Desaparece INTERVIÚ

Hubo un tiempo que no conocí (pero frecuenté en hemerotecas) en que Interviúdaba el campanazo periodístico de la semana aderezando la metralla con una dama vestida de desnudez en la portada. Entonces el periodismo aún zumbaba contra los muros de la patria mía de un modo violento y los semanarios eran el géiser de los lunes, el resoplar de la ballena para las redacciones. En aquella revista escribían algunos hombres y mujeres que traían la ráfaga insolente de otra cabecera necesaria, Triunfo, más severa y matinal. Interviú nunca perdió un rumor de papel noctámbulo a plena luz, con lencería en color o un confeso erotismo fin de siècle y naïf.

Aprendí a leer reportajes bravos en sus páginas. Tener cerca un Interviú a los 17 era otra forma deslumbrada de leer periodismo y excitarse a la vez apurando las hojas centrales con demora, como si al llegar a la última foto cayese una tremenda persiana. Leer y masturbarse, quise decir. La adolescencia tardía es generosa en hacer cuerpo con el cuerpo. Nada había más hermoso que llevar en la carpeta un ejemplar y dejar a la vista una esquina reconocible en el Metro. Se parecía a fumar a destiempo. Allí escribieron Cela, Vázquez Montalbán, Emilio Romero, Umbral, Vicent, Raúl del Pozo, Cándido, Claudín, Martín Ferrand, Juan José Millás. Y de otro modo Sabina. Y Ángel Antonio Herrera como el doncel de la cueva. De los mayores saqué algunas conclusiones que quizá olvidé, pero que practico por inercia. Una página impresa es un altar sagrado o un demonio quieto.

Ahora que Interviú ya no volverá a los escasos quioscos, el impacto del oficio despierta algo más menguado. El reporterismo valiente que alentó es una micebrina de energía. Algo más que una escuela. Queda en la memoria el bullebulle de los artículos cuidados y las exclusivas de torcer mandíbulas. Fue el desafío a unos años de misa de 12 y alma de tergal. Apareció en 1976, con el viento solano. Interviú era el buzoneo de una libertad a estrenar. Y era la falta de complejos. La insignia del coraje. El suyo fue otro tiempo y las portadas respondían al sanisidro anfetamínico del todo por hacer. Con el tiempo ha demostrado ser una rigurosa lucecita de alerta. Mitológicamente dispensaba calentones de baja intensidad (que entonces parecía mucho voltio). Realmente era una forma de denuncia envuelta en transparencias. Un necesario puente del callar al decir. Ahora que sufrimos tanto desperdicio y oscuridad (ayer asomó Rato y su náusea) nos apagan otro quinqué. Suerte, compañeros. Y gracias.

Escrito por Antonio Lucas en http://www.elmundo.es