Una pequeña producción desapercibida, que no me extraña, estadounidense que sigue absolutamente todos los patrones de home invasion serie B que une la acción con el gore.

A pesar de tener una ejecución más que aceptable y momentos verdaderamente buenos, Becky se queda a medias tanto a nivel argumental como de desarrollo de personajes, dándonos solo un espectáculo de sangre y violencia que ni si quiera se atreve a adentrarse en la crítica política o un mensaje acorde a la ideología de sus antagonistas.

Becky, una niña de trece años, arrastra un trauma tras la muerte de su madre, convirtiéndola en una persona apática, asocial y triste que se reconforta del odio hacia el mundo.

Tras la salida del instituto, ella y su padre vuelven a casa, una cabaña perdida en el bosque (como es usual en este tipo de filmes), coincidiendo con el escape de cuatro convictos peligrosos y ya, a partir de aquí, se intuye el resto.

Esta cinta, dirigida en conjunto por Cary Murnion y Jonathan Milott se queda a medias en todos sus aspectos, pero brindando el espectáculo que cualquier espectador puede esperar de este tipo de producciones.

Esta premisa tan básica se puede resumir perfectamente con que Becky (Lulu Wilson), la protagonista, está muy enfadada, cualidad ilógica que le permite sobreponerse a unas circunstancias extremas.

Gracias a ello, los directores construyen un personaje enrolado en una suerte de ‘girl power’ que desprecia cualquier sentido de la lógica o la razón para enfrentarse a unos malos muy malos capaces de aguantar el waltz de la irracionalidad en el que baila Becky.

El dúo de directores es incapaz de tratar el tema actual, el tema de moda del poder femenino, del que ya se cuentan por decenas los directores de género que lo han tratado como C. Renz o G. Bush con la desechable Antebellum (2020) y que ya empieza a cansarme por el interés huero y meramente lucrativo con el que emplean una desigualdad social para atraer al público y que se hable de su peliculita.

Aunque Becky es una excepción. Murnion y Milott hacen de Becky un personaje tan genérico que importa un bledo su género, ya que tanto ellos como nosotros, el público, olvidamos a la media hora el tema en el que se asienta para focalizar la película en la acción y más burdamente en el complejo de thriller del que se retroalimenta en vano.

De hecho, lo único que presenta de thriller es adivinar cuál va a ser el próximo movimiento de una niña de trece años para salir victoriosa del enfrentamiento contra cuatro presos peligrosos, que, más allá de haberse escapado de una cárcel de máxima seguridad, parecen escapados de una spoof comedy de mínima inteligencia.

Todos estos aspectos reducen la película a la acción, muy similar a la olvidable Ven con papá de Ant Timpson (2019), la cual constituye su mayor baza para mantenernos durante sus 100 minutos de duración.

Y funciona desde que despega tardía hasta la conclusión, recreando una narración circular con el clásico flashforward que literalmente revienta el desenlace, eliminando de la fórmula el misterio del conflicto y sustituyéndolo por otro, una misteriosa llave que funciona como motor de causalidad capaz de suministrar una dosis insignificante pero práctica de interés en el espectador.

Todo ello se suma al guion repleto de fallas de Nick Morris, Lane Skye y Ruckus Skye que hace que solo nos centremos en el tira y afloja de Becky con el cuarteto de nazis invasores.

Y pocas cosas son tan efectivas para inducir perversidad que una ideología inhumana y sus acérrimos seguidores.

Pero, de nuevo, los directores se dejan caer en la trampa de la mediocridad representativa.

Los antagonistas, de aspecto rudo, personalidad agresiva y compromiso con la causa, con ‘La Hermandad’, están limitados a ser simples perseguidores cuyo trasfondo no importa a nadie e incapaces de ofrecer algo más allá.

Simplemente son malos, y la justificación es que son neonazis. Este simplismo argumentativo se intenta romper con uno de ellos, Apex, interpretado por el gigante Robert Maillet que es, sin duda, tanto el personaje más complejo como la mejor actuación, introduciéndonos unos conceptos morales desde su primera aparición hasta el final de su evolución psicológica, desembocada en una redención fallida que, una vez más, se queda a medio camino.

El antagonista principal, Dominic (Kevin James), funciona como clásico perseguidor implacable, sin más misterio que su obcecamiento por esa llave. Los otros dos son meros elementos activos en el desarrollo de Becky que únicamente alientan el despertar de Becky y la catálisis de su trauma en violencia desmedida, introduciéndonos en el gore que rubrica la cinta.

Y es en el gore donde más se nota el bajo presupuesto; poco pero bien empleado. Los directores se valen hábilmente de planos detalle para ocultar esta carencia, enfocando solo los detalles escabrosos, muy efectistas, que se conjugan al contraplano con primeros planos de Becky al servicio de su vesánico despertar, haciendo de secuencias impactantes de violenta ferocidad exabruptos que marcan el ritmo de la narración adecuadamente.

Algo que llama poderosamente la atención es la inutilidad de los personajes secundarios; el padre, Jeff (Joel McHale), su novia Kayla (Amanda Brugel) y, específicamente, el hijo de esta, Ty (Isaiah Rockcliffe). Todos entorpecen el desarrollo de la acción, pero lo de Ty es impactante. Aparte de ser un obstáculo, es un elemento completamente pasivo en la acción que, además, su insensibilidad roza el surrealismo, así como la inexpresividad exagerada del pequeño actor. Literalmente, todo lo que pasa se la trae floja, él está ahí como un muñeco.

Ninguno de los temas que Murnion y Milott usan están trabajados, diría que ni si quiera tratados, estancándose en un home invasion que a duras penas entretiene. Ni la aflicción de Becky, ni la ideología de Dominic y sus amigos. Tampoco los trasfondos, como el de Apex, que se deja flotando en el aire. Hasta la condición de poder femenino se diluye en locura azarosa. Becky es, en conclusión, una película de pretensiones dejada a un entretenimiento vacilante.

Patxi Álvarez