Fue Miguel de Unamuno quien más profundamente ha penetrado en el poema pictórico de Velázquez. Unamuno, consideraba hermanas gemelas la filosofía y la poesía, y a la imaginación la facultad más sustancial del espíritu humano, ha hecho gala de las tres en esta obra mística “Poema al Cristo de Velázquez” (1920).

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?

Unamuno usa magistralmente la metáfora, con la que nos transmite en su integridad su fuerza. Con verso duro y ritmo difícil, el ilustre Rector ha escrito la composición poética más elevada y la meditación más penetrante del Cristo de Velázquez, que invita en estas fechas a más que leerla a meditarla. No es para que pase inadvertida su lectura, y menos si la hacemos frente a ese impresionante cuadro de Velázquez, deteniéndonos en cada estrofa tratando de penetrar, las a veces impenetrables expresiones del poeta.

El cuerpo de ese hombre, fuente del dolor y de la vida, es revelación del alma, Evangelio eterno. Escribe Unamuno:

No hay más remedio que creer tu sino,

meollo de la Historia, que la ciencia

del amor ilumina; nuestras mentes

se han hecho, como en fragua, en tus entrañas,

y el universo por tus ojos vemos.

No puedes sentirte ajeno, frente a expresiones de gran calado. Ese hombre que pende serenamente, de un madero. Un madero, en que las llagas de los pies y de las manos parecen estar sangrando todavía. El contraste entre luz y oscuridad, entre la blancura del cuerpo y la negrura del fondo, nos impresiona, como impresionó al poeta.

Blanco tu cuerpo está como el espejo

del padre de la luz, del sol vivífico;

blanco tu cuerpo al modo de la luna

que muerta ronda en torno de su madre

nuestra cansada vagabunda tierra;

blanco tu cuerpo está como la hostia

del cielo de la noche soberana,

de ese cielo tan negro como el velo

de tu abundosa cabellera negra

de nazareno.

El cuerpo del Crucificado, pintado por Velázquez, “es coto de inmensidad, donde los hombres la tímida esperanza cobijamos de no morir del todo”. Un cuerpo, firme y de pie ante la voluntad del Padre, enhiesto como un ciprés de celestiales vuelos.

El cuadro nos muestra “un cuerpo por el que corren finos hilos de sangre, casi invisible ante tan exuberante luminosidad de la carne”.  Sobre la parte superior del pecho se desliza transparente la melena de su negro cabello. Debajo, como rasguño casi imperceptible, la llaga del costado.

Veta de fuego ese rubí que al ámbar

de tu pecho encandece,

del árbol de la cruz la rosa.

En el vientre de Jesús, realzado por el lienzo blanquísimo que cubre su virilidad,

está la sombra

-mancha de sol- por donde fue tu cuerpo

con el materno uncido; recibiste

por ella el jugo de la tierra madre,

la sangre del rescate del pecado.

Las piernas del Crucificado son fustes de ebúrnea columna, listas para emprender la marcha al tercer día. Las rodillas erguidas, “pues tu muerte / jornada es no de descanso”. Los pies ensangrentados poyan sobre un leño de sangre pura, pies de buen pastor que sin cesar pisaron los polvorientos caminos de la Palestina.

El Cristo de Velázquez no parece estar muerto. La muerte está fuera de él, en el fondo negro del cuadro. Es una obra que nos provoca recogimiento, en la que el dolor aparece contenido, es en esta calma sobrenatural donde reside toda la grandeza potencial y trascendente de la obra.

Hijo del Hombre, Humanidad completa,

en la increada luz que nunca muere;

mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,

mi mirada anegada en Ti, Señor! 

¡Sin más objetivo que nos ayude a en ÉL, siempre pensar!

Jorge A. Capote Abreu

Santander, 10 de abril de 2020