Coronavirus: los peligros del contagio emocional negativo

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Lorena Fernández Álvarez, Universidad de Deusto

En tiempos de confinamiento, nuestras dos principales ventanas al exterior son internet y los balcones. La psicología social nos da muchas claves para entender cómo nos comportamos ante esta situación inédita que nos ha tocado vivir por culpa del coronavirus: desde los experimentos de Milgram sobre la obediencia a la autoridad al contagio emocional que encuentra una nueva vía de transmisión catalizadora como son las redes sociales digitales.

Año 1961. Un psicólogo de la Universidad de Yale, Stanley Milgram, pone en marcha un controvertido estudio para medir la disposición de las personas a obedecer las órdenes de una autoridad, incluso cuando estas pudieran ocasionar un conflicto con su sistema de valores y conciencia. En los experimentos participaban tres personas: una con el rol de “experimentador” (investigador de la universidad), otra con el de “docente” (voluntario que no sabía nada) y la última como “estudiante” (cómplice del investigador que se hacía pasar por participante).

Entonces se le explicaba al engañado docente que tendría que apretar un botón para dar descargas eléctricas al estudiante cada vez que fallase una pregunta, aumentando el voltaje con cada equivocación. Estaba en una habitación diferente al alumno en la que no le veía, pero podía escuchar sus ficticios alaridos. Y digo lo de ficticios porque los botones realmente no funcionaban y el estudiante era realmente un actor, aunque el docente lo desconocía. El resultado: el 65% de los participantes (26 de 40) aplicó descargas aparentemente letales de 450 voltios a un extraño a instancias de una figura de autoridad (incluso cuando en algunas ocasiones el sujeto se quejaba de tener problemas cardíacos). Eso sí, muchos de ellos aseguraban sentirse incómodos al hacerlo.

Fragmento del desarrollo del experimento de Milgram.

Los experimentos fueron tachados de inmorales y generaron muchas discusiones en la literatura psicológica sobre el aspecto ético, aunque se consideren cruciales en el campo de la psicología social.

Año 2009. En Francia, 80 personas se presentan voluntarias para participar en el piloto de un nuevo concurso de televisión en el que la presentadora ordena a los concursantes que realicen descargas eléctricas a sus compañeros de juego cada vez que estos fallen las preguntas de un cuestionario. Aunque el concurso es una farsa y las descargas eléctricas no son reales, ni el público en el plató ni los participantes lo saben. El 81% de los concursantes administra más de 20 descargas de hasta 460 voltios. Solo 16 de los 80 sujetos rechazan las insinuaciones verbales de la presentadora y la presión de la audiencia para seguir con la tortura. Todo se recogió en el documental “The Game of Death”.

Año 2015. Un grupo de investigación de la SWPS University of Social Sciences and Humanities en Polonia replica el experimento con 80 participantes (40 hombres y 40 mujeres) entre 18 y 69 años. En un intento por hacer el experimento más ético, en esta versión el voltaje máximo es más bajo. Resultado: el 90% de los voluntarios hicieron caso a la autoridad para infligir el nivel más alto de descargas disponible.

Año 2020. El coronavirus provoca la declaración de emergencia sanitaria en España. Las autoridades encomiendan a la ciudadanía que no salga de sus casas si no es estrictamente necesario y solo bajo determinadas premisas. Y vemos de nuevo cómo, bajo la obediencia a las órdenes recibidas, determinados sujetos aplican “descargas” desde su balcón a otros, desconociendo de quién se trata o por qué razón está en la calle. Estas descargas han mutado y se han transformado en lanzar insultos, grabarlos y subirlos a las redes sociales, donde entra además de lleno el contagio emocional.

Así lo mostró un estudio publicado en 2013 por Facebook, que desveló cómo habían manipulado su algoritmo para observar si existe un contagio emocional entre las personas, usando una muestra de 700.000 usuarios. Para ello, se enseñaba a un grupo noticias positivas mientras que a otro se hacía lo contrario. Una de las conclusiones fue que los usuarios estudiados cambiaron su conducta: los que vieron más publicaciones negativas, usaron palabras más pesimistas al cabo de una semana y viceversa.

En estos días de confinamiento, hemos descubierto a la fuerza, y más que nunca, que somos seres sociales por naturaleza. Pero no dejemos por ello que nuestra obediencia a la autoridad y contagio emocional grupal haga que nuestra conciencia deje de funcionar.The Conversation

Lorena Fernández Álvarez, Directora de identidad digital, Universidad de Deusto

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.