Cómo hacer escuela desde el confinamiento (y sin obsesionarnos con la continuidad del curso)

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Jordi Solé, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Hace días que está abierto el debate sobre cómo se puede dar continuidad a la actividad escolar desde el confinamiento. Hay una posición compartida por algunos maestros y profesores de todos los niveles, así como por muchas familias, que pide a los gobiernos que dejen de exigir la continuidad del curso y lo den por finalizado. Ningún niño sufrirá pérdidas irreparables en sus aprendizajes si no puede llevarse a cabo el tercer trimestre.

Puesto que esto “es una guerra” –por seguir la terminología bélica que mejor suscita la obediencia a las medidas de confinamiento–, seguir con el curso escolar desde la modalidad on line parece una medida cuestionable teniendo en cuenta, entre otras cosas, los niveles de segregación escolar de nuestro país debido a causas socioeconómicas.

Hay quien manifiesta su preocupación por el atraso que esto pueda provocar en la capitalización futura de la formación de nuestros niños y jóvenes ante la pérdida del curso escolar. Ismael Sanz, profesor de economía de la Universidad Rey Juan Carlos y ex director general de Educación de la Comunidad de Madrid, resumía hace poco un sentimiento muy generalizado entre muchas familias cuyos deseos aspiracionales se juegan en las posibilidades de reproducción de su posición social a través de la inversión en educación: “Lo que no aprendan ahora los estudiantes puede rebajarles el salario en el futuro”, decía en una entrevista reciente en la Cadena Ser.

Ceci n’est pas une école

Mientras tanto, miles de maestros y profesores están aprendiendo estos días a contrarreloj a hacer funcionar herramientas tecnológicas y todo tipo de softwares y plataformas para seguir impartiendo sus asignaturas. A muchos de ellos les cuesta sostener esa apariencia de normalidad en un contexto como el actual, exigidos por una tarea que solo parece tener sentido en el ideal que representan unos hogares familiares muy determinados, capaces de proveer ordenadores y tabletas, capital cultural y tiempo de dedicación a sus hijos e hijas a fin de hacerse cargo de un home schooling de circunstancias.

Sin duda, podríamos describir las realidades invisibles que no responden a este ideal (desigualdades sociales y económicas, brecha digital, etc…), unas realidades que ponen en evidencia la inviabilidad de algunas de las propuestas de las autoridades educativas de este país, que ya han puesto sobre la mesa la necesidad de hacer el tránsito hacia la educación a distancia en todas las etapas del sistema educativo, fascinadas por las posibilidades que ofrecen la inteligencia artificial, la realidad aumentada, la internet de las cosas y todo tipo de soluciones tecnológicas.

Sin embargo, Ceci n’est pas une école, tal y como dice un meme que circula estos días por las redes aprovechando el famoso cuadro del pintor surrealista belga René Magritte en el que se sustituye la pipa por un ordenador, y lo dice alguien que trabaja en una universidad virtual.

Ver a las grandes compañías tecnológicas y de comunicación a la caza de nuevas oportunidades de negocio a través de la formación en línea en estas semanas de confinamiento es un buen motivo para estar alerta. Ahora bien, y más allá de la coyuntura provocada por la respuesta ante la COVID-19, este es un debate que ha venido para quedarse.

Frente al desencanto

Si bien no disponemos de espacio para entrar en esta discusión, es probable que, entre los apocalípticos y los integrados, podamos imaginar otras posiciones posibles y no caer en el desencanto preventivo que algunos maestros y profesores, comprometidos incluso con los movimientos de renovación pedagógica, han puesto de manifiesto ante el cierre de las aulas hasta el final de curso.

Sabemos que cuesta mucho imaginar y poner en práctica esta continuidad del curso escolar en las circunstancias actuales. A la precariedad y las desigualdades que se han puesto en evidencia en este confinamiento -como si faltaran nuevas pruebas-, se añade la situación personal y familiar de los mismos docentes.

Como es obvio, el confinamiento también afecta a sus vidas, sus cuerpos, su capacidad de trabajo y atención, etc… A su vez, hemos visto como, desde los primeros días de la declaración del estado de alarma, cientos de personas se han organizado en redes de apoyo mutuo en todo el territorio, aprovechando redes comunitarias previas o creando otras nuevas.

¿Por qué no se podría hacer lo mismo desde las comunidades educativas? No se trata solo de proveer de wifi y un ordenador en los hogares que no disponen de ello. Esto, por sí mismo, no arregla nada. Se trata de pensar si es posible articular propuestas que, desde la autonomía y la autoorganización de la misma comunidad educativa, sin esperar directrices improvisadas de las autoridades educativas ni dejar de cuestionar la rigidez y arbitrariedad de las medidas de confinamiento contra los derechos de los niños, permitan mantener viva la escuela, crear escuela desde el confinamiento.

Una escuela en Auschwitz

Aunque parezca imposible, en Auschwitz hubo una escuela. Se trata de un episodio poco conocido. Lo explica el profesor Jorge Larrosa en “Esperando no se sabe qué sobre el oficio de profesor”. La escuela de Auschwitz duró nueve meses y estaba ubicada a 400 metros de los crematorios en un campo especial llamado Familienlager.

Aquella escuela tuvo también sus profesores, judíos deportados como el resto de niños y familias que acabarían perdiendo la vida en los campos de concentración nazis. Durante nueve meses, el Kinderblock se convirtió en un refugio, una “locura en un mundo absurdo”, tal y como lo describiría Otto B. Kraus, un joven sionista de izquierdas que hizo de maestro en aquella escuela a los 22 años y que se salvó del exterminio, en una novela titulada “El muro de Lisa Pommenka”.

Hagamos el esfuerzo de imaginarla. Una escuela en Auschwitz. Una escuela para niños que “habían olvidado su pasado y sus familias estaban dispersas o habían sido exterminadas, (…) desarraigados, desposeídos de su nombre y hambrientos como animales”. Si aquella escuela existió en medio del horror, ¿qué impide que podamos crear en cada barrio, en cada municipio, una escuela desde el confinamiento?

Crear escuela en una sociedad confinada

Hablo de la posibilidad de crear escuela en este estado de confinamiento como metáfora, es decir, como la posibilidad de seguir ofreciendo un refugio pedagógico para nuestros niños y adolescentes, no renunciar a la tarea educativa ni a la invención de las formas a través de las cuales poder seguir enseñando. Si apelo a que podamos imaginar esta escuela es para adoptar también otra posición a la hora de hacer frente a las dificultades del momento, una posición menos egocentrada, incluso menos victimista, y creer en todo aquello que podemos hacer desde el coraje colectivo. En muchos lugares esta escuela ya se ha puesto en marcha.

Lo importante es que nos podamos preguntar si podemos imaginar juntos la posibilidad de construir este refugio que llamamos escuela. Tan solo eso, porque estoy convencido de que vale la pena organizarse, como está haciendo tanta gente, por intentarlo.

El confinamiento no es solo una medida coercitiva que se hace en nombre de nuestra seguridad, es también una forma de abandono; en este caso, el abandono de la educación de una generación de niños y adolescentes que, sin embargo, pueden seguir aprendiendo de sus maestros y profesores, así como de una comunidad educativa organizada.The Conversation

Jordi Solé, Director del Grado de Educació Social, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.