La tierra cántabra es suma de muy variados factores. Sobre la faja costera marítima común al Norte de España baja y aún se desploma un graderío impresionante de montes que entre hermosos valles interiores franquean los 800 metros del borde norte de la meseta castellana en unos 50 kilómetros de fondo. Las cimas rozan los 2.500 metros y tras los montes está la banda ondulada de los valles del Campóo que tocan Castilla y los Campos Góticos. Más lejos tras Asturias, León.

Tres mares esperan a sus ríos. Unos hacia el Duero y el mar lusitano. Otros hacia el Cantábrico, el mar ancho. El Ebro hacia el Mediterráneo. Como grupo humano los cántabros han vivido y convivido con vascos y asturianos y con los castellanos del páramo. Con tres variedades humanas distintas y muy profundamente diferenciadas.

También han guerreado-convivido con las sucesivas olas del mundo romano, del mundo germánico y del mundo árabe.

En las antiguas culturas aparece la ambivalencia. Una fusión de cultura agrícola matriarcal y cultura pastoril patriarcal.

Por las instituciones predomina el régimen matriarcal. Por la economía, sobresalen las formas pastoriles patriarcales. Los mareantes y marinos acusan siempre formas predominantemente viriles.

Como «nación» clanes y tribus cántabras participan del fondo común propio a galaicos, astures y vascos y como ellos son parte del mundo celta. En Cantabria lo celta rompe la continuidad cántabra dándole una discontinuidad muy característica.

Pronto aparece la mayor singularidad de Cantabria. Su legendaria resistencia a Roma. Hasta Augusto prosigue el combate que sólo se extingue con el exterminio de Cantabria consumado por Agripa. Y sólo 100 años después vemos cántabros en las filas romanas pero vigilados muy de cerca y confinados en los ejércitos provinciales del confín oriental euroasiático. Mientras, en Cantabria pacificada, sólo los menores de edad escaparon al exterminio, romanización y urbanización fueron delgado barniz. Tampoco el primer cristianismo, esencialmente romano, enraizó en Cantabria.

Tampoco enraizan los germanos aun al precio de destruir Amaya. Y en el siglo octavo el empuje árabe arrincona a los castellanos contra Cantabria y Asturias. Y se produce la segunda singularidad cántabra. Con la fusión de castellanos de la meseta desaparece Cantabria antigua.

La nueva será otra cosa totalmente distinta que sin dejar de ser Cantabria habla, piensa y se organiza en la original forma del Condado de Castilla. Por acá está otra clave de la ambivalencia cántabra.

Marismas de Castilla. El mar medieval es para Cantabria un pequeño universo, franco y anglosajón. Una reducción europea de la expansión marítima de Castilla hacia el mar latino. Un ensayo de lo que en el Renacimiento será la aventura americana, primero navegante, después y más acentuadamente desde el siglo XVIII, comercial.

La capacidad comerciante del Santander moderno reside tanto en las antiguas Marismas de Castilla, como en los solitarios carreteros que día a día franqueaban los puertos de Castilla, hacia el mar. La ambivalencia cántabra, la mujer en la casa y en el prado-huerto; el hombre, por esos mundos, con su carro o con su nave.

Hombre y mujer, reservados hasta la timidez. Orgullosos e independientes en su vieja hidalguía. Siempre solos, desamparados, como hombres primigenios. Emigrantes constantes en América, en Andalucía, en Madrid. Siempre fieles a la tierra en que nacieron.

Siempre trabajadores. Capaces de hacer el moderno Santander desde la villa que hace dos siglos sólo tenía 225 vecinos y medio. Y todo el campo actual y las populosas ciudades heredadas afanosamente del tiempo medieval dan hoy una compacta densidad sólo aclarada en el valle del Campóo donde éste linda con el páramo burgalés.

Viajes, ausencias, soledad activa, nostalgia vivida más que sentida. Así canta su poeta ciudadano Amós de Escalante:

Vago acento del pálido horizonte,

como el agua hecha nube

de la marina al monte,

de cauce en cauce, de hoja en hoja, sube…

(Poesías: En la montaña)

 Tarde y en vano ya mi engaño advierto,

¡musa del Septentrión, melancolía ¡,

 cansada el alma, declinando el día,

sin favorable mar, ni rumbo cierto.

              (Poesías: Marinas)

 En el siglo XIX se acentúa la influencia de la zona marítima sobre el interior de Cantabria. Con la guerra de la independencia y los acontecimientos de dicho siglo se acentúa el papel preponderante de la ciudad de Santander que viene a ser el escaparate y la bandera de Cantabria.

Lo que si beneficia efectivamente a dicha ciudad hace perder a la provincia parte de sus matices. Así encontramos en el fin del siglo en las minorías cultas santanderinas una negativa a asimilar y a depurar, recreando cultamente, todo el tesoro que yace escondido en cada valle interior.

Solamente al final del siglo Santander descubre algo del escondido mundo montañés. Y en nuestro tiempo con harto retraso respecto a la valoración se empieza a admitir la existencia de un folklore musical montañés distinto desde luego al vasco, diferente en evolución si no en origen al astur y fuertemente entroncado con el leonés medieval y castellano.

Lo que es evidente es que en el interior de la Montaña y en las comunidades marítimas locales siempre se ha cantado y se ha danzado con características distintas o dispares al resto de la Península.

Dada la intensa vida de relación de la Montaña con Castilla es lógico que un cancionero de Castilla la Vieja incluya canciones y danzas de Santander, en aquellos ejemplos en que la comunidad de vida y las formas culturales son comunes a castellanos y montañeses.

Pero ello no es obstáculo para que pueda y deba darse un Cancionero de Santander en donde se agrupen todas las modalidades de esa tierra puesto que no todas son castellanas, ni astures, ni vascas. Esta es la razón mayor de nuestro Cancionero.

Son notas comunes con Asturias el poder conservador del Cancionero Montañés. A los que ayudan la separación, soledad e intimismo cultural de dichas áreas geográficas. Con la ventaja conservadora que ha permitido a través de Asturias y de Santander recuperar temas de la vieja tradición castellana que el Condado de Castilla no supo o no quiso conservar.

Se compensa con esta virtud la relativa pobreza que sufre el canto popular montañés, predominantemente aldeano, al no sufrir la bienhechora acción del mundo cortesano de las pequeñas pero muy activas cortes castellanas feudales. Lo que para el Cancionero Castellano ha sido una fuente de riqueza.

Tampoco los temas de la Montaña se benefician de la reelaboración culta de nuestros poetas del siglo de oro.

Tan sólo la tradición eclesiástica es patente en los cantos de Santander, si bien la cristianización de Cantabria medieval fue retrasada, de acción muy lenta y de características muy locales ajenas a las homólogas del mundo exterior montañés.

En el siglo XIX, la tradición eclesiástica se refuerza, sin perder sus características locales.

Los cantos responden en la Montaña a la siguiente temática: CANTOS INDIVIDUALES CAMPESINOS, tanto de las distintas faenas del campo como CANTOS MOLINEROS y CANTOS DE CARRETEROS. CANTOS DE MONTE, muchos de clara influencia Astur. TONADAS DE RONDA y CANTOS DE ROMERIA y al fin los CANTOS MARINEROS.

Dos originalidades hay que son formas modernas del viejo feudalismo: LAS MARZAS, cantos de petición, que si por una parte pueden estimarse villancicos por otra es una forma social típica de Santander por la cual los cantores entran en las casas y asocian a la familia propietaria a su ingenua dramatización; y LOS PICAYOS, originales cantos de elogios.

Ambas formas mezclan en su referencia a quien los oye el respeto y el donaire de una sociedad en que la independencia y la igualdad son norma.

Incluimos también danzas y bailes. Estos en sus dos variantes más notables: «A lo alto» alegres, rápidos cercanos a la jerigonza castellana y asturiana y a la seguidilla y «a lo bajo» que son recreaciones campesinas de formas más cultas.

En general los bailes montañeses, como muchos norteños, llevan letra, pues en realidad son una forma intermedia de copla bailada.

Las danzas por el contrario son silenciosas y las montañesas menos gimnásticas y más plásticas que las vascas. Como ellas y como las asturianas suelen intercalar en el silencio rítmico, gritos o palabras sin significación alguna.

Con sus cantos Santander da una fiel imagen del mundo creador. Son alegres en la expresión melódica, recatados en los sentimientos y expresivos en su resolución.

En todos ellos está presente la ausencia inmediata o futura de aquel a quien está cantado. Su resolución alcanza mucho de esa melancolía que canta Amós de Escalante como resumen del mundo de la Montaña, solo, paciente y activo situado en una esquina del mundo entre la inmensa soledad del mar que se mueve, y la otra, del mar de Castilla petrificado.

Como en el canto: «No vayas paloma al monte» «Paloma, vente conmigo»…

Este texto fue recogido en el programa AL SON DEL RABEL de ALTAMIRA M RADIO RABEL