Costa occidental. Desembocan aquí convertidos en uno, el Saja y el Nansa, que llegan unidos de la ría de Requejada, en busca del mar que hallan en San Martín de la Arena, en Suances, la antiquísima villa que los romanos llamaron Portus Blancium, y adornan, en la parte baja, las playas de la Concha y San Martín, y más afuera, la de Los Locos. El caserío tradicional, arriba, al comienzo de la ruta que nos trajo hasta aquí, por Barreda, Viveda, Hinojedo y Cortiguera; abajo, al Suances residencial, punto tradicional de veraneo y de buen comer; asomado en la parte alta avanzada del cantábrico, la otra zona turística y residencial.

Pereda halló en esta zona el escenario ideal para su novela La Puchera, y en la anterior, de Cortiguera, Amós de Escalante, el de su “Ave María Stella”; y, aún, al comienzo de la ruta, otro hito literario en raíz: la casa solar nada menos que de Calderón de la Barca. Porque, los de la Barca eran los dueños de la que pasaba a los viajeros de un lado a otro, desde Barreda o a la inversa, para salvar las aguas del Saja-Besaya. La casona situada en lo alto, de traza medieval, cuenta la leyenda, acogió un día en una de sus habitaciones, a San Francisco de Asís, peregrino a Santiago de Compostela, como referencia, también, Escalante en su citada novela.

Y después de admirar las bellezas de esta ría, continuamos por la costa hasta el cercano Tagle, cuna de ilustres apellidos, y al recoleto Ubiarco, cuya playa de Santa Justa albergó en su día unas instalaciones balnearias y, acoge, en la oquedad del acantilado, la ermita de Santa Justa, en la playa de este nombre. Paraje tranquilo y romántico, si los hay.

En esta ocasión se puede alcanzar Santillana del Mar, por el norte, por detrás, en vez de tomar la ruta directa desde Barreda-Viveda. Y en la villa tomarnos un descanso en su parador o haciendo el recorrido de sus calles y plazas con la tranquilidad que exige tanta contemplación de pasado, tanta piedra con historia.

Son muchos, muchísimos los escritores ilustres que han llegado de estas piedra, de los Marqueses que gobernaron, desde la villa, las Asturias de Santillana; los Mendoza, entroncados con la casa de la Vega y las estirpes cántabras más ilustres que se acogieron a este enclave en torno a la antigua abadía, hoy colegiata, de Santa Juliana, cuando aún el lugar se llamaba, sencillamente, Planes. Palacios y casonas, cono los de Velarde, los Guerra, los Barreda, los Villa, los de Benemejí… Conventos de San Ildefonso y de Regina Coeli, éste habitado por monjas clarisas y convertido en Museo de Arte Religioso; torres, como la de Borja, o el Merino, escudos por todas partes y ambiente rural, en contraste: que, no en balde, se distingue esta Santillana como “museo vivo”; en las afueras inmediatas, el Campo Revolgo, escenario de tantas luchas cruentas de banderías, enconos entre abades y señores, desafíos y retos, festejos y celebraciones de victorias, paradas militares… Santillana no es un lugar para describir,  es un lugar para ver, para percibirla con los cinco sentidos. Su colegiata románica del siglo XII, su claustro, son el emblema de la villa. Pero, de verdad, aquí no caben singularísimo históricos o arquitectónicos, Santillana es toda una y única, junta, en conjunto…

Por esta ruta, avistando el Cantábrico se suceden pueblos de gran belleza, como Oreña y queda a mano, Novales, son sus huertos de limoneros y olor a azahar, de visita y goce imprescindible; es la “Murcia del Norte”, insoslayable en la ruta. Y, al lado, enhebrando otra vez el camino hacia Poniente, Cóbreces, “de las Torres”, porque, a lo lejos descuellas las de la parroquia y sobre todo, las del monasterio cisterciense de Vía Coeli.

Los monjes fabrican aquí excelentes quesos de recetas holandesas, algunos de ellos. Abajo, para bien distinta mística y contemplación, queda, al norte, la playa de Luaña, destino turístico de interés.

COMILLAS

La Comillas de los Marqueses de este nombre queda a poco, tras pasar por Trassierra y conocer la Venta del Tramalón, famosa por sus episodios de viajeros y de soldados desertores el pasado, dejar atrás Liandres y Ruiloba y su santuario de la Virgen de Guadalupe, desembocamos en la histórica villa de los Arzobispo, junto a su playa, y su pequeño puerto pesquero, de singular encanto. Dentro de la villa, calles empedradas, plazas, rincones, casas con escudos labrados en piedra, palacios y residencias, nos hablan de un lugar con pasado y saturado de arte, de ambiente típico y solera veraniega y turística. El palacio de Sobrellano de los Marqueses de Comillas, la Universidad Pontificia, abandonada en sus funciones, los monumentos a los señores del mar, del citado marquesado, incluido el ángel del Llimona que vela el camposanto, blandiendo la espada sobre los muros de la  antigua iglesia gótica que forma parte del cierre de la necrópolis; y, desde luego, junto a Sobrellano, el palacete conocido por el Capricho de Gaudí, obra del genial arquitecto catalán. El Casal de Castro, en lo alto del caserío, la plaza del ayuntamiento donde lucen los victores de los arzobispos que dan mote a la villa. Hay sabor mucho sabor en esta Comillas donde tiene sitio el turismo moderno, porque, hay alojamiento y gastronomía para hacerla más atrayente, aún.

Y si hay que disfrutar de parajes, al oeste de la población, salvado el puente, se nos ofrece a plena vista, la ría de La Rabía, un paraje singular protegido, “Hábitat” de numerosas anátidas y que los Güell, un día, impulsaron, como tal parque marismeño.

SAN VICENTE DE LA BARQUERA

El último tramo de este recorrido nos lleva hasta San Vicente de la Barquera oliendo siempre a algas marinas: las playas de Oyambre, antiguo lugar de golf y punto de aterrizaje forzoso de aventureros de aviación, cuyo monumento lo recuerda, y las de Merón, enlazan sus arenas hasta la villa de San Vicente de la Barquera, bellísima, desde cualquier parte que se la mira, abierta su entrada por el monumental puente de la Maza, sobre la ría sur de su espléndida bahía, que se adorna con la playa del Rosal y el acogedor pinar, en la parte turística.

La antigua villa, aún muestra una parte de su vieja muralla en la parte alta o ciudadela, donde se alza al poniente del promontorio que la eleva sobre las aguas de la rada y sus rías, la iglesia gótica de Santa María de los Ángeles, y, en la parte opuesta, como mascarón de proa de una nave rumbo al Cantábrico, el castillo y fortaleza que defendía San Vicente de los enemigos y avistaba su presencia a gran distancia. La calle principal, saturada de comercios y mesones, la plaza que conserva su primitiva estructura, el parque de palmeras, junto al agua… Y, al otro lado, pasado el segundo puente de la carretera a Asturias primitiva, el acceso a la Barquera y su santuario, a la altura del complejo hotelero Miramar, para disfrutar de una nueva y singular perspectiva de la rada y el caserío, del mar y la lejana silueta de los Picos de Europa.

La belleza de esta villa y su entorno, la han hecho clasificar entre las más reconocidas de la costa española. Lo sería ya, cuando a ella llegaba Carlos V, un 29 de septiembre de 1517, para permanecer catorce días en el convento franciscano de San Luís, joya gótica cuyas ruinas se custodian y ciudad con mino en lo que nos es una finca de propiedad particular, inmediata al puente de la Maza.

Aquí, en San Vicente contemplo por vez primera el futuro emperador, una corrida de toros, “a la portuguesa”. Para celebrar este festejo se solía esperar a la bajamar, que entonces llegaba el agua a la plaza, y se habilitaba con tablas y maderos un coso. También vió el refugio visitante, por vez primera en San Vicente, el baile de los picayos, interpretados por bellas muchachas barquereñas, según consigna la crónica de Laurent Vital.

La fiesta marinera de “La Folía”, reúne a la flota pesquera local, cada año, para llevar en procesión hasta altamar a la Virgen de la Barquera, que el martes de cuaresma había sido trasladada de la ermita a la parroquia. Hasta el puerto es llevada procesionalmente entre la multitud escoltada por los típicos picayos, bailados y recitados por las mozas de la villa.

De San Vicente a Pesués, se empina brevemente el camino de asfalto para desembocar en la ría de Tina Menor, ensenada de gran belleza, ría del Nansa, de altas riberas, casi como “fiordos” por el oeste, en la capital de Val de San Vicente; de aquí parte una variante o ramal sobre la Tina que ha de rodear un monte para seguir avistando el mar; y , a la mitad de recorrido, aparece el caserío de Pechón, la mies junto al mar y su breve playa; y, en la mies elevados, chalets y residencias turísticas, algunas de extranjeros. El caserío se acoge al monte que vamos rodeando, un camping en ladera asoma ya a la ría opuesta, la de Tina Mayor; y Unquera. Esta localidad, paso obligado para buscar la ruta a la Liébana y parte de Asturias, por el viejo puente que la separa de Bustio, sobre el río Deva, es famosa por sus hojaldres, conocidos como “corbatas”, por sus angulas y por sus regatas de piraguas. Lo fue por su feria y lo sigue siendo por su enclave, su ambiente y su entorno, su mar compartido con las gentes vecinas de Bustio.