de movimientos por GPS, el acceso a fotografías íntimas, o acceder a aplicaciones y redes sociales, infectar móviles, programas y ordenadores  aprovechándose de las vulnerabilidades de los sistemas operativos, el mayor peligro está en el reforzamiento del capitalismo de vigilancia y el control sobre los individuos por un nuevo Gran Hermano que no dudará en utilizar nuevos virus y sistemas de seguimiento o interferencias para mantener su hegemonía y dominio económico, social,  político e ideológico sobre los rebaños de consumidores en que nos están convirtiendo .

    Es necesario y urgente, por tanto, ante vigilancia tan intensa, replantearse la legitimidad de las actividades del Estado en una democracia para controlar los poderes establecidos y las cajas negras de los Estados a los que resulta fácil abusar de sus nunca mejor llamados súbditos, con la complicidad de las empresas privadas que han permanecido calladas –desde el propio grupo NSO, inventor del Pegasus, hasta los nuevos protagonistas del Metaverso–, incluidas sociedades con fuertes vínculos estatales como lo es el Grupo israelí. y muchas otras de procedencia  italiana, estadounidense, británica, alemana, rusa y china con programas cada vez más avanzados. incentivando una industria de criminales informáticos enfocados en identificar vulnerabilidades, no para superarlas o eliminarlas, sino para explotarlas con fines de ganancia personal sin que –y esto es verdaderamente trascendental– se haya ido estableciendo un control judicial eficaz, rápido e igualitario, dotado de los medios humanos y los recursos económicos y tecnológicos suficientes ante la extorsión, el chantaje y los ataques reputacionales, físicos, legales o mortales que han utilizado –y siguen utilizando Pegasus  y otras armas digitales– para defender intereses perversos e inconfesables

 Emilio Carrera.