Ciencia y democracia (V): la ciencia bajo el totalitarismo

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¿Puede florecer el conocimiento científico bajo regímenes autoritarios? Si nos atenemos a muchas de las razones expuestas en las anotaciones anteriores, eso no parece fácil. De acuerdo con la casuística que ha repasado Timothy Ferris (2010), la actividad científica se ve seriamente limitada en regímenes como el del Tercer Reich y el de la Unión Soviética de Stalin.

Se trata de una tesis controvertida, pues existe también la noción de que la ciencia alemana y la soviética alcanzaron un gran desarrollo y consiguieron excelentes resultados durante el periodo de vigencia de ambos regímenes. En el caso de la Alemania nazi ese desarrollo habría permitido la producción de armamento muy sofisticado, así como de cohetes de gran alcance y precisión. De los soviéticos no se debe olvidar que fueron los primeros en lanzar al espacio a un ser humano y recuperarlo con vida.

Pero vayamos a los datos de Ferris.

Durante el Tercer Reich, en Alemania se produjo un declive de la actividad científica. Si nos atenemos a indicadores que suelen considerarse un buen reflejo de esa actividad, la presencia de autores alemanes en una de las mejores revistas del campo de la física, por ejemplo, pasó del 30 % al 16 % en un lustro. Entre 1929 y 1937, la afiliación a la organización científica nacional más antigua, la Sociedad de investigadores naturales y médicos alemanes cayó de 6884 a 3759, prácticamente a la mitad.

Ese declive no habría sido, en última instancia, consecuencia solo de la fuga de cerebros que se produjo y de las decisiones enloquecidas que tomaron las autoridades, sino de las condiciones bajo las que opera la ciencia bajo el totalitarismo.

Como hemos visto en la anterior anotación, la ciencia necesita libertad, discusión abierta y publicación de los resultados. No solo para que puedan circular las ideas sino, sobre todo, para que puedan ser sometidas a crítica. Eso no es posible bajo un régimen autoritario.

Por esa razón, la ciencia difícilmente pudo haber progresado en un entorno en que había limitaciones tan importantes a la circulación de ideas y a la crítica. Según el bioquímico e historiador de la ciencia Joseph Needham, las potencias del eje habían realizado un gran experimento social, tratando de comprobar si la ciencia podía ser puesta al servicio de tiranías autoritarias, y el experimento mostró que no era posible.

En lo que se refiere a los regímenes comunistas se puede decir algo parecido. La ciencia fue podada y desenraizada de manera implacable para acomodarla a la línea del partido. Durante el periodo estalinista más de cien miembros de la Academia de Ciencias de la URSS fueron enviados a campos de trabajo o encarcelados por ser considerados opuestos a la línea oficial del Partido. Mientras tanto, la pseudociencia patrocinada por el gobierno floreció, alcanzando su apoteosis tragicómica con el caso Lysenko.

Lysenko era un personaje muy extraño. Fue un ingeniero agrónomo que, a partir de la década de los 30 y hasta los 60, dirigió los destinos de la agricultura soviética. Según él, la genética aceptada por la comunidad científica internacional, al estar inspirada en la economía capitalista de mercado, daba una importancia excesiva a la competencia. Sus teorías ponían más acento en la cooperación biológica, de tintes más socialistas.

Bajo sus directrices, las cosechas fallidas se extendieron por las granjas soviéticas como una plaga. Los rendimientos por hectárea cayeron un 14 % entre 1930 y 1934. Un 85 % de los frutales plantados siguiendo sus prescripciones, marchitaron y murieron. Los científicos que osaron mostrar los hechos tal y como ocurrieron fueron perseguidos, encarcelados o reasignados a trabajos diferentes.

Aunque los científicos soviéticos alcanzaron grandes logros en diferentes áreas, si se tiene en cuenta el enorme tamaño de la ciencia soviética, sus resultados globales fueron claramente insatisfactorios. En plena guerra fría, el biólogo Zhores Medvedev hizo un análisis cuantitativo de la investigación científica soviética y la comparó con la norteamericana, pero sus resultados fueron tan desfavorables que prefirió no publicarlos. En 1965 la Academia de Ciencias constató que la Unión Soviética producía la mitad de los artículos científicos que producían los Estados Unidos, aunque el número de científicos era aproximadamente el mismo.

La ciencia musulmana, por detrás

En la actualidad son quizás los países musulmanes los que acreditan peores resultados en términos de desarrollo científico. Seguramente hay razones ideológicas detrás de ese hecho. El escritor Ziauddin Sardar afirma, por ejemplo, que “la ciencia occidental es inherentemente destructiva y no satisface ni puede satisfacer las necesidades de las sociedades musulmanas”.

Si nos remitimos a indicadores cuantitativos, las cifras son muy expresivas. La inversión del mundo árabe en I+D es solo la décima parte de la media mundial, y un tercio de lo que invierten los países en desarrollo. Los países musulmanes tienen, en promedio, 8’5 científicos e ingenieros por cada 1 000 personas (la media mundial es 40) y contribuyen a la literatura científica mundial en un 2 %.

Según el físico turcoamericano Taner Edis, si todos los científicos musulmanes desaparecieran de repente, el resto de la comunidad científica prácticamente ni se enteraría. No sería correcto asignar a todos los países musulmanes la condición de regímenes autoritarios, puesto que no lo son, pero sí una mayoría: solo la cuarta parte de los países con mayoría de población musulmana es un régimen democrático. Por otro lado, tres cuartas partes de los que no son de mayoría musulmana lo son.

En este momento se están produciendo cambios en el mundo que pueden aportar luz a estas cuestiones. Se trata de la apuesta por impulsar la ciencia y la tecnología que están haciendo algunos países que, o bien son claramente totalitarios, como la República Popular China, o aunque formalmente democráticos, lo son con importantes limitaciones, como Singapur.


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Singapur, Arabia Saudí y China

El ejemplo de Singapur es muy especial. Su régimen es, formalmente, una democracia, y es uno de los países líderes en transparencia, educación, sanidad y libre comercio. Sin embargo, no es considerado un país verdaderamente democrático: un partido gobierna el país en exclusiva desde su independencia y algunos rasgos de su política son claramente autoritarios.

Nada de esto impide que Singapur sea uno de los países que está haciendo un mayor esfuerzo económico en impulsar la ciencia y la tecnología y se ha convertido en un foco de atracción para científicos de primera línea internacional.

Más problemático resulta, seguramente, el experimento puesto en marcha por Arabia Saudí. El gobierno saudí ha decidido, no sin oposición interna, crear una universidad de ciencia y tecnología (KAUST). Siguiendo el modelo de Singapur, ha fichado un excelente ramillete de científicos de diferentes áreas atraídos por condiciones económicas muy generosas y unos medios para investigar extraordinarios. El tiempo dirá si el experimento tiene éxito en un entorno sin tradición científica y en el que las libertades brillan por su ausencia.

El caso chino tiene más interés e importancia. China es una potencia económica internacional y algunas de sus universidades, tras dos décadas de esfuerzo continuado, se han colocado cerca de la vanguardia internacional. Hasta hace no mucho tiempo, los principales logros de investigadores chinos se producían en los países a los que habían acudido para formarse y relacionarse con las élites científicas mundiales.

En la actualidad, sin embargo, son algunos centros de investigación chinos y universidades los que se han convertido en puntos de referencia. Está por ver si en China se produce un desarrollo científico similar al que ha experimentado el mundo occidental o si, por el contrario, las condiciones del régimen impiden que se produzca ese progreso. Al margen de otras consideraciones, se trata de un interesante experimento y de enorme magnitud, por cierto.


Este artículo, firmado por el director de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU y publicado originalmente en Cuaderno de Cultura Científica, continúa la serie en la que el autor expone sus reflexiones con el propósito de poner de manifiesto la fuerte vinculación existente entre la ciencia y la democracia.


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Juan Ignacio Pérez Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Author: Juan Ignacio Pérez Iglesias, Catedrático de Fisiología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea