Difícil trabajo tenía Favreau con esta serie. «The mandalorian» , su anterior obra, ha sido un éxito de crítica, público y fans. Una obra canónica entre tanta basura que nos ofrece Disney. En «The mandalorian» no se respiraba esa decadencia doctrinaria y pesetera de los Kennedy, Abrams y Johnson. Favreau, junto a Filoni, consiguió insuflar vida a una franquicia muerta e ilusionar al fandom. Por eso, no lo tenía nada fácil.

Primero, Favreau tenía que crear una obra distinta a la anterior. Distinta. No podía ser un clon de «The mandalorian». Ambos visten igual. Hay que diferenciarlos. Así que opta por redefinir a Boba Fett, lo que logrará jugando con su historia y experiencias tras salir del Sarlacc. Para mí, un acierto. Y si el mandaloriano jamás nos enseña su rostro, Fett hará lo contrario. Otro acierto. Al fin y al cabo, no es un mandaloriano, sino el hijo de uno de ellos, no formado en el culto de ese pueblo. Otro acierto.

Los tres primeros episodios son arriesgados y muy cinéfilos. Favreau busca referencias que los que tenemos una edad identificaremos. Filmes de aventuras pero con algo más. El primero claramente es un homenaje a «Un hombre llamado caballo»(1970), algo ya señalado por gente cinefila. Así, veremos como Fett es tratado como un animal de carga y lucha en comprender a los Tusken y ser respetado por ellos, para acabar siendo admitido en su tribu como uno más. El segundo episodio nos retrotrae a «Lawrence de Arabia»(1962) , y los Tusken pasan de ser los pieles rojas del primer episodio a una tribu de beduinos. La planificación del ataque al tren y su ejecución es un claro homenaje a este filme, así como su asimilación y comunión con ese pueblo. Si Lawrence vestía su traje blanco de beduino, Fett vestirá las túnicas de los Tusken. Y el tercer episodio, el más vilipendiado, pienso que acude a ofrecer u homenaje a los mangas y animes cyber-punks japoneses, con una pandilla de cyborgs de curiosos equipos, que lucen motos de colorines básicos, que recuerdan, porqué no, a los power-rangers ¿un guiño al público nipón?

Favreau bucea en el universo Star Wars. Nos dota de alma y cultura a los moradores del desierto, amplía el conocimiento de la sociedad de Tatooine, de su relación con los Hutt, es tremendamente respetuoso con el canon, replica a personajes y decorados, nos devuelve el palacio de Jabba el Hutt, en una copia milimétrica. Y el desarrollo del carácter de los personajes y su interrelación es realmente acertado. No deja de recordarme a «El hombre que pudo reinar»(1975); donde dos aventureros pretender dominar una región inhóspita del Indostán en la época del Imperio Británico, un clásico de aventuras. Otra referencia cinéfila más.

Me quito el sombrero ante Favreau. Él si ama a Star Wars. Y es un magnífico creador de mundos.

Los episodios 4, 5 y 6 bucean en el Universo Star Wars que amplió Dave Filoni en su serie animada «The clone wars» y el «The Mandalorian». Y hay que reconocer que los episodios 5 y 6, además de ser puro fan service, son una delicia, tanto en las historias narradas como en la dirección. Y tendremos personajes invitados de ambas series. Un orgasmo. Son de esos episodios que te llevan a volver a creer en Star Wars. ¡Ojalá no existiese la tercera trilogía! ¡Que daño hizo! En cuanto a la aparición de Cad Bane, es un homenaje al clásico de Leone «Hasta que llegó su hora» o en la distópica «El sicario de Dios».

El episodio 7, es un buen episodio conclusivo pero no alcanza en emotividad fanservice a los episodios 5 y 6, aunque sí toca el corazoncito con el reencuentro entre Groggu y el Mandaloriano. Volvemos a tener referencias cinéfilas, así el combate en esa ciudad, a pie y emboscados, no deja de recordarme al excelente «Black Hawk derribado» de Ridley Scott, donde unos marines asediados deben sobrevivir en las calles de Mogadiscio asediados por los clanes somalies. Y por supuesto hay un homenaje a Leone y su «Hasta que llegó su hora» en cuanto al duelo, otro, muy evidente, a «King Kong» e incluso una escena calcada a «Cocodrilo Dundee» entre Groggu y el Rancor. Episodio completamente disfrutable.

Patxi Álvarez