Lejos de imágenes idílicas y preciosos planos; aferrándose con fiereza a la suciedad y la mugre, David Ayer nos propone un nuevo retorno al infierno de la II Guerra Mundial con su última apuesta como guionista y director: «Corazones de acero». Dejando de lado el thriller policíaco que tanta fama le ha dado con títulos como «Training Day», dónde se encargo del guión, o «Sin tregua», una de sus más interesantes propuestas tras las cámaras, Ayer bucea en el fragor de los cañonazos y el olor a podredumbre de uno de esos capítulos que jamás podremos borrar de nuestra historia, por mucho que lo deseemos.

Visualmente potente y cruda, «Corazones de acero» es un relato que desconoce las medias tintas, y que se muestra como una desgarradora fábula sobre el hermanamiento en medio de la barbarie, y sobre la madurez a través del sufrimiento. Una historia que, pese a no resultar novedosa, e incluso, recordar en exceso a otros grandes títulos del cine bélico (por poner un ejemplo, las comparaciones con «Salvar al Soldado Ryan» resultan inevitables), si que esta servida de una interesante doble lectura. Ayer no se limita a realizar un despliegue técnico notable, sino que busca ahondar en la psique destrozada de sus protagonistas y ofrecernos un billete directo al infierno a través del personaje de Logan Lerman, que sirve al espectador como vehículo para introducirse en el microuniverso de ese grupo de soldados devastado por las experiencias y desgracias de una guerra donde la crueldad del ser humano, por momentos, se olvidó de banderas e ideologías. Una película que no escatima en momentos de tensión emocional descorazonadora, y que se hilvana bastante bien con otros donde el ritmo y la acción sirven para mantener el pulso del relato en todo lo alto. Ayer demuestra su dominio del suspense, tanto en los momentos más íntimos, como en los más impactantes.

Todo ello, recubierto de una pátina onírica que tiñe la cinta de un aire de pesadilla que resulta desquiciante y que pone a prueba los nervios del espectador. Una historia cimentada en torno a cinco personajes interpretados de manera notable por el reparto, y comandados por un soberbio Brad Pitt que consigue hacer olvidar su papel en «Malditos Bastardos», su otro famoso alter-ego matanazis; y que además confirma a Logan Lerman como una sólida apuesta de futuro en el universo cinematográfico. La relación padre – hijo que se establece entre ambos, es otro de los aciertos de un guión que crece con el metraje, hasta llegar a un desenlace que, sin embargo, parece cogido con alfileres, dejando una incompleta sensación de disfrute. Sin duda, el mayor punto en contra de una producción que lejos de resultar impecable, si que resulta más que interesante en su visionado.

David Ayer, pone todo su talento en un título de notable factura técnica, buenas interpretaciones y con una historia despojada de sutilezas, para devolvernos un interesante ejercicio de cine bélico, demostrando que, aunque muchas de las ideas estén más que machacadas, aún se pueden sacar adelante interesantes títulos dentro de este género.