No me lo puedo creer. Las tres únicas temporadas de la magistral serie Deadwood han llegado a su fin y nunca jamás podré volver a ver los devenires de los emblemáticos personajes que han aparecido en todos y cada uno de sus episodios, transmitiendo rechazo, aceptación, amor, odio, ternura, despotismo y un sinfín de calificativos que el servidor que escribe estas líneas no tiene la ocurrencia de expresar, debido a que el final de esta serie me ha dejado tocado, hundido, confundido y lleno de incredulidad al no aceptar que una de las mejores producciones que he visto en mi vida no haya tenido la oportunidad de expresar su calidad durante más temporadas.

Me invade la alegría de saberme un privilegiado por haber podido asistir a tan bello ejercicio del mejor western que recuerdo, estando esta serie a la altura de cualquiera de las mejores películas que haya podido parir tan inagotable género. Deadwood es sin duda algo más que un producto para la televisión, pues supera las grandes expectativas que pudiéramos esperar de algo exclusivamente dirigido a la pequeña pantalla. Técnicamente brillante, con un argumento poderoso, guiones que desbordan calidad, una ambientación inmejorable y un reparto de auténtico lujo. Así es esta joya de la corona del Viejo Oeste que tiene su corazón en el pueblo que hoy es ciudad, y que presume de historias de héroes y villanos dentro de los límites del Condado de Lawrence (Dakota del Sur, EEUU).

¿Y qué es lo que pasa en Deadwood? De todo lo que podríamos esperar de un pueblo de estas características durante los años en los que se basa la serie, en la década de 1870. La estética austera de sus calles y la sórdida personalidad de sus habitantes esconde tras de sí una ciudad rica por las minas de oro que la acompañan, y que centran la atención, influyen de alguna manera o son el motivo principal de la llegada al pueblo de los personajes que dan vida al argumento. Hay burdeles (Gem Saloon o Bella Union), almacenes y tiendas, bares como el acogedor Nº 10 de Tom Nuttall, en el que se dan cita las historias más irrelevantes (algunas no tanto), periódico local (“El pionero”), hotel… toda una serie de servicios que irá viéndose aumentada según vaya pasando el tiempo. Desde los puntos más diversos del país llegan a Deadwood personas de lo más variopintas, con la vista puesta en sacar rentabilidad del jugo que se pueda exprimir de una ciudad de reciente creación y garantizado crecimiento.

Absolutamente todos hacen un trabajo extraordinario, aunque yo pongo sobre la mesa el papel del fabuloso actor británico Ian McShane. Treinta y seis premios Oscars concedería yo a este actorazo por todos y cada uno de los capítulos que ha protagonizado en Deadwood. Su personaje arrasa con una interpretación soberbia, y se echa a las espaldas el mayor interés del visionado de esta serie, gracias a centrarse en él la parte más poderosa del argumento.

Toda esta hermosa obra de arte, está subida a un altar gracias a su prodigiosa fotografía, que busca en muchas ocasiones encuadres de teatro, dejando a sus personajes en mitad, o a un lado de la pantalla, situándolos sobre un escenario poco iluminado y decorado con austeridad. Toda la dirección artística hace un trabajo impecable. La idiosincrasia del pueblo se construye a partir de una ciudad recreada al milímetro en el “Melody Ranch” de Newhall (California), dentro de un espacio reducido que presenta callejones inmundos llenos de barro, que da la sensación de que todos están cerca de todos y de que cualquiera puede estar en cualquier punto del pueblo en cuestión de minutos.

Se agradece además que se abandone el gran error de todas esas grandes producciones clásicas que tan bien interpretaron John Wayne o Gary Cooper entre otros muchísimos gigantes del cine: ese defecto de dibujar a los personajes y sus pueblos con la máxima pulcritud, con locales de suelos y ventanas brillantes, calles sin apenas suciedad o atuendos recién sacados de la sastrería que jamás se ensucian. Aquí, las mujeres y los hombres se enfangan. Los sombreros son la cima de lo polvoriento. Aquí, señores y señoras, no hay higiene. Es un pueblo lleno de suciedad y sus personajes, a no ser que estén todo el día en sus locales o domicilios, son el vivo retrato de una realidad tan simple como la de que si un sitio está sucio, sus personajes se ensucian, algo que tan bien se representó en el Spaghetti-Western. Por otra parte, las tetas de todas las preciosas mujeres que dan vida a las putas que aparecen en el relato, pueden considerarse parte del escenario, al ser sus apariciones constantes, sin ningún tipo de pudor.

Las tres temporadas de las que dispone Deadwood son magistrales. Si bien la primera es la mejor de todas, por presentarnos a todos sus personajes y abrir el melón de todas las situaciones que se irán desarrollando durante los primeros episodios y que servirán de telón para las próximas temporadas, las otras dos gozan de una calidad que, para valorarla, deberemos detenernos en la segunda, que es la “menos buena” de las tres, hasta llegar a la última, que resucita lo mejor de la primera sin renunciar a un argumento enfocado desde otras perspectivas, con otras historias y quizá mayor tensión que nunca.

Siempre nos quedará ese fantástico resultado, con esa ciudad tan llena de vida, de personajes que comparten lo histórico de las leyendas y la ficción más exquisita. Con esos burdeles que son algo más que simples bares en los que echar un trago y algo más, convirtiéndose los mencionados locales en auténticos ayuntamientos improvisados. Y ese olor a western auténtico, con mezcla de “clásico-spaghetti-moderno” que hace que el espectador se meta hasta la cocina de cualquiera de los locales, convirtiéndose en un vecino más de ese maldecido pueblo, repleto de personajes que suspiran por mejorar sus vidas o simplemente mantenerlas intactas.

Patxi Álvarez Gonzalo