Me gusta Botticelli. Me gusta su “primavera”. No sé si la nuestra, la que se avecina, tanto…y eso que se adivinan mascarillas fuera e inmunidad de grupo. Parece que todo ocurriera en otra dimensión, en aquellos tiempos mitológicos tan clásicos y tan lejanos….

Botticelli “estudió” y conoció profundamente la mitología clásica. Algunos de sus cuadros plasman de manera alegórica el ideal neoplatónico como La primavera, obra de madurez datada entre 1477 y 1482, de una gran extensión, y realizada por encargo de Lorenzo di Pierfrancesco de Medici como presente para su novia. Desde su Italia natal se observan deseos de conocer las entretelas del ser humano, su devenir y su existir. Religiosidad popular de carácter atávico e incrustación emblemática en la memoria colectiva.

Pienso que algo de todo ello compartimos durante estos días tan convulsos y tan ¿prometedores?…

Los temas que “plantea” el pintor siguen causando sensación y cierta fascinación por su ambigüedad, su polisemia, su amplio espectro cromático lleno de contenido conceptual y trascendente. Pinturas llenas de significados que captan la atención de eruditos y neófitos, de especialistas y profanos. Constituyen auténticos tratados de filosofía, genuinos poemarios.

Sigo pensando y caigo en la cuenta de que lo mismo se nos ha colado “Sandro” en la actualidad y lo tenemos a cara descubierta o quién sabe si de tapadillo en nuestras calles y mercados, en las aulas y talleres, en las playas y en los centros comerciales…

Sus obras reflejan no solo una figura en particular, sino que cada título resulta ser un compendio de historias, una selección de un universo muy amplio, con amplitud de espacios y sin estrechez de miras. La composición de sus cuadros supone un puzzle de bellas piezas amalgamadas, imágenes y formas, escenarios y recuerdos; en definitiva, experiencias personales y episodios vitales que nos advierten del salto de lo común a lo particular, de lo colectivo a lo individual. Un deus ex machina, el ojo que todo lo ve, el gusto por lo matérico y el arte profético.

¡¡Cuántos saltos hemos dado en este ir y venir durante los últimos meses!!

Maestro de un gran número de discípulos, después de trabajar al lado de Leonardo da Vinci, destaca por su personalísima  interpretación de la Divina Comedia.

Botticelli, según aseguran algunos conocedores de su vida y obra, experimentó el deseo de no seguir pintando al considerar dicha actividad, a la que dedicó tanto tiempo y afán, un acto de vanidad terrenal.

Artista y humano comparte sentimientos y emociones “modo carrusel” como nosotros: un sube y baja que nos hace oscilar de modo continuo en la estación más proclive a la astenia.

De nuevo en El nacimiento de Venus, pintado entre 1482 y 1485, el equilibrio se hace patente a través de una perfecta distribución de la imagen central y de las que la rodean: el estatismo resulta ficticio, todo se mueve, todo está lleno de belleza. Sensibilidad y placer, refinamiento cortesano, amor sensual y sentidos humanos y divinos a flor de piel, personajes que enamoran y que inspiran.

En las postrimerías finiseculares del tránsito al siglo XV, Botticelli, del que se dice cayó en la pobreza, y que habría muerto de hambre si no hubiera sido por la entregada y atenta ayuda de sus mecenas y patrones, no dejó su quehacer pictórico con obras en las que dominaba un tono más dramático y con una consciente regresión estilística hacia modelos antiguos, en una actitud consciente de auténtico “piagnone” o llorón, como se les llamaba a los afectos al movimiento purificador de Girolamo Savonarola.

Sus pinturas elevaron la estética a la trascendentalidad del arte.

Hoy también nos conviene traspasar nuestras propias fronteras sensoriales y trascender, mirar más allá del metro y medio de distancia social, no quedarnos en el centímetro personal. Yo siempre apuesto por la mirada admirativa hacia lo que tenemos frente a nuestros ojos, igual que la sorpresa y el asombro que provocan los cuadros del italiano: su arte de prestidigitador lleva a través del tiempo, a su historia, a su época, no tan alejada de la nuestra.

Botticelli constituye un claro exponente del artista que “habla” a sus espectadores tanto coetáneos como extemporáneos: nos anima con su primavera en la nuestra, a la vuelta de la esquina, desde la integridad y la coherencia. Desde la prudencia… Y la solidaridad.

(Basado en el artículo titulado “En la pintura del poeta y la poesía del pintor”, publicado por la autora en Muy Arte, volumen dedicado a Botticelli en la edición Coleccionista)

Pilar Úcar Ventura