27 Febrero, 2017

De como un empresario español vivió la muerte de Fidel en La Habana

Publicamos en nuestra sección “La calle no se calla” el siguiente texto que nos remitió un empresario español que, por casualidad, vivió en La Habana los momentos de la muerte de Fidel Castro y dias sucesivos. Nos habla de la falta de cerveza y ron, de los “turistas” norteamericanos, del desconocimiento de los técnicos sobre financias internacionales, de los problema económico a los que se enfrenta la economía cubana, de sus recuerdos de Fifel, a quien conoció en persona hace 25 años, de las contradicciones en la forma de vida y de como hasta los animales notaron, de alguna forma, la muerte de Fidel.

Este último viaje, ya perdí la cuenta que número hace en los casi cuarenta años que llevo viajando a Cuba por trabajo, fue peculiar desde su inicio. Yo no tenía pensado ir otra vez en ese año 2016, porque ya había estado dos veces y tampoco tenía claro si tendría mucha utilidad.

Un buen amigo que tenía mucha curiosidad por  conocer Cuba, quería haber venido en mi viaje de Enero, pero se puso enfermo y tuvo que aplazar el viaje. En Aireuropa le guardaban el billete hasta fin de año, por lo cual me estuvo insistiendo en que organizáramos un viaje antes de que acabara el año.

Yo no tenía ninguna gana de ir, pero mi cliente, que se había comprometido a dar una conferencia en un evento de la Universidad, me pidió que le sustituyera y de paso que fuera a reclamar los pagos pendientes que tenía la empresa. Nunca me gusto dar conferencias, incluso en los últimos años me resultaba muy difícil ya que no tengo una voz suficientemente potente. El segundo  objetivo me disgustaba aun mas, reclamar un pago nunca me ha parecido algo elegante.

Tuve que aceptar y ya que iba  le comente a mi amigo que podría ir conmigo, lo cual a él le pareció estupendo. Además dio la casualidad de que su hijo que vive en Miami coincidiría con él en La Habana. En fin todo esto me fue estresando, especialmente cuando vi que el texto de la conferencia era un autentico ladrillo indigerible y que en absoluto se ajustaba a los tiempos que marcaban los organizadores del evento.

No me imaginaba lo que en este viaje iba a vivir

Llegamos el 23 de Noviembre, miércoles, con el consabido agotamiento del viaje, no conseguí dormir más que unas horas.

 Al día siguiente yo me lo quería tomar con calma, pero el agente local, como si intuyera lo que iba a pasa, estaba empeñado en hacer todo lo posible en los dos primeros días, a pesar de mis protestas en cuanto al jetlag y a mi cansancio. Fuimos  a una sucesión  de reuniones, en las que se pasaba de puntillas sobre  la situación de impago y en las que nos aclararon que no había presupuestos aprobados para las próximas compras. Es notable el desconocimiento que hay entre los ingenieros de las empresas compradoras en lo referente a finanzas en general y a lo que supone no cobrar un contrato para un suministrador.

Por la tarde fui a dar mi conferencia como un cordero que va a ser degollado. Me tome una cerveza antes de entrar para animarme y me vino bien porque el primer problema fue que querían conectar mi laptop a un proyector de los antiguos que llevan una cable con un conector de 25 pines. Les pude convencer de que me dejaran enchufar una memoria directamente al proyector, me decían que “no se debe hacer”, pero finalmente se convencieron de que “se puede hacer”. La conferencia pareció no aburrir al público, a pesar de que era la primera después de la comida. El moderador me puso las cosas fáciles haciéndome señas de tiempo y  cortándome al final. Me aplaudieron bastante y cuando ya me quería marchar el moderador me dijo que esperara un momento que faltaba lo más importante, entregarme un diploma, que posteriormente vi que no estaba a mi nombre, sino al  de mi cliente.

Por la noche deje a mi amigo con su hijo y salí a cenar con un ejecutivo de una empresa estatal. Esperaba que me diera alguna solución a los problemas de pagos, pero no fue así. De hecho me explicó que iba a cambiar de trabajo y que ya no podría hacer nada por los problemas de mi cliente. Esa noche tampoco pude descansar como mi cuerpo me lo pedía desesperadamente, seguía estresado y tenía la sensación de que este viaje iba a salir peor de lo que temía desde un principio.

El viernes transcurrió más o menos igual con reuniones que se sucedían una tras otra sin resolverse nada y dejándome sin tiempo para almorzar.

Por la noche me llevé a mi amigo a una cena de trabajo en la parte vieja. Lo pasamos muy bien comiendo y bebiendo, sin saber que había ocurrido un hecho histórico: la muerte de Fidel.

Y en eso se fué Fidel

Yo no me entere hasta ya tarde, cuando estaba en la cama leyendo una estupenda novela de Leonardo Padura. Me llegó un mensaje al teléfono, que realmente pensé que era una broma. Quise  llamar a algún amigo cubano, pero era tarde y si todo era una broma de mal gusto, yo iba a quedar bastante mal. Al final recordé que en mi habitación estaba ese televisor que nunca veía por que la televisión en Cuba es insufriblemente monótona. Lo conecte y la noticia se me confirmó. Allí mismo empezó todo el duelo interminable que duro 9 días. Se sucedían las intervenciones ensalzando a Fidel y en mi mente también fueron desfilando los recuerdos de todo lo que Fidel había supuesto en mi vida.

El primer recuerdo que tengo fue cuando era todavía niño en casa de unos vecinos gallegos, muy religiosos, que  al enterarse de la victoria de la revolución se pusieron a rezar un rosario pidiendo a Dios que nada malo ocurriera a los gallegos que había en Cuba. No recuerdo si tenían familiares allí, pero estaba claro que estaban muy preocupados por lo que pudiera pasar.

Más adelante cuando fui a  la Universidad Fidel era ya un icono político, el David que luchaba contra el Goliat en plena guerra de Vietnam.

Cuando empecé a trabajar me encargaron de ir a Cuba a negociar contratos. Me pareció una tarea atractiva, los clientes cubanos eran mucho más agradables que los correosos clientes españoles y los cubanos con Fidel al frente me parecían  luchadores  por sus logros sociales, serios a pesar de la penuria y a la vez tremendamente alegres.

Precisamente esa alegría, que se traducía siempre en un nivel  sonoro altísimo, tanto por la música como por el habla, fue lo que desapareció al día siguiente de la noticia del fallecimiento. El nivel sonoro ha bajado unos 25 decibelios, decía mi amigo, ingeniero al fin y al cabo.

Me venía constantemente a la memoria la ocasión repetida en dos días sucesivos en los que pude saludar a Fidel e incluso salir en una foto conversando con él. Era un hombre que irradiaba carisma, que tenía una memoria increíble, que en una palabra: imponía.

La historia no sé si lo absolverá, pero por encima de los claroscuros de su dilatada presencia política, evidentemente  fue una figura histórica de primer rango. Ahora pensar que se había muerto de viejo, también a mí me llevaba a pensar que yo tampoco era tan joven como en la foto que 25 años atrás me hicieron con el Comandante. Esa noche tampoco dormí.

Al día siguiente me llamó mi cliente desde Madrid para pedirme que prorrogara mi estancia, ya que los primeros días de la semana serian inhábiles.

El fin de semana me pude dedicar a mi amigo. A mí no me gusta hacer de guía turístico en Cuba, los tópicos los he oído miles de veces desde hace años y hace tiempo que ya no me interesan. Para un recién llegado todo lo que rodea la forma de vivir de los cubanos les parece fascinante por lo difícil de entender las evidentes contradicciones.

De excursión con “no turistas”

Como no había forma de alquilar un coche mi amigo nos apunto a una excursión a Viñales. Fuimos en autobús con un montón de americanos “no turistas”, ya que los de ese país tienen que presentar una razón de salud, educación, iglesia etc. para justificar su viaje a cuba de cara a las autoridades norteamericanas. La forma de ver Cuba para estos americanos del medio oeste, era como visitar un zoológico.

Incluido en la excursión estaba la comida y la bebida, esta ultima sin alcohol por expresa prohibición durante los nueve días de luto.

Ni una cerveza, por supuesto sin un trago de ron, eso es duro para un cubano o incluso para una español que lleva tiempo viajando a  Cuba, pero si además quitamos la música el país cambia de color, casi se vuelve como una película en blanco y negro.

Los aburridos domingos de La Habana

El domingo superó todas las cotas anteriores de domingos ya de por si tradicionalmente aburridos en La Habana.

Empezó la semana y las reuniones previstas con los organismos cubanos no pudieron celebrarse, lo único que pude hacer fue firmar en el libro de condolencias que había en la puerta.

Se sucedían los actos multitudinarios  de asistencia “voluntaria”, empezaron a llegar mandatarios de países amigos y no tan amigos. Los discursos interminables de los presidentes afines al régimen. No se podía hacer otra cosa.

El martes mi amigo regreso a España y me dejo todas las cervezas que había en su refrigerador, un autentico tesoro teniendo en cuenta que en el mercado negro la lata se vendía a 5 $.

Hasta el jueves no se recuperó la actividad empresarial, eso sí con unos funcionarios con cara de sueño, ya que muchos pasaron la noche en la plaza de la Revolución y sin pasar por casa se quedaron hasta que salió la comitiva con las cenizas hacia Oriente. La ruta de la comitiva era igual que la que uso Fidel para entrar en la Habana solo que en sentido contrario. En paralelo iba el entusiasmo de entonces con el cansancio y de decepción de ahora.

El hundimiento de Venezuela complica el comercio con Cuba

El jueves los clientes  se limitaron a confirmar que no podían resolver el problema de las cartas de crédito impagadas. Era la confirmación de una grave situación económica que ya se conocía hace más de un año, con Venezuela dejando de regalarles petróleo y el país sin resolver las graves ineficiencias de la propia estructura económica.

Hasta los animales bramaron

El último día, después de al fin dormir bien toda una noche,  decidí irme a la playa. Pase por un poblado de aluvión que hay frente a las fincas donde Fidel cultivaba la moringa, planta que iba a resolver los problemas alimenticios de la población. El comandante  iba allí a diario, incluso dicen que estuvo el día antes de fallecer. Iba a ver sus animales favoritos, la vaca que daría más leche del mundo etc.

Los pobladores de ese poblado de míseras chabolas, que no habían conseguido salir de esa pobreza de solemnidad y por tanto nada tenían que agradecer al comandante, me hicieron la historia de que a la hora del fallecimiento los animales hicieron tremendos mugidos y ruidos enormes. El mito del comandante le acompaño hasta su muerte.

Lázaro Guzmán

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