24 Abril, 2017

Solo Dios perdona: Solo dios perdona al guionista

El cineasta danés Nicholas Winding Refn, tras la aclamada ‘Drive’, sobrevalorada para mi, vuelve a demostrar que es un grandísimo director y un penoso guionista, realiza un bello film pero carente de sustancia, una bellísima factura visual a la que le acompaña un relato más vacío que mi cuenta bancaria, y lo peor es su pretenciosidad, y es que el ego de Refn extiende cheques que su película no es capaz de cubrir.

Tiene como escenario Bangkok, allí es asesinado Billy (inane Tom Burke), por el padre de una muchacha de 14 años a la que ha Billy mató, Billy ha sido entregado por el jefe de policía Chang (sobreactuado Vithaya Pansringarm), Julian (carapalo Ryan Gosling) es el hermano del muerto, es dueño desde hace 10 años de un gimnasio de muay thai, una tapadera para sus negocios de drogas, además está medioliado con una bella prostituta, Mai (preciosa Yayaying Rhatha Phongam). Crystal (buena Kristin Scott Thomas) es la encargada en USA de distribuir la droga, viaja hasta Bangkok para que su hijo Julian se encargue de vengar la muerte de su hermano, pero este tiene traumas que le impiden hacerlo. Mientras Chang se encarga de impartir su particular justicia, eso sí, entre karaoke y karaoke. Comenzando una espiral de violencia, sexo y canciones horteras.

Es una superficial historia en la que el petulante danés intentará reflexionar sobre el complejo de Edipo, sobre el poder alienante de una madre, sobre la incapacidad de amar, sobre la venganza, pues todos estos temas son tratados de modo lánguido, con una exasperante puesta en escena preciosista, Refn anhela que la estética sensorial rellene los huecos de la narración y sus escasos diálogos, esto es misión imposible, las lagunas e inconsistencia son notorios, el halo lírico visual me queda artificioso y nada emocionante, y es que Refn edifica grandes secuencias pero mal estructuradas, le falta sentido dramático a lo que cuenta. Unos personajes mal construidos, hieráticamente interpretados, transmiten cero sentimientos, son rostros sin alma que deambulan por la pantalla con reacciones abruptas no se saben sus motivaciones, un villano como jefe de policía esperpento, una caricatura bufonesca que parece haberse escapado de ‘Kill Bill’, solo que esta tarantiniana cinta es una sátira del género y Refn se toma demasiado en serio para lo poco que cuenta. El nímio hilo argumental se destapa como una excusa barata para exponer unas cuantas postales hermosas pero carentes de profundidad. Refn nos castiga con tomas que se nos tornan eternas y que nos cuentan nada

La puesta en escena es su gran pilar, pero con cimientos de barro, está gran trabajo en diseño de producción de Bet Mickle (‘El Fraude’ o ‘Drive’), escenarios urbanos opresivos y asfixiantes, casi todos de noche y plagados de luces de neón, interiores claustrofóbicos cuasi-ensoñaciones, esto maximizado por la excepcional fotografía de Larry Smith (‘Barry Lyndon’, ‘El Resplandor’ o ‘Bronson’), impregnando de bíblicos colores rojos y negros, rojo es el Infierno y la sangre, el negro el mal, unido a un excelso uso de la iluminación, con encuadres y tomas desasosegantes, emitiendo ambientes siniestros, lóbregos, sombríos, ello removido por la inquietante música de Cliff martinez (‘Drive’ o ‘El Fraude’), de resonancias místicas. Lo malo es que todos excelentes factores se apoyan en un guión del propio realizador carente de hondura, carente de fuerza, carente de calado.

Es un espectáculo de pirotecnia visual fatua, la única escena que sobresale es cuando Julian va a cenar con su madre Crystal y lleva a Mai, a la que ha convencido de hacerse pasar por su pareja, aquí la figura de Kristin Scott Thomas se agranda imponiendo una tremenda personalidad, Julian le dice que Billy violó y asesinó a una menor y ella responde condescendientemente que alguna razón tendría, Crystal humilla a Julian comparándolo con el hijo muerto, Billy, lo tilda de cobarde, de pusilánime, y hasta lo veja diciendo que su pene es mucho más pequeño de lo que era el de Billy, aquí queda constancia del poder alienante de la Madre. De hecho la única buena actuación es la de Kristin, se nota a gusto en su pérfido rol, desparrama perversidad, villanía, arrogancia, una sensual presencia que juega con su hijo.

El resto del reparto son robots insensibles, fríos, inexpresivos, comenzando por Ryan Gosling, un lacónico, taciturno, hierático, no se sabe jamás lo que piensa, siempre tiene la misma cara, la angustia existencial que se le supone es un postizo al que se le ven las costuras. El colmo es el policía, Vithaya Pansringarm, una astracanada de rol que parece una tomadura de pelo, un sinsentido de personaje, un sanguinario y retorcido malo del que no se sabe por qué actúa así, me llega a parecer ‘El Fary’ en su risibles y ridículos momentos de karaoke. El resto de personajes son sombras confusas.

Refn en su afán de mezclar poesía visual y violencia se pasa de rosca con un salvajismo atávico sin más objetivo que removernos la conciencia, naufragio estrepitoso, teniendo su zenit en la secuencia aberrante de la tortura a un tipo sentado en un sillón y el sádico poli le atraviesa las manos y los pies con agujas, le vacía un ojo y atraviesa el oído con otra aguja, gore vomitivo e innecesario para el desarrollo del relato.

En conjunto, una petulante y pasable propuesta de Nicholas Winding Refn, dentro de su primorosa factura visual se diluye su liviano guión. Un consejo para el director, búscate un guionista en condiciones.

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